viernes, 26 de marzo de 2021

APUNTES SOBRE LA DICTADURA GENOCIDA BASADOS EN MI CONOCIMIENTO Y EXPERIENCIA

 

 

 

Rubén Rojas Breu

 

APUNTES SOBRE LA DICTADURA CÍVICO MILITAR TERRORISTA DE ESTADO BASADOS EN MI CONOCIMIENTO Y EXPERIENCIA

 

La dictadura cívico-militar-clerical terrorista de estado y genocida iniciada en 1976 es la última de una sucesión de ese tipo de regímenes comenzados con el derrocamiento de Yrigoyen en 1930, dando lugar a la llamada “década infame” que culmina con el levantamiento militar y civil de 1943, en el cual se gesta, dentro de enormes contradicciones, la conducción de Perón y el Movimiento Peronista fundado por él junto con líderes y organizaciones de lo que se da en llamar el campo nacional y popular.

En 1955, después de dos intentonas sanguinarias y de un período de intensa y obcecada oposición golpista de la que participan civiles, militares y la jerarquía católica ultraconservadora, Perón y el gobierno nacional y popular son derrocados, iniciándose la dictadura fusiladora la cual, de hecho, pese a interregnos con gobiernos civiles como los encabezados por Frondizi y por Illia, continuó hasta 1973.

Esos gobiernos civiles fueron, cuando menos, complacientes con los concentradores de poder y los golpistas. Ambos gobiernos civiles mantuvieron la proscripción del peronismo y de la izquierda y también reprimieron las movilizaciones populares, incluyendo muertes y la desaparición de Felipe Vallese durante el gobierno civil sustituto del de Frondizi a cargo de Guido.

En junio de 1966, se instaura una nueva dictadura cívico, militar y clerical, encabezada por el generalote franquista católico Onganía, dictadura que, luego de reemplazos que llevaron a sustituir al oscurantista milico por un tal Levingston primero y por Lanusse finalmente, concluye con el triunfo electoral aplastante del peronismo en marzo del 73.

Todas esas dictaduras contaron no sólo con el aval sino también con la activa participación del imperialismo británico y del imperialismo yanqui, así como con la complicidad, de una manera o de otra, de las grandes potencias dominantes del planeta.

No hace falta desclasificar archivos para afirmar lo antedicho. No hace falta que ahora el nefasto periódico tradicionalmente golpista Clarín publique tal información en su portada.

El imperialismo británico consideró al peronismo un enemigo y así sucedió también con el imperialismo yanqui, apoyados, como ya señalé, por otras potencias dominantes, incluso por la estalinista URSS.

Son hoy bastante conocidas las declaraciones de Churchill al término de la Segunda Guerra Mundial advirtiendo contra el peligro de que la Argentina deviniera una potencia y la celebración entusiasta que hizo en ocasión del derrocamiento del gobierno nacional y popular encabezado por Perón.

La misma asociación francamente ilícita, antipopular, antinacional, enemiga desembozada de los trabajadores fue protagónica en todos esos golpes y las funestas dictaduras que instauraron: la asociación de la oligarquía y gran burguesía local con los imperialismos, particularmente el británico, sobre todo en las primeras pavorosas versiones, y el yanqui en las últimas.

El imperialismo yanqui no solamente anticipó, avaló, apoyó el golpe de 1976 y la dictadura genocida iniciada entonces, sino que la impulsó y hasta la generó por vía de acuerdos secretos, de instrucción a militares, de formación de civiles que ocuparían puestos de gobierno como, especialmente, Martínez de Hoz, el deplorable ministro de Economía de dicha dictadura, reemplazado en los últimos años por personajes no menos indeseables y no menos entreguistas.

El imperialismo yanqui junto con la siniestra OAS francesa, represora sanguinaria del pueblo argelino, adiestró a los militares nativos al mismo tiempo que en sus universidades, academias y grandes corporaciones se formó a quienes habrían de administrar al país en lo cultural, lo social, lo político y lo económico.

Que se diga con claridad: las “prestigiosas” Harvard, Yale, Princeton, escuela de Chicago y demás usinas ideológicas yanquis aleccionaron a los golpistas y tiranos que habríamos de padecer en su versión más trágica y cruel. El mismo tétrico papel cumplieron grandes corporaciones transnacionales. Además, desde su nacimiento, la tenebrosa CIA se centró en el ataque persistente, la destrucción, de todo movimiento popular en América Latina y en el mundo en general.

La dictadura genocida contó, entonces, con el apoyo y la dirección del imperialismo yanqui asociado a los concentradores de poder y de riqueza locales. Kissinger, del departamento de estado yanqui, fue el cabecilla yanqui. Kisssinger, el gobierno yanqui, la CIA ya habían dado los golpes en otros países hermanos, entre ellos Chile, Uruguay y Brasil.

La dictadura genocida tenía un propósito: acabar definitivamente con toda aspiración del pueblo argentino a su soberanía, autonomía, liberación y realización.

Para la dictadura, sus apoyos, el imperialismo yanqui y sus cómplices globales, los concentradores de poder y riqueza locales y los distintos factores de poder, el clero católico y otros cleros (de los que no se habla) fueron el sostén por excelencia.

A eso hay que sumar todo un conglomerado constituido por los medios de comunicación dominantes, con Clarín y La Nación a la cabeza más radios y canales mercenarios del despotismo, formadores de opinión, intelectuales, deportistas, faranduleros, capocómicos y otros especímenes que le suministraron a la dictadura genocida un aliento y un soporte ideológico y cultural decisivo.

Muchas y muchos de esas y esos intelectuales, faranduleros y faranduleras, capocómicos, divas y divos y deportistas siguen siendo objeto de culto, de veneración, de admiración y, los aún vivientes, se mantienen como figuras con predicamento que cuentan con el favor de concentradores de poder, dirigencias y medios. Merecerían todas y todos quienes de esa manera practicaron el colaboracionismo con la dictadura fuesen juzgadas y juzgados, al menos por medio de la denuncia pública y el repudio social.

Una dictadura genocida no se instala ni se mantiene únicamente con metralletas, cañones, aviones de combate y navíos de guerra. El comportamiento de la masa y de referentes civiles con capacidad de influencia y de poder, es determinante para que una dictadura o una tiranía de cualquier índole se imponga y perdure.

Da para preguntarse si la capacidad de hacer reír con chabacanería, hacer goles, exhibir cuerpos en televisión, organizar almuerzos para su emisión por pantallas, publicar cuentos y novelas celebradas compensan con obscenas creces el papel deleznable que se cumplió en la dictadura.

Particularmente, como tantas y tantos, soy sobreviviente, sobreviviente yo y sobrevivientes mis familiares, inclusive quienes por entonces eran mis muy pequeñas hijas. Soy sobreviviente de la dictadura porque milité desde mis doce años sin pausa, porque fui encarcelado por el gobierno de Illia y, por lo tanto, prontuariado como “subversivo” de por vida, porque fui expulsado de la UBA por mi militancia, porque fui activo protagonista del movimiento estudiantil y de las agrupaciones docentes y porque fui intensamente buscado a partir de 1976, lo cual me obligó a vivir, parcialmente, en la clandestinidad, a refugiarme y a todo lo consabido para preservar la vida, lo cual treinta mil compañeras y compañeros y con seguridad muchas y muchos más no pudieron lograr.

Además, entre mis antecedentes, las fuerzas de la dictadura tenían registrada mi activa participación en el Operativo Dorrego, llevado a cabo en 1973 y en el que había sido yo destinado a Carlos Casares. Justamente el responsable de la brigada de la cual formé parte fue Horacio “Chacho” Pietragalla, el padre desaparecido del actual Secretario de Derechos Humanos de la Nación.

Comenzar a militar a los doce años, con motivo de la lucha a favor de la enseñanza pública, laica y gratuita, significó en gran medida vivir durante décadas en la clandestinidad. Así era la Argentina de fines de los 50, de todo el curso de las décadas de los 60 y los 70 e incluso de la primera mitad de los 80. Sirva como dato ilustrativo que pude tramitar por primera vez mi pasaporte en 1991, cuando todo indicaba que ya no había retorno de genocidas al gobierno: aún así, al entregarme el pasaporte, mi primer pasaporte, la Policía Federal me hizo notar elocuentemente que mis antecedentes estaban registrados y que yo era una especie de “sospechoso” de por vida.

Durante la dictadura la vida fue un tormento inacabable que insumía un muy alto gasto psíquico, que obligaba a ocultarse, que obligaba a tomar extremos recaudos para encontrarse con amigos, compañeros o colegas, que exigía hablar en voz baja en lugares públicos, que censuraba y autocensuraba, que hacía sentir que cualquier vecino, comerciante, taxista, inclusive un pariente, era un delator, que imponía la sensación de ser continuo objeto de asedio o de acoso.

Durante la dictadura en gran medida ese costo psíquico estaba originado en que, a través de los medios, de la calle, de las instituciones, de los lugares de desempeño profesional, se hacía sentir no solamente que los Falcon verdes podían capturarlo a uno en cualquier lugar y a cualquier hora o que una banda de forajidos al servicio del Estado podían ingresar al hogar asolando y secuestrando, sino que su accionar abiertamente nazi era apoyado por la llamada “opinión pública”, por la masa o por la “gente”, por los medios, por los referentes de toda índole y, por supuesto, por los factores de poder.

Un ejemplo: uno de mis empleos, siendo desde luego licenciado en Psicología UBA, fue en esa época el de investigador motivacional, denominación de entonces. Un informe de mi autoría sobre la opinión de referentes y población en general acerca del hábito de fumar, proporcionado por la consultora en la que me desempeñaba a una gerencia de una empresa líder, dio lugar al allanamiento de dicha consultora porque yo había usado en tal informe la expresión “sociedad de consumo”, a la cual la dictadura la consideraba “marxista” (tal como lo cuento).

La dictadura genocida no sólo llevó a cabo un plan de exterminio, sino que arrasó con la producción cultural, con el conocimiento científico, con el arte y la vocación artística, con la educación, con los derechos y las libertades en todos los ámbitos, con las aspiraciones. Hasta llegó a censurar la teoría matemática de los conjuntos. Sus censores eran dignatarios que a su arbitrio usaban las tijeras en las creaciones fílmicas o quemaban libros o escondían o destruían obras de arte.

Quienes teníamos vocación, compromiso y militancia política debíamos destinar casi todos nuestros esfuerzos a conservar la vida y la libertad, a inventarnos a diario motivación para sobrevivir y para, arriesgándonos, desempeñarnos en nuestras profesiones, oficios o actividades.

Ya avanzado el año 1976, el Servicio de Psicopatología del Hospital Pirovano fue clausurado por considerarlo “un antro de la subversión”. En él trabajaba como psicólogo en el equipo de atención de familias de adolescentes. Ese cierre fue uno de cientos a lo largo y ancho de la Argentina invocando similares motivos; incluso de muchos de esos Servicios de distintas instituciones se llevaron para siempre a colegas, compañeras, compañeros, amigas, amigos.Ya en 1974, la gestión fascistoide de Ottalagano, con el ministro Ivanissevich en el ministerio de Educación, había clausurado las carreras de Psicología y de Sociología, siendo yo docente de la primera, con el pretexto de que se trataban de "nidos de la subversión". El 31 de marzo de 1976, la dictadura nos expulsó, como docentes a mí, compañeras y compañeros, de la carrera de Humanidades de la Universidad de La Plata. Así obraba la dictadura, así arrasaba con la vida en todas sus formas.

Cuando las Madres primero y las Abuelas después comenzaron su heroica y encomiable lucha en muchos corazones, entre ellos el mío, se sintió una suerte de inyección de sangre, de fluido vital, de aliento, de oxigenación, de esperanza.

Todo lo que se había iniciado con la gloriosa Resistencia Peronista, con la izquierda leal a sus principios, con el movimiento estudiantil, con los sindicatos combativos dando lugar al Rosariazo, al Cordobazo, al Correntinazo y tantas y tantos actos genuinamente insurreccionales contra las dictaduras previas y sus mandamases debía ser, para la dictadura genocida, “neutralizado”, aniquilado, borrado de raíz, sepultado, arrancado de la memoria. Ahí los gobiernos civiles y las dictaduras cívico militares previas habían sembrado antecedentes de lo que sería la genocida del 76, destacándose la masacre de Trelew más otras represiones sanguinarias que dieron por resultado un sinnúmero de trabajadores y estudiantes asesinados, encarcelados, torturados.

Ya la dictadura de Onganía había intentado cerrar las carreras de Psicología y Sociología de la UBA y de otras universidades nacionales. Impedimos con la lucha llevada a niveles de extremo riesgo que eso aconteciera.

Después de la muerte de Perón, la gestión nazifascista de Ivanisevich asociado a López Rega, consumó lo que el generalote oscurantista Onganía no había podido concretar. La dictadura genocida mantuvo esa decisión: Socio y Psico eran también consideradas “nidos de la subversión”. La dictadura genocida fue más allá todavía al clausurar carreras y centros de investigación en todo el país.

La dictadura fue también, además de todas las maldiciones que sobre una nación y un pueblo pueda recaer, corrupta. Casi no había jefe militar, referente civil o empresarios, directores y gerentes, arzobispos, que no fueran corruptos. Hasta tal punto fue la cosa, que se persiguió o secuestró y desapareció personas para que sus puestos de trabajo fueran ocupados por hijos y entenados de los jefes militares y de los capitostes civiles. Sin embargo, la dictadura para la masa o la “gilada” se vistió con el manto de lo inmaculado, de lo impoluto. Hablo de masa diferenciándola tajantemente de Pueblo, ya que éste es el concepto a respetar y enaltecer: el pueblo o los pueblos luchan por su libertad y realización contra los despotismos, mientras la masa prefiere arrastrarse segfún el gusto de los tiranos.

Tanta más devoción tenía por imponer el despotismo al servicio de los poderosos locales y de los imperialismos, tanta más hostilidad devastadora mostraba contra Perón viviente en la memoria, contra el pueblo, contra los trabajadores, contra el peronismo y las fuerzas políticas y gremiales de variado espectro que respondían a los intereses nacionales, latinoamericanos, de los países oprimidos del planeta, al pueblo y a los pueblos, a las trabajadoras y trabajadores. 

La dictadura ejerció el terrorismo de estado para instalar el Terror como paradigma de lo social: es decir, se valió del terror para imponer el Terror. 

No es esta última aseveración un divertimento retórico, no es una simple aliteración. Aludo a dos niveles lógicos imbricados. Las acciones propias del terror, del terrorismo de estado que aplicó a gran escala, fueron los instrumentos para hacer del Terror el marco y la estructura de un régimen sostenido en la premisa de que el "orden social", la "paz", "la convivencia" solamente son viables si el Terror es el cimiento. El valor del Terror para garantizar un supuesto ordenamiento sostenible y grato a los ojos de la divinidad se basa en esa insidiosa creencia oscurantista propia del Santo Oficio y del calvinismo según la cual los humanos somos "hijos del rigor", nos portamos bien si sentimos en la piel y en las entrañas el poder del castigo o su amenaza.

Esa creencia fue materializada por la dictadura con el fin de acabar de raíz con el Pueblo, con la Política y con las aspiraciones. Eso que hizo la dictadura hace que el temor, la resignación a la posibilidad, la caída en la sumisión a los concentradores de poder locales y globales, la degradación a la condición de "vencidos lentos", expresión del valiente poeta español revolucionario Miguel Hernández, la fabulación de quienes falsean la historia y su propia historia para manipular, el cinismo y tantas calamidades prosperen, nos coaccionen, nos inhiban, nos encierren en las mazmorras de la decadencia y con sensación en muchas argentinas y muchos argentinos de que tal decadencia es lo natural, así como es de natural el acuario para el pez que nació en él. 

Esa castración es obra de la dictadura, en esa agonía nos sumergió la dictadura, dejándonos una funesta herencia en la que se mezclan todos los padeceres, desde el hambre hasta la deuda externa asfixiante e inmoral, junto con una runfla de mercaderes, hacendados, escribas y politiqueros que solamente en la decadencia pueden llevar a cabo su deletérea acción. 

Desde el nacimiento de la Patria, simplificando didácticamente, un Proyecto nacional y genuinamente democrático se encuentra en colisión permanente con un contraproyecto al servicio de la oligarquía, las grandes potencias dominantes y las grandes corporaciones transnacionales.

De un lado los primeros líderes fueron Moreno, Belgrano, San Martín, Dorrego, Artigas, Güemes, Azurduy y tantas y tantos más, a los que hay que sumar, considerando América Latina, a Bolívar, Sucre, Manuela Sáenz, Hidalgo y otras y otros.

Del otro lado los jefazos fueron los Rivadavia, los “conquistadores del desierto”, los Mitre, los propiciadores de las grandes represiones contra gauchos, trabajadores, con casos tristemente muy elocuentes como la Semana Trágica y la Patagonia rebelde.

La dictadura genocida fue la continuidad de estos últimos; no por casualidad se autodenominó “Proceso de Reorganización Nacional” aludiendo como antecedente a la Organización Nacional de Mitre y Roca.

Para la dictadura “reorganizar la nación” era regimentarla despóticamente de tal manera de uniformarla en torno a la sumisión local y extranjera. Todo lo que no encajaba allí era “subversión”, “demagogia”, “destrucción del ser nacional”, “idiotas útiles del comunismo”, “nostálgicos irrecuperables e incorregibles del peronismo”.

La dictadura se proponía corregir, enderezar, ordenar, pacificar en modo cementerio. Se proponía militarizar a toda la población, haciendo devenir a habitantes y ciudadanos en uniformados rasos que respondían a la consigna “subordinación y valor”, que se arrastraran y humillaran tanto ante los galones mal habidos como ante los poderosos autóctonos y globales, particularmente, insisto, yanquis.

Los antecedentes inmediatos de la dictadura son numerosos y todos igualmente determinantes. Aquí destaco algunos.

Como indeseables para los dictadores,

  • La continua movilización popular, del peronismo y de la izquierda
  • El legado del peronismo fundacional y de la conducción de Perón

 

Como propiciadores de lo que concluiría en la dictadura,

  • El accionar de la funesta Triple A comandada por López Rega
  • Lo que se conoce como el Rodrigazo.

 

Atención aparte merece una de las cuestiones más espinosas: que las formaciones especiales, la guerrilla urbana, y muy particularmente las más poderosas organizaciones armadas, Montoneros y el ERP, continuaron con su acción durante el gobierno de Perón y de Isabel Perón, resultante de elecciones en las que la voluntad popular se decidió por el peronismo con aquél a la cabeza.

Habiendo sido yo activo militante, encolumnado en la JP, la JUP y ADUP y, por supuesto, Montoneros, tuve un rol protagónico en la discusión interna que llevó a una definitoria división de aguas que se aceleró a partir de la ejecución de Rucci, un dirigente sindical complaciente con los factores de poder, pero en ese momento un instrumento de Perón. Lo bajaron para bajar a Perón y así fue internamente explicitado en la organización Montoneros: yo estaba ahí.

Mi posición, así como la de muchas compañeras y muchos compañeros, era que tan pronto el gobierno nacional y popular inicialmente encabezado por Cámpora y luego por Perón, la acción armada, así como toda actividad insurreccional debía ser definitivamente abandonada. Mi profundo conocimiento tanto del marxismo, una concepción genuina y respetable cuando se la reconoce en toda su complejidad, como del peronismo, me puso en un lugar relevante en la discusión ideológica interna.

Debo contar con todo énfasis y claridad que la jefatura de Montoneros a partir de 1973 asume como doctrina el marxismo-leninismo, que en esa época era un disfraz de lo que realmente predominaba desde Moscú: el estalinismo. Dicho de otro modo, los cabecillas de Montoneros adoptan el estalinismo.

Informado y consciente Perón de tamaño disparate, reacciona destacando que la doctrina peronista seguía vigente y que, entre sus textos principales, cabía tener en cuenta Conducción Política, La comunidad organizada y Doctrina Peronista, al mismo tiempo que elabora y finalmente da a conocer el Proyecto nacional. Mi testamento político.

Quede claro que Montoneros y las organizaciones de superficie que le reportaban se habían declarado enemigos de Perón, de su conducción, de su concepción, del Movimiento Peronista y del pueblo argentino mismo.

Con esa decisión, acompañada con el retorno a las armas en plena democracia y con un gobierno nacional y popular, Montoneros (más otras formaciones guerrilleras) abonan significativamente las condiciones para un golpe devastador.

A lo largo de 1975 y los primeros meses de 1976, ya como uno de los fundadores y dirigentes de la JUP y ADUP Lealtad, casi en soledad respecto incluso de mis compañeras y compañeros más próximas y próximos, advertía con desesperación que se trataba de cuidar el gobierno civil tambaleante de Isabel, no por cándido amor sino para evitar el horror que yo atisbaba en el horizonte ya cercano. Tenía yo total conciencia de que una nueva dictadura cívico militar iba a ser exterminadora, arrasadora, cruel sin miramientos, destructora de todo lo nacional y popular: iba a ser un régimen de muerte. Tenía mi propia experiencia como ex preso político estudiantil y sabía de qué eran capaces las fuerzas represivas, de su saña y de su malignidad sin límites, de su sadismo.

Es duro profetizar cuando se es tan desoído. Es penoso recordar que amigas y amigos, compañeras y compañeros consideraran que yo desvariaba, que exageraba desmedidamente, que era llevado por una imaginación desenfrenada. Mi “profecía” se cumplió y cómo.

Digo al pasar que en gran medida mis pronósticos desde entonces a hoy sufren, frecuentemente, de un maleficio: lo que no se quiere escuchar. Curiosamente, al mismo tiempo soy muy respetado y valorado, e incluso, por parte de algunos inescrupulosos, plagiado (a menudo).

No me quieren quienes se benefician con lo que hay. Mis diagnósticos y mis predicciones movilizan, desestabilizan, cuestionan; al mismo tiempo se me muestra genuino respeto y valoración porque se sabe que lo que pienso y hago está siempre fundamentado, basado en sólidos conocimientos, en sólida experiencia y en sólidas convicciones. Tengo una sola cara, además.

 

¿Cuáles fueron los propósitos de la dictadura?

Para ciertas y ciertos gobernantes, dirigentes e intelectuales, la dictadura tuvo como finalidad “imponer un modelo económico antinacional y antipopular”. Para [R1] otras y otros, acabar con las insurrecciones populares cuyo origen más relevante habría sido el Cordobazo. Para otras y otros, terminar con el peronismo. Todas estas posiciones son correctas, pero pecan de parcialidad, de parcialidad por visión sesgada y de parcialidad por absolutizar como un todo lo que únicamente es una parte.

Por supuesto, para quienes mantienen su adhesión a la dictadura, muy presentes en la ultraderecha que ejerció el gobierno despótico encabezado por Macri, la misma tuvo como finalidad ordenar el país, “pacificarlo”, terminar con el “populismo”, generar condiciones para salir del atraso. Sería risible esta evaluación si no contuviera tanta crueldad, tanta vocación despótica y tanta imbecilidad, rasgos justamente de quienes ejercieron la dictadura genocida ya que era un conjunto de malvados, tiranos e imbéciles.

Es fundamental para una comprensión acabada partir de la Política como premisa.

Una dictadura tiene siempre propósitos políticos, del mismo modo que en la vereda radicalmente opuesta los tienen los pueblos y los revolucionarios que los conducen y representan.

La dictadura genocida tuvo estos dos fines articulados:

  • Imponer una configuración sociopolítica, cultural y económica del gusto de los grandes concentradores de poder y de riqueza locales y globales más satelizar a la Argentina como país totalmente sometido al imperialismo yanqui (y de paso el orden mundial sintónico con la voluntad de todas las potencias colonialistas, neocolonialistas e imperialistas)
  • Acabar definitivamente con toda aspiración del pueblo argentino a su liberación y realización, exterminando al peronismo, a la izquierda, al movimiento sindical representativo y antiburocrático, al movimiento estudiantil. Merece particular atención su intención de aniquilar al peronismo incluyendo todo recuerdo de su conductor, el teniente general Perón, fallecido un año y medio antes del golpe del 24 de marzo.

 

La dictadura dejó una herencia fatídica, fundamentalmente la decadencia. 

Con la dictadura la Argentina ingresa en una era de decadencia que incluye las dimensiones cultural, social, política, científica, educacional, tecnológica, industrial, sanitaria, etc. La dictadura destruyó en sus tramas más sustantivas al tejido social y también aniquiló la Política. 

La forma en que se ejerce la política hoy tiene mucho de padrinazgo de la dictadura y ni qué hablar del extendido “apoliticismo”, ese aberrante vocablo con una acepción falsa y falaz.

El pensamiento político correcto, esa grosería a contramano de lo que enseña la sabia Historia, asociado a excrecencias o inconsistencias tales como el “fin de las ideologías”, “el fin de la historia”, el reduccionismo a una formación socioeconómica – el capitalismo – para dar cuenta de todo, la aceptación de un orden mundial injusto como indicador de “madurez”, el desprecio por los pueblos originarios y los de otras latitudes, la vocación por la mediocridad, el egocentrismo, la sacralización del “individuo” (noción obsoleta), el refugio en los cultos y el oscurantismo, también forman parte de la herencia de la dictadura o, aún cuando vengan de más atrás, fueron incentivados exponencialmente por la misma.

A eso hay que sumar los cultos por los dogmas y por los figurones, cultos que incluyen a Lacan y su lacanismo (todo un sostén ideológico de la dictadura), los neoconductismos en todas sus variantes, el sociologismo y la “politología” yanquis que tanto nos han penetrado, la depredación cultural cuyo mascarón de proa son las universidades, el cine y las series yanquis en su totalidad, la distorsión del concepto de salud que lleva a un medicalismo francamente regresivo, el encuestismo, el totalitarismo de la estadística insuficientemente fundamentada, etc.

La dictadura, por su accionar, por sus grupos de tareas, por sus más de quinientos centros ilegales de detención, por sus traslados, dejó también un “modelo” espantoso que abarca desde la misoginia, la violencia de género, la homofobia y los feminicidios hasta los secuestros extorsivos, los asesinatos al voleo y el gatillo fácil. 

Es así porque los grupos de tareas y los comandos de la dictadura secuestraban, saqueaban, violaban, torturaban, aplicaban tormentos a embarazadas, se apropiaban de bebés, niñas y niños, asesinaban mujeres y, por supuesto, varones, mataban en cualquier momento y lugar, encarcelaban clandestinamente, hostigaban a adolescentes y jóvenes, incluso hasta acabar con ellas y con ellos, robaban, circulaban en los Falcon verdes y otros tipos de vehículos intimidando con armas largas, asaltaban: no hay atrocidad que la dictadura con sus jefazos y sicarios no haya cometido.

Además, colaboró activamente, bajo el mando de los yanquis y las instrucciones de la CIA, con la represión sanguinaria de los pueblos hermanos, con el plan de exterminio, el plan Cóndor, destinado a aniquilar en toda América del Sur toda intención revolucionaria o de transformación, de libertades y de derechos.

 

Ahora bien, cuáles son los fundamentos últimos, tan imperceptibles como efectivos, tan necesarios de ser deducidos a partir de la exploración científica de la dictadura.

¿Qué hace posible a una dictadura como la exterminadora de todo?

La respuesta tiene una complejidad inimaginable y de difícil comprensión y de difícil transmisión.

Intentaré una aproximación, una aproximación que va a la médula de la cuestión, una aproximación que no por ser tal se queda en los bordes, sino que se sumerge en la hondura y en el núcleo.

Lo humano, desde el comienzo de sus tiempos históricos, se debate entre dos tendencias contrapuestas:

  • La que lo impulsa a la cerrazón endogámica

       Vs.

  • La que lo alienta a la apertura exogámica.

En el primer caso nos encontramos con la identificación tal como la define el Psicoanálisis, el comportamiento a la manera de los grupos de supuesto básico de Bion, el funcionamiento en horda tal como lo describe Golding en El señor de las moscas con Jack como su jefecito, la conformación como masa (=”la gente”) caracterizada por lo amorfo, la aglutinación indiferenciada por completo, la Primarización llevada a su versión extrema,  según mi creación, el Método Vincular.

Esta tendencia a lo endogámico, que implica la resistencia al tabú del incesto o, más precisamente, a lo que he denominado la Ley de la institución exogámica, opera tanto a nivel de la interacción social como en la configuración intrapsíquica, tanto a nivel de la relación con los otros y lo otro como en el mundo interno de cada persona, correlacionándose, vinculándose intrínsecamente.

Esta tendencia propone la polarización irreductible e inexorable amigo – enemigo. Todo lo propio está dentro del campo amigo y todo lo ajeno se incluye en la esfera del enemigo.

Todo lo antedicho lleva a instaurar y garantizar un orden cerrado, a la postre insostenible, “orden cerrado” que justamente es la especialidad de las fuerzas militares: tal tipo de orden enseña y entrena a formar como tropa e induce al soldado a subordinarse incondicionalmente a sus mandos. 

Es decir, los milicos, establecieron un régimen basado en su práctica, su limitada práctica, en lo conocido y lo único conocido por ellos.

Ese orden cerrado genera certidumbre, seguridad, fortaleza. Mejor dicho, genera la sensación de certidumbre, seguridad, fortaleza.

La masa, acrítica, ávida de “un orden” sin importar cuál sea y, por lo tanto, adicta al despotismo, encuentra así el modo de refugiarse, de evitar todo riesgo, de sentirse bajo control y de contar con un curso vital pautado y previsible. Sabemos que toda esa creencia es ilusoria, es más una sensación que una interacción con lo real.

Los mandos, jefes militares y factores de poder civiles, perciben que con el “orden cerrado” al que la masa es proclive, su poder se afirma y acrecienta, su imagen especular los enaltece satisfaciendo la expectativa narcisista o ególatra: en suma, su deseo, conjunción de dominio y autoimagen ideales, triunfa.

A través de ese, su deseo, en un pacto implícito y la vez tenaz e inconmovible, la masa satisface el propio, toda vez que depositó en el deseo de ese otro la canalización del propio. Como dice Hegel, el deseo es deseo del deseo: ergo, el deseo de la masa es el deseo del deseo del mandante cuyo deseo es el deseo de la masa ávida de orden (o sometimiento). Quien somete no duda (el militar Aldo Rico sentenció que la “duda es jactancia de intelectuales”) y quien se somete tampoco.

No dudar asegura una configuración social estable, fija, predecible a la masa y a sus mandos. Al mismo tiempo, en lo intrapersonal o en la configuración intrapsíquica de cada miembro de la masa y de cada mandante, ese orden cerrado, ese enclaustramiento endogámico le reduce el gasto psíquico, neutraliza el estrés, garantiza cierta plenitud, propicia “la paz interior”.

Todo ilusorio, desde ya, pero “de ilusiones también se vive” y, sobre todo, cuando logran establecerse, aunque sea por cierto tiempo, vínculos pertinaces, obstinados y basados en el fanatismo.

Tan importante como asegurarse esos sólidos vínculos es encontrar o inventar un enemigo: éste es el depositario de toda la proyección masiva, de todo lo malo contenido en el sí mismo, generando la percepción de que así la masa, cada uno de sus miembros, su jefatura y cada uno de los mandantes o superiores, son la expresión viva del Bien y de lo bueno. Se apunta contra un enemigo débil e interno, mientras se arrodillan ante el enemigo poderoso, vernáculo o extranjero. 

El clivaje está consumado: el enemigo inventado carga con toda la maldad y el “uno mismo” (masa y jefes) son portadores de la bondad. Así que, “el algo habrán hecho” resume con elocuencia esta profundización en torno a las raíces últimas del despotismo y, por ende, de las dictaduras, tiranías, etc.

Ahora, curiosa y paradojalmente, esa tentación irrefrenable por sostenerse gracias a un enemigo llevó a la dictadura a su final: la omnipotencia imaginaria lograda a base de sangre de argentinas y argentinos y de pueblos hermanos, la llevó a buscar un enemigo, colonialista y brutal, Gran Bretaña.

Una digna e irrenunciable causa, la de la recuperación de nuestras islas del Atlántico Sur devino, guerra mediante, la sepultura de la tiranía genocida. Además, su gran apoyo, el país yanqui, se alió abiertamente con su “madre patria”.

Como una suerte de reencarnación de lo vivido por Edipo, lo mismo que hizo posible a la dictadura, establecer un enemigo, la derribó.

Lo exogámico para el despotismo es el asiento de lo desconocido y de lo repudiado, es la sede del enemigo y el antro del mal, el desafío que desestabiliza y lleva a lo incierto, al fracaso, a la destrucción.

Lo exogámico supone la Ley y las leyes, las leyes jurídicas y las leyes de las Ciencias de lo Natural y de lo Humano, lo cual para la masa acrítica y gustosa de subordinarse (= atarse sumisamente a un orden) y para sus superiores es inabordable, inaccesible, intimidante.

 

De tal manera, el despotismo en cualquiera de sus variantes y, por lo tanto, la dictadura terrorista de estado que padecimos, nace, crece, se desarrolla y muere en el enclaustramiento endogámico.

Endogamia llevada a su extremo más extremo y dictadura genocida fueron los socios unidos por un lazo intrínseco, tan obstinado como diabólico, tan incondicional como perverso.

 

Rubén Rojas Breu

Buenos Aires, marzo 26 de 2021, actualizado el 24 de marzo de 2023

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 [R1]

miércoles, 18 de noviembre de 2020

UNA FUENTE ORIGINARIA DEL LIBERALISMO: BERNARD MANDEVILLE

 

 

 

 

Rubén Rojas Breu

 

UNA FUENTE ORIGINARIA Y POCO CONOCIDA DE LA CONCEPCIÓN LIBERAL:

BERNARD MANDEVILLE

Hago saber que, a través de una de mis hijas, el reputado académico francés Jean Cartelier, emérito de la Universidad de París,  despertó en mí el interés por la obra de este pensador holando-inglés, Bernard Mandeville.

Si próximamente este pensador se pone de moda en nuestro país, espero que la lectora y lector de este artículo tengan en cuenta que soy quien lo puso en circulación.

                                                                                           RRB

Consideraciones preliminares

El pensamiento liberal o la concepción liberal o, simplemente, el liberalismo ha dado y da mucho que hablar.

Lo que actualmente se da en llamar “neoliberalismo” es considerado el origen de todos de los males, con justificada razón.

De todos modos,

  • el “neoliberalismo” no es una concepción uniforme u homogénea ya que alberga varios enfoques o posiciones.
  • para nuestro país, para América Latina y para los países y pueblos oprimidos del planeta en general, lo de “neoliberalismo” es un escamoteo eufemístico para no aludir a lo que sí nos lleva al pertinaz padecimiento: el imperialismo. Dicho de otro modo, para nosotros lo que se da en llamar “neoliberalismo” (aplicable en los países centrales y potencias) en nuestras latitudes debería denominarse franca y abiertamente “imperialismo” más colonialismo y neocolonialismo.

Estas versiones del absolutismo global imponen en todo el mundo, y con sobrado y ultrajante ímpetu en nuestros países, lo que bauticé como “despotismo liberal”.

Con este aparente oxímoron denomino al liberalismo a ultranza o fundamentalista lo cual concluye en la instauración de una forma de despotismo.

La cerrada defensa de la propiedad privada a toda costa, el desenfreno por apropiarse de lo público, la apelación a las libertades “individualísimas” que derivan en el abuso de concentradores de poder y de riqueza a costa de la sumisión y la pobreza de las mayorías, es el despotismo sustentado en argumentos “liberales”.

Se llega a poner en riesgo además, en plena pandemia, a la salud pública en nombre de esas engañosas libertades exigiéndose por parte de sus devotos que cada una y cada uno tiene el derecho a hacer lo que se le dé la gana, aplicar o no las normas de prevención, respetar o no la ciencia, aceptar o rechazar las vacunas, elegir contagiar y contagiarse sin que el Estado y los gobiernos intervengan, impulsar el consumo de productos letales como el dióxido de cloro, usar o no barbijo, desplazarse sin restricciones, abrazarse con el vecino, etc.

Pero más allá de la pandemia, el despotismo liberal quiere absoluta libertad de empresa, absoluta libertad de expresión, absoluta libertad de acción, absoluta libertad de lucro sin obligaciones impositivas, aunque el ejercicio extremo de tales libertades tenga como consecuencias el atraso, la injusticia, la extrema desigualdad, la miseria de mayorías, el hambre de niñas, niños y adolescentes, el abandono de ancianas y ancianos, el deterioro o destrucción de la educación y la salud públicas, la entrega del patrimonio y del territorio nacional y más y más y más de que lo que lleva a la ruina y la depredación.

El despotismo liberal es la libertad absoluta del algunos y la privación de casi todo para casi todos.

El despotismo liberal termina pisándose la cola, ya que las consecuencias que genera llevan a la aniquilación de las libertades.

Ejemplifiquemos: la libertad de expresión, por los niveles alcanzados, está llevando a su propia aniquilación. Dicho de otro modo, la libertad de expresión se está suicidando como consecuencia de tanta rienda suelta. La libertad de expresión en su versión fundamentalista, absolutista, promueve las falsas noticias, los rumores, los insultos y agravios de toda índole, la anarquía comunicacional. De tal manera la libertad de expresión así entendida, en su modo dictatorial, lleva a que nadie crea en nadie ni en nada o, por el contrario, a creer en lo que no hay que creer: ambas derivaciones anulan tal libertad ya que expresarse se torna o inútil o dañino.

Con la libertad de expresión desaforada se termina:

  • o en dogmatismo, creyéndose en lo que se quiere creer sin importar la veracidad ni la sustentabilidad,
  • o en escepticismo ilimitado, no creyéndose en nada, ni siquiera en lo que habría que creer o, al menos, prestar atención.

Quede claro que no me opongo a la libertad de expresión sino al absolutismo que hace de ésta y sus análogas herramientas al servicio de los concentradores de poder y de las manipulaciones.

Hubo una época, hace siglos ya, en que la concepción liberal era algo así como el bosón de Higgs o “partícula de Dios” a partir de la cual se habría originado el universo. Del mismo modo que esa partícula primordial tuvo su gran explosión desembocando en este universo en el que deambula nuestro planeta, aquella originaria concepción liberal estalló de tal manera y de modo tan vertiginoso que vinimos a parar a esta contemporaneidad plagada de “liberalismos”, de tantos “liberalismos” que pareciera que hay para todos los gustos, cada cual puede servirse el liberalismo que mejor le cuadre.

Hubo una época que se ubica hacia fines de la Baja Edad Media europea en la cual comienzan a prosperar las ideas liberales.

Esas ideas liberales fueron el motor para la instauración de las democracias formales, el desarrollo de las ciencias y las nuevas artes, de la burguesía, la vida urbana y la gran industria, ya bajo la unificación de las naciones y estados modernos. Resumidamente, esas ideas liberales sirvieron de basamento a la Modernidad.

Ese ideario contribuía a dotar a los humanos de autonomía, liberándose de la sumisión a lo divino y al poder clerical, de la sujeción a los señores feudales y al absolutismo monárquico, del apego a la tierra como el principal medio de producción.

Es decir, esas ideas liberales fueron en su momento un dinamizador para el avance de la humanidad tal como la conocemos. En cambio, hoy, a través de sus variadas derivaciones, devienen obstáculos y anacronismos para el desarrollo humano.

En ese estadio germinal de la concepción liberal se ubica como una de sus fuentes, como uno de sus grandes inspiradores, alguien casi desconocido actualmente, sobre todo en nuestro país: Bernard Mandeville.

En este artículo me propongo comentar acerca de este pensador, famoso en su época en Europa, con la objetividad a la que obliga un enfoque epistemológicamente sostenible. Es decir, trataré de hacerlo ubicándonos en su época, evitando los prejuicios y tratando de explorar lo interesante de su pensamiento, sin que esto implique que lo comparta. Por otra parte, no se trata de si comparto o no sus posiciones, sino de ahondar en su pensamiento con el fin de que tal cometido sirva para entender mejor el presente a partir de alguien tan guardado en un baúl del pasado.

Comentaré sobre la producción de Mandeville tomándome licencias en la confianza o con la expectativa de que este texto sirva de acicate para que posibles lectoras y lectores se interesen en tomar contacto directo con su obra, tan interesante como polémica, provocadora e, incluso, hasta irritante.

 

Bernard Mandeville

Fue un filósofo, médico y economista político holandés (1670-1733) que vivió en Inglaterra hasta su muerte causada por la gripe. En Leiden, Holanda, había egresado de la universidad en las carreras de medicina y filosofía.

Es decir, nació poco antes de la muerte de Hobbes, con quien se emparenta hasta cierto punto en sus ideas, pero con quien a la vez tendrá diferencias de fondo, y fue contemporáneo de Locke y de Hume, más joven que el primero y mayor que el último mencionado. En su época reinó la casa de Estuardo en Inglaterra (Jacobo II y sus herederos), se dio la Revolución Gloriosa inglesa y también coincidió con los reinados de Luis XIV y Luis XV de Francia.

Fue efectivamente un liberal con todas las letras e ínfulas, antecedente originario de esta concepción en general, inspirador de Adam Smith (quien, no obstante, refuta sus ideas “morales”), Friedrich Hayek y Ayn Rand. Ésta última, nacida rusa y naturalizada en los EEUU de Washington fue una extremista liberal, de un fundamentalismo que puede aterrar a quienes creen en la solidaridad, la justicia social, el socialismo, etc.  

Por su parte, Smith se apoyará en Mandeville para desarrollar su teoría sustentada en el libre mercado y “la mano invisible” de éste, aunque, como ya señalé, reprocha la supuesta inmoralidad que se desprende de las obras del holandés-inglés.

Mandeville, en su obra principal, La fábula de las abejas, expone sus teorías, las cuales fueron objeto de ataques, sobre todo de las iglesias cristianas, particularmente protestantes, y de figuras tales como George Berkeley y William Law. Hasta fue sometido a juicio por inmoralidad a causa de sus ideas publicadas; hoy quizá sería “catedrático ilustre” de Harvard, Princeton, Yale, Stanford, patrocinado por las grandes corporaciones multinacionales y, seguramente, recibiría el Premio Nobel de Economía. Lo que puede el devenir de los tiempos.  Claro, que podría contar con todos esos honores sin que quienes se lo otorgasen lo entendiesen, como suele ocurrir.

En total escribió unos doce textos.

Escribió aquel libro, sobre todo, con el propósito de responder a los conservadores que cuestionaban por vileza a un noble a quien acusaban de emprender la guerra por conveniencia personal.

Tal noble era John Churchill, duque de Marlborough, el cual, como nota de color, inspiró la canción infantil “Mambrú se fue a la guerra” y como dato más relevante, es antecesor de Winston, de modo tal que el famoso primer ministro británico que lideró a su país en la Segunda Guerra Mundial tenía un destacadísimo linaje y de orígenes por cierto muy ancestrales.

Pese a ataques y cierta denigración, Mandeville fue reconocido como un médico y economista sumamente serio, al punto que fue tenido en cuenta por la Ilustración; particularmente, Rousseau comenta su obra en Discurso sobre la desigualdad entre los hombres.

Según ciertos comentaristas también inspiró, parcialmente, a Hegel y a Nietzsche y por mi parte agregaría, quizá temerariamente, que se anticipó en algunos aspectos a Freud, particularmente por El malestar en la cultura, el célebre texto del fundador del psicoanálisis.

 

El pensamiento de Mandeville

Según Mandeville el interés individual beneficia a la sociedad. Anticipó así la teoría económica del laissez-faire, que propugnaba el interés personal, la competencia y la menor interferencia posible de las autoridades en los quehaceres de la sociedad.

Es importante tener en cuenta, que como ya señalé, es contemporáneo de la Revolución Gloriosa, la cual – en rigor un golpe de estado – acaba con el absolutismo, el catolicismo como religión oficial en Inglaterra, proclama la “Declaración de derechos”, crea las condiciones para la Revolución Industrial, impulsa firmemente a la burguesía, otorga poderes al Parlamento lo que devendrá en monarquía parlamentaria y, al mismo tiempo, impone una severa moral pública de base cristiana protestante, anglicana, castigándose los “vicios”, la prostitución y todo lo que se considere opuesto a las “sanas costumbres”. Va de suyo que eso se aparejará, inevitablemente, con la hipocresía y la “doble moral”, a lo cual se supone que reacciona Mandeville, deviniendo una suerte de oveja negra para esos nuevos tiempos de entonces.

Su obra principal fue La fábula de las abejas o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública, en la cual, en 1714, relata:

"Había una colmena que se parecía a una sociedad humana bien ordenada. No faltaban en ella ni los bribones, ni los malos médicos, ni los malos sacerdotes, ni los malos soldados, ni los malos ministros. Por descontado tenía una mala reina. Todos los días se cometían fraudes en esta colmena; y la justicia, llamada a reprimir la corrupción, era ella misma corruptible. En suma, cada profesión y cada estamento, estaban llenos de vicios. Pero la nación no era por ello menos próspera y fuerte. En efecto, los vicios de los particulares contribuían a la felicidad pública; y, de rebote, la felicidad pública causaba el bienestar de los particulares. Pero se produjo un cambio en el espíritu de las abejas, que tuvieron la singular idea de no querer ya nada más que honradez y virtud. El amor exclusivo al bien se apoderó de los corazones, de donde se siguió muy pronto la ruina de toda la colmena. Como se eliminaron los excesos, desaparecieron las enfermedades y no se necesitaron más médicos. Como se acabaron las disputas, no hubo más procesos y, de esta forma, no se necesitaron ya abogados ni jueces. Las abejas, que se volvieron económicas y moderadas, no gastaron ya nada: no más lujos, no más arte, no más comercio. La desolación, en definitiva, fue general. La conclusión parece inequívoca: ´Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulces beneficios´".

Tomadas tales palabras al pie de la letra, los integrantes del gobierno de Cambiemos podrían considerarse reivindicados; si se enteran de este texto, seguramente lo difundirían con entusiasmo.

Pero, abordando a Mandeville con el rigor y la seriedad que requiere, veamos lo que expongo a continuación, comenzando por la cita siguiente.

 

Según Gongal Mayos:

 

“El punto de partida de Mandeville es el hombre hobbesiano actuando en un mundo sin un dios relojero y bondadoso que escoge el «mejor de los mundos posibles». Parte de una visión crítica descarnadamente satírica y cínica de los hombres. Éstos, armados de sus deseos e intereses particulares, son los que constituyen la sociedad y el mundo. Por supuesto, en este mundo la moralidad, el bien o la virtud no son sino apariencias que no tienen detrás de sí sino deseos, pasiones e intereses inconfesables. El punto de partida y los objetivos de Mandeville son, como vemos, muy diferentes a los de Leibniz. En algunos aspectos absolutamente contrarios, parece muchas veces que su discurso es una clara prefiguración de La genealogía de la moral nietzscheana. Pero, como apuntábamos al principio, al igual que Nietzsche se ve obligado a exponer el origen -la «genealogía»-del bien, de la virtud, de la moral y, en definitiva, de todo aquello que en principio no son ni pasiones inconfesables ni intereses privados. Mandeville y Nietzsche, pues, han de llevar a cabo el camino inverso de la teodicea de Leibniz.” 

 

Según María Cristina Ríos Espinosa:

“Su importancia radica entre otras cosas, en haber descubierto, en mi opinión, una ética de la honorabilidad que funda las relaciones cívicas y el surgimiento de la esfera pública, pero además en plantear la tesis acerca de un orden espontáneo en las sociedades, que sirve de antecedente al postulado acerca de la «espontaneidad de las instituciones» de Smith en su Riqueza de las naciones, de la «mano invisible» del mercado y también de la teoría evolucionista de las sociedades de Friedrick Hayek; se podría decir que este teórico contemporáneo del liberalismo económico es un mandevilliano moderno.´

`Me parece importante la recuperación del pensamiento de un autor que ha sido considerado secundario por la historia de las ideas, cuando en realidad posee una actualidad inusitada, pues al interpretar filosóficamente los principales argumentos de la «ética política» mandevilliana descubrimos los principios ideológicos de un discurso que busca la legitimación del capitalismo como un sistema de «libre mercado», con la apariencia de un orden político democrático cuando en realidad la libertad de la «sociedad de mercado» es sólo la de aquéllos que detentan el poder económico.” 

 

Según Manuel Salguero Salguero:

“El molesto espejo de la Fábula de las abejas ha llamado la atención de importantes autores y Bernard Mandeville, conocido sobre todo como el autor de esa fábula, adquirió merecida fama en la cultura europea de la Ilustración. La actualidad de Mandeville parece indiscutible porque se aprecia en sus obras un discurso legitimador del libre mercado propio de una sociedad comercial abierta y próspera, en el que se produce la siguiente paradoja: el propio interés y los vicios privados proporcionan de forma espontánea el bienestar público. Defendía, como atributo de este modelo de sociedad burguesa, el lujo, la avaricia y el egoísmo en todas sus manifestaciones, pero lo hacía, adoptando como recurso satírico, un concepto ascético de la virtud. Con este recurso irónico pretendía desenmascarar la hipocresía de la moralidad de su tiempo porque ahondando en esa idea de virtud siempre aparece alguna forma de egoísmo. Mandeville estaba convencido de que el verdadero impulso para la acción proviene de las pasiones que anidan en la naturaleza humana”

“Uno de los elementos dominantes de la obra de Mandeville es el presupuesto de que las exigencias que brotan de las pasiones y de las emociones son el verdadero motor de la conducta humana, por más que el intelecto esté siempre dispuesto a descubrir razones que justifiquen esas exigencias. Este presupuesto epistemológico y esta psicología de las pasiones estaban plenamente en vigor en la época de Mandeville, y reflejaban una desconfianza en la razón como instrumento para alcanzar la verdad. Pero el escepticismo que proclamaba Mandeville era más de carácter psicológico que lógico porque lo que quería reafirmar – como se desprende de su Investigación sobre el origen de la virtud moral - era que todos los seres humanos están regidos completamente por sus pasiones, aunque traten de ocultarlo o camuflarlo con bellas palabras, y que son las pasiones las que incitan a la acción. Lo novedoso de Mandeville no es la originalidad, sino la exposición brillante, incisiva e irónica de una psicología de las pasiones que era común en el pensamiento francés desde Montaigne, y era compartida por autores como Spinoza, La Rochefocauld, Pascal, Fontenelle, Bayle, Daniel Dyke.”

 

Hasta aquí las citas de los autores mencionados; continúo ahora con mi propia contribución para el abordaje del pensamiento del filósofo y economista holando-inglés.

El pensamiento de Mandeville, entonces, condensado en gran medida en La fábula de las abejas con el subtítulo elocuente que anticipa lo nuclear de su concepción -y de la concepción liberal genéricamente considerada- se centra en que los vicios privados generan beneficios públicos y, que, por lo contrario, las virtudes en el ámbito privado pueden socavar o anular el bienestar colectivo. Ejemplificará diciendo que un libertino con su derroche genera sostén económico a sastres, sirvientes, cocineros, perfumistas, prostitutas, quienes a su vez darán trabajo a panaderos y practicantes de distintos oficios y profesiones.

Así, los vicios de los particulares se tornan imprescindibles para el bienestar y grandeza de la sociedad, mientras que la virtud extendida llevaría a la destrucción, la muerte, la privación. De tal manera, moral y prosperidad no pueden coexistir mientras que la conducta viciosa, la que sólo atiende al propio interés egoísta, es la condición inexorable del progreso, de la riqueza, del bienestar de las sociedades. Señala que Inglaterra, corrompida, es, por lo mismo, próspera.

Si bien la obra de Mandeville es de cierta extensión, podemos basarnos en lo resumido en este punto para comentarla, ya que contamos así, en esta sumaria presentación de sus ideas, con bases suficientes para dar cuenta de lo que hoy es del mayor interés: el meollo, el corazón, el núcleo, de lo que se da en llamar liberalismo en todas sus vertientes, las clásicas y las contemporáneas.

 

Comentando a Mandeville

En principio, podría venir a colación una sentencia del antiguo filósofo griego Plutarco: “quien tiene muchos vicios, tiene muchos amos”. Desde luego, esta aseveración de Plutarco se opondría o, por lo menos, cuestionaría las tesis de Mandeville.

De las muchas acepciones que sobre la palabra “vicio” contiene el diccionario de la RAE, dos son las que encajan en lo que trata Mandeville (y, seguramente, Plutarco):

  • falta de rectitud o defecto moral en las acciones
  • hábito de obrar mal

Según Plutarco, los vicios así entendidos someten a quienes los practican, los esclaviza ya que seguramente diría el filósofo heleno, los expone a la extorsión y a la dependencia. Quien incurre en vicios, dadas las “sanas costumbres”, la opinión pública y las leyes, puede ser objeto de chantaje para callar o evitar la denuncia y, por otra parte, requiere, depende, inexorablemente de quienes le proporcionen la satisfacción impostergable.

De tal manera, si Mandeville afirma que los vicios proveen medio de subsistencia a la prostituta y al licorero beneficiando de tal manera a lo público, Plutarco quizá respondería que quien los practica dependería invariablemente de quienes comercian con la provisión de servicio sexual y bebidas alcohólicas y también de su silencio o el de quienes estén enterados para no caer en el descrédito o hacerse objeto de alguna punición: de tal manera, “mujer de la calle” y expendedor de aguardiente devendrían ama y amo.  

Pero Mandeville no considera lo formulado por Plutarco, lo supiera o no, porque sus desarrollos van a lo que entiende por medular y que se ubica en un ámbito en el cual no cabe ningún abordaje desde la moral, no valen los juicios de valor o los valores éticos que finalmente no respetan ni las castas y élites ni las ciudadanas y ciudadanos en general.

Tampoco Mandeville justifica o propicia una suerte de “todo vale”, de libertinaje desenfrenado, justamente porque no hace juicios de valor: se circunscribe a lo que, según su enfoque, sucede con independencia de las intenciones de los humanos, con independencia de las buenas y malas intenciones.

Finalmente, bueno y malo son categorías extremas y, por cierto, fundantes, construidas por los humanos.

Para Nietzsche en La genealogía de la moral, bueno y malo, originalmente, se correspondían con la simple taxonomía poderosos / débiles. Las conductas de los poderosos – faraones, miembros de las castas guerrera y clerical, reyes, señores, acaudalados, etc. – se asociaba con lo bueno y las acciones de la plebe con lo malo: por ejemplo, en el lenguaje contemporáneo se conservan como sinónimos nobleza y virtud, por un lado, villanía y maldad por otro. Bueno el noble, malo el villano. Buenas las “ilustres personas de bien”, malos “los villeros y forajidos (los de afuera)”.

La ministra de Educación de la CABA diría: “buenos quienes tenemos éxito y recursos de élite y malos los pobres y fracasados como los docentes”.

Véase que Nietzsche incluye a los guerreros entre las castas que encarnan al bien en la etapa del origen de la Historia y, precisamente, en latín la virtus es el valor, la valentía, propia de los combatientes.

Nietzsche dirá entonces que la concepción judeocristiana, muy notorio a partir justamente de Cristo, aquella antigua doctrina (hasta cierto punto vigente) es sustituida por la fórmula que la invierte: los débiles, los pobres, los vulnerables pasan a encarnar el bien y los amos, las castas, los ricos, el mal (= “antes pasará un camello por el ojo de una aguja que entrará un rico al reino de los cielos”, “bienaventurados los pobres de espíritu porque suyo es el reino de los cielos” – adviértase que se trata de que sean “pobres de espíritu”, o sea valorizadores de la pobreza, de la humildad y reacios a la fortuna o los privilegios, lo cual incluye, indudablemente, a los ricos que, espiritualmente, se sientan y conduzcan como pobres).

Entonces Nietzsche habla de dos etapas.

Recurriendo a Hegel, una primera afirma que el bien se asocia a la concentración de poder y una segunda la niega asociando lo bueno con la debilidad.

Mandeville, y la concepción liberal, supondría una tercera etapa, una suerte de negación de la negación, ya que no se trata del bien y del mal sino de cómo efectivamente se genera, se reproduce y circula el poder, el cual lo hace a través, fundamentalmente, del vicio.

Es decir, Mandeville aparentemente hace retornar la primera etapa, pero de manera distinta o innovadora: más allá de pertenencias de casta o de élite, radica en el egoísmo, en las pasiones, en las tendencias inexorables al vicio la raíz de la prosperidad de las sociedades.

Entonces diríase que proclama: “reconózcase que los vicios son la fuente no sólo del placer de quienes lo practican sino del bienestar colectivo”.

Es decir, Mandeville niega, anticipada o de antemano,  tanto la moral activa de los poderosos como la reactiva de los débiles (nociones de Nietzsche).

De tal manera funda una axiomática del liberalismo en todas sus formas: el egoísmo, el cual se manifiesta en conductas viciosas, es el dinamizador por excelencia, es la causal de todo desarrollo y bienestar social.

El libre mercado es la expresión más acabada de ese punto de partida: dejemos hacer, permitamos que todo sea posible de ser fabricado y comercializado según el gusto del egoísta y las sociedades enriquecerán y avanzarán.

El Estado y las leyes imponen necesariamente restricciones que obstaculizan ese motor basado en el nexo entre los vicios privados y las virtudes públicas, entre el laissez faire y el bienestar colectivo, entre el egoísmo y la prosperidad.

Ahora bien, esas tesis mandevillianas se sustentan en la creencia en el “individuo” y así lo sigue haciendo todo tipo de liberalismo, incluyendo el tan meneado “neoliberalismo”, que, como se ve, poco y nada tiene de “neo” (salvo que se opte por la acepción médica según la cual “neo” equivale a cáncer, como abreviatura o metaplasmo de “neoplasia”).

“Individuo”, hoy, es una acepción obsoleta, reemplazada por el Yo y por “persona”.

Concurrentemente con tales planteos, al otorgar protagonismo a los impulsos egoístas y las pasiones, no sólo descarta a la moral y a la ética como fuentes de bienestar, sino que desacredita a la Razón. Justamente Mandeville se opone a Descartes y, desde luego, a su célebre cogito. Extremando, Mandeville diría “me aguijonean las pasiones y el egoísmo, por tanto, existo”.

También se adelanta en cierto modo al concepto de racionalización del psicoanálisis, al considerar que el intelecto tiene por finalidad justificar las acciones que la moral sancionaría: intelectualización en lugar de razones verificables.

 

De acuerdo a mi creación, el Método Vincular, una persona es una pluralidad de sujetos, lo cual supone que cada una y cada uno alberga un indeterminado número de “individuos” si mantuviéramos la vigencia de esta expresión.

El Yo, instancia de la segunda tópica freudiana (según la más difundida de las interpretaciones sobre las tópicas de Freud) es la síntesis posible y lograda hasta cierto punto de los plurales sujetos que la Persona contiene. Al mismo tiempo, el Yo es privativo, propio de cada uno, sentido únicamente por quien lo porta y asume, mientras que la Persona es lo que tal Yo es para los otros. Yo soy “yo” para mí y en mí y Persona para los otros: al referirme a mí uso el pronombre “yo” y los demás me mencionan por mi nombre o apellido, el que consta en el documento “personal”.

Siguiendo a Freud con la misma tópica, la cual en todo caso sistematiza lo que ya estaba en la primera, cada persona contiene tres instancias que viven en conflicto, aún cuando puedan darse transitorias alianzas: el Yo, el Ello y el Superyó, las cuales se entrecruzan con las de la primera tópica, inconsciente y conciencia, finalmente estructuradas tal como las formula en la Metapsicología como sistemas Inc. y Prec-Cc reguladas respectivamente por los procesos Primario y Secundario.

De tal manera que, sea desde el punto de vista de mi creación, el MV o sea desde el punto de vista del Psicoanálisis no hay tal unidad a la que se da en llamar “individuo” (= lo que no se divide, lo indivisible): por el contrario, estamos inexorablemente “divididos”.

Esa “división” es superada, al menos parcialmente, por el Yo, en tanto sintetiza o integra, dentro de las posibilidades de cada persona: de ahí que se hable de “capacidad yoica”. Se supone que a mayor capacidad yoica, mayor capacidad de síntesis, más cabida se da a más sujetos integrándolos, conteniéndolos en tal síntesis.  

Tanto el Yo como la Persona -no hay el uno sin la otra ni la otra sin el primero- son construcciones humanas, es decir, intrínsecamente sociales. El humano no se hace humano por nacer en estado de indefensión, de casi total carencia, sino que, por el contrario, por ser humanos venimos al mundo en estado de indefensión.

La ilusión liberal, la que promueven Mandeville y sus seguidores, desconoce este otro axioma, científicamente comprobable. Desconoce que desde el vamos estamos ligados a otros y que esa ligazón se encarna como organización.

Cada cual es miembro de múltiples organizaciones, de manera tal que su yo y su persona sintetizan, como puede, todas esas pertenencias: se personaliza y, por ende, construye su yo al mismo tiempo que se socializa, al mismo tiempo que se integra a través de las organizaciones a la humanidad y a su sociedad.

Viene a propósito la frase del comediógrafo cartaginés-romano Publio Terencio Africano: “soy un hombre. Nada humano me es ajeno”. Eso puede interpretarse como que todo lo humano está contenido en mí y, al mismo tiempo, estoy contenido en todo lo humano, todos los humanos en mí y yo en todos los humanos a la vez que el modo particular de cada cual en la construcción de su yo y su persona lo diferencian del resto de los humanos, incluso del gemelo. En resumen y más fácil: “contengo a todos los humanos y, a la vez, me diferencio, hasta cierto punto, de todos ellos”.

De tal manera, al privilegiar el egoísmo, Mandeville está desconociendo esa inexorable pertenencia, ese conjunto de interacciones que nos construye desde que somos concebidos y a la cual, simultáneamente, aportamos activamente, aún cuando se carece de conciencia y de voluntad.

El egoísmo se hace comprensible a partir – al menos – del narcisismo según Freud o del egocentrismo según Piaget (en ambos casos, hay que tener en cuenta que se trata de un narcisismo sin Narciso -como precisara justamente Piaget- y de un egocentrismo sin ego, en las etapas iniciales, infancia temprana).

Por el egoísmo en la persona se da una fagocitosis de la pluralidad de sujetos a la que ya me referí por parte de alguno de tales sujetos. Dicho de otra manera, en el egoísmo un aspecto propio, de los múltiples que contiene, tiraniza al resto, excluyéndolos, escindiéndolos, con lo cual paradójicamente se esclaviza ya que pierde la riqueza, sociológica y psicológicamente entendida, de la interacción intrapsíquica, intrapersonal, “intra-yo” y la apertura a la interpsíquica, interpersonal, yo-otros.

Justamente Mandeville señala que el amo se torna, paradójicamente, esclavo porque el dominus termina pendiente de lo que hacen sus sometidos, el señor feudal de lo que hacen sus siervos, al mismo tiempo que tiene que subordinarse al noble de mayor rango y éste al de quien lo supera en jerarquía y éste al rey y finalmente, éste, al Papa, el enlace con Dios o directamente a Dios. Recuérdese la frase que se atribuye a Enrique de Navarra quien, siendo hugonote o protestante, se convierte al catolicismo para ser coronado rey de Francia por el Papa: “París bien vale una misa”.

Hay allí una notable inconsistencia en el pensamiento mandevilliano y, por supuesto, en toda concepción liberal: proponen satisfacer al egoísmo “individual” en tanto motor de todo progreso y, a la vez, reconocen que el “individuo” es un eslabón en un sistema de jerarquías.

Los liberales de hoy, los pretensiosamente “neoliberales”, abogan por todas las libertades para sí, por la abolición del estado y de toda ley que les imponga restricciones, impulsan la plena libertad de mercado y también, sin solución de continuidad, exigen la inserción en el mundo y la subordinación a los intereses de las grandes potencias y de las grandes corporaciones. O sea, que el tan autoproclamado liberal es, sobre todo en países como los nuestros, un mandadero de grandes concentradores de poder. Ningún liberal acérrimo es libre.

Por otra parte, si Mandeville vincula el egoísmo con las pasiones, alude a que éstas son pulsiones despóticas que impulsan al “individuo”, de modo tal que cabe preguntarse ¿dónde está la declamada libertad?

Entonces cuál es el trasfondo, la raíz última del pensamiento de Mandeville y, por extensión, de los liberales. No es el anhelo del “individuo” sino una abstracción: el egoísmo impulsado por las pasiones.

Mandeville no convoca entonces a las libertades “individuales” ni personalísimas: invita a que el egoísmo ahijado de las pasiones y desconectado, aislado, sea alentado para que las sociedades, supuestamente, prosperen.

No es la felicidad del libertino, el laissez faire de los pudientes, lo que inspira a Mandeville, aunque él crea en tales postulados: es lo que impele al libertino sin que éste tenga conciencia ni maneje su voluntad y lo que lo impele son las pasiones.

El libertino, el libre empresario y el emprendedor son meros instrumentos de esas divinidades llamadas pasiones, antiguas divinidades por otra parte ya que todas las religiones remotas en el tiempo, bien de antaño, habían endiosado a dichas pasiones (la mitología griega, como la de cualquier otro origen, fue prolífica en diosas y dioses que representaban a las pasiones, como Afrodita, Dionisio, Eros, Ares, aunque podría decirse que casi no había divinidad que no las simbolizara).

No es entonces la libertad. Es lo que inconscientemente determina a las organizaciones, grupos y personas el generador de la prosperidad; en sus términos, se trata de las pasiones que desembocan en el egoísmo o en una categoría que debería llevar otro nombre: el lucro, la obtención de lucro, con independencia de beneficiarios humanos, identificables.

Así, concluimos entonces en la razonabilidad de las tesis marxistas de la plusvalía y la acumulación.

 

Según el Método Vincular

Veamos desde la perspectiva de mi creación ya mencionada:

El concepto de Deseo es el fundamento del Método Vincular.

El Deseo, según el Método Vincular, difiere de todas las acepciones habituales, tanto de las diversas disciplinas como de las vulgares, difundidas o comunes. Es decir, definimos “Deseo” en el marco referencial que genera y en el que se apoya el Método Vincular.

Desde ya, el Deseo como genérico y cada deseo particular no se ubica en el terreno de la conciencia ni es sinónimo de la voluntad.

El Deseo para el MV es un concepto y, por lo tanto, pensable, es una construcción para dar cuenta de las conductas humanas, de los vínculos intersujetivos (inter-sujetos) y de las interacciones sociales en general.

Para el MV el Deseo es inherente al vínculo entre organizaciones, grupos y personas, entre organizaciones políticas, sociales, mediáticas, gremiales y sus públicos, entre oferentes y demandas, entre clientes, usuarios y consumidores y productos y servicios. Propuestas, publicaciones, productos y servicios encarnan o canalizan deseos.  

Según el MV no existe el deseante sin lo deseado o lo deseable; y, viceversa, no existe lo deseado o lo deseable sin el deseante.

El deseo es la articulación intrínseca de dos aspiraciones inconscientes que se dan al mismo tiempo por quienes se vinculan:

  • A la vivencia de plenitud o, lo que es lo mismo, de la perfección total = imagen ideal de sí, el espejo de la madrastra de Blancanieves hasta que ésta la sustituye.

 

  • A la sensación de dominio sobre los otros y sobre lo demás = el poder.

 

Resumidamente: el Deseo es resultante de la interacción entre la imagen ideal de sí y el poder.

Ahora bien, el Deseo se encuentra intrínsecamente articulado con la Ley y sus derivaciones, las leyes.

No hay Deseo sin Ley (y leyes) ni Ley (y leyes) sin Deseo.

En este planteo al mismo tiempo me emparento en cierto punto con la producción de Mandeville y me diferencio drásticamente en una perspectiva de mayor alcance y profundidad.

La sutil semejanza se encuentra en que tanto Mandeville como mi producción dejan a la moral fuera del conocimiento científico, en tanto la moral es fuente de prejuicios y tan versátil como posiciones políticas, ideológicas, configuraciones sociales y pertenencias existen.

Valido y subrayo la significación de la ética en la práctica profesional, laboral, política, etc. Pero tales prácticas son aplicaciones del conocimiento. 

Para conocer científicamente se requiere poner todo en cuestión, en suspenso, en el plano de la interrogación y, por lo tanto, los prejuicios obstaculizan; por otro lado, para la práctica en cualquier ámbito la ética sí es insoslayable.  

Me diferencio tajantemente del pensamiento de Mandeville porque parto de redes de vínculos y, por tanto, de complejas tramas entre humanos, desterrando así toda presunción no científica basada en la creencia en el “individuo aislado” que llevado por las pasiones contribuye al bienestar público.

A diferencia de Freud, afirmo que no es básicamente la prohibición del incesto lo que funda a la Cultura sino lo que entendemos como la Ley por excelencia, a la cual bautizamos Ley de la institución exogámica, Ley que se inspira más en Lévi Strauss.

Obviamente, consistentemente con tal título, dicha Ley implica la prohibición de los lazos incestuosos, pero en su formulación ponemos el acento acerca de que la humanidad surge instaurando la relación con el otro o con la otra, con el ajeno o con la ajena, con lo no primariamente conocido, con lo otro.

La Ley, que con la mayúscula inicial remarcamos que es la de la “institución exogámica”, es la fuente primigenia de la totalidad de las leyes:

  • de lo que habitualmente se denominan “leyes”, las jurídicas,
  • de las leyes científicas.

De tal manera, la articulación Ley – Deseo implica:

  • a la Ley de la institución exogámica como génesis,
  • a las leyes jurídicas,
  • a las leyes científicas, tanto de las Ciencias de lo Natural como de las Ciencias de lo Humano.

Eso significa que todo comportamiento humano y que toda organización, grupo o persona interactúa simultáneamente con esas tres categorías de lo legal.

Dejando en claro la falacia tradicional ya caduca de la tipología racional / emocional, digamos que pasiones, emociones, sentimientos, sensaciones, así como razón, lógica, experiencia se inscriben en el marco de las complejas interacciones Ley-Deseo arriba descrita.

De tal modo, el egoísmo no es una posición “natural” de algo inexistente, el “individuo”, sino una modalidad de conducta que emerge en el marco de las interacciones humanas en todo su espectro: dicho de otro modo, no existe el egoísta, ni el egoísmo, sin la trama de tales interacciones. Tampoco las pasiones que alientan al egoísta se dan como pulsiones independientes, sino que emergen en el marco de las interacciones referidas.

Los desarrollos de Mandeville llevan en última instancia a la Primarización, siempre según el MV, y en particular a dar sustento o al Posicionamiento Vincular Dominancial o al Hedonista, los cuales subrayan como valor a la Potencia y por derivación la competitividad extrema, sin límites, y como antitética respecto de la solidaridad en cualquiera de sus acepciones y manifestaciones, en el Dominancial, o la hiperbolización de los sentidos en el segundo, en el Hedonista.

La Primarización tiende a la negación de la articulación Ley-Deseo, justamente lo que está negado desde sus bases en el pensamiento de Mandeville.

 

Contextualizando a Mandeville

Como ya señalara, Mandeville elabora y publica su concepción en circunstancias históricas en las cuales se requería del liberalismo para brindar la plataforma ideológica de la democracia burguesa, la formación socioeconómica capitalista y el desarrollo industrial, entre otras adquisiciones de aquella época.

Para tal cometido, Mandeville sostiene tesis que fundamentan lo que se da en llamar libertad de mercado y por supuesto de aliento a la empresa privada.

Al mismo tiempo, su gran aporte es el de rechazar las trabas que la moral – o la moralina con su hipocresía congénita – ponían para ese despegue.

Como Maquiavelo, Mandeville (salvando las distancias entre uno y otro), establece que las relaciones entre los humanos, las relaciones sociales, políticas y económicas, son intrínsecas -acéptese la redundancia – a lo humano y, por lo tanto, no tienen su fundamento en la divinidad, en lo extraterrenal y atemporal, ahistórico.

Maquiavelo sustrae la Política del territorio de los dioses y sus vicariatos para afirmar que es propia de lo humano y sólo de las interacciones entre humanos. Lo mismo hace Mandeville en su campo, ubicado sobre todo en lo socioeconómico.

Por eso, ambos encontraron resistencias en su época (Maquiavelo sigue teniendo mala prensa y Mandeville casi pasó al olvido), sobre todo por los concentradores de poder de entonces y, particularmente, las iglesias que se aferraban al poder divino y condenaban por sacrílegos a quienes rechazaban la intervención de Dios en la marcha de la sociedad.

De tal manera, si bien Mandeville es fuente originaria del liberalismo en toda su gama, lo suyo no es equivalente a lo que pregona el liberalismo contemporáneo, llamado “neoliberalismo”.

Mientras aquél contribuyó al desarrollo, a la evolución hacia la libertad posible para su época, el liberalismo actual deviene obstáculo para que la humanidad alcance un estadio superador que acabe con la opresión, la explotación, la injusticia, la desigualdad en todos los órdenes, la involución y, en lo que nos toca particularmente, la división del planeta entre potencias y corporaciones dominantes por un lado y naciones y pueblos oprimidos por el otro. 

Esta división se hace patente hoy con los efectos de la pandemia y, muy notoriamente, con la producción y distribución de las vacunas para la inmunización contra el SARS COV 2.

 

Creo que vale explorar a Mandeville con la mayor vocación por conocer y sin prejuicios, sin incurrir tampoco en descalificarlo a la ligera lo como si fuera contemporáneo y patrocinador del llamado “neoliberalismo”, o como si fuera uno más de los que desde las usinas ideológicas del planeta como las universidades de los EEUU de Washington y de otras potencias predica en favor de una ya decrépita, ficticia y agotada “libertad de mercado” o como si fuera uno de los artífices del proceso de Bolonia o como si fuera inspirador del Grupo Sophia de nuestro país creado por Rodríguez Larreta y al que pertenece o perteneció la ministra Soledad Acuña.

 

Bibliografía

Freud, Sigmund (1976): Obras completas, particularmente Tótem y tabú y El malestar en la cultura, Amorrortu, Buenos Aires

Lévi Strauss (1981): Las estructuras elementales del parentesco, Paidós, Buenos Aires.

Mayos, Gongal (1994): La fábula de las abejas, deconstruyendo Mandeville en Roles sexuales, la mujer en la historia y la cultura, M.J. Rodríguez, E. Hidalgo y C.G. Wagner (eds), Madrid, Ediciones clásicas, pp. 191-210

Ríos Espinosa, María Cristina (2007): Bernard Mandeville: la ética del mercado y la desigualdad social como base del progreso moderno, En claves del pensamiento, vol. 1, Nº 1, México.

Salguero Salguero, Manuel (2017): Bernard Mandeville y las paradojas de un fabulador satírico”, Quaestio iuris, Río de Janeiro

 

Rojas Breu, Rubén (2002): Método Vincular. El valor de la estrategia, Eds. Cooperativas de Buenos Aires

 

Rojas Breu, Rubén (2018): La Ley como fundante de la organización humana, rubenrojasbreu.blogspot.com

 

Rojas Breu, Rubén (2018): Deseo según el Método Vincular y su relación con el Poder, rubenrojasbreu.blogspot.com

 

Rojas Breu, Rubén (2018): Concepto de organización, rubenrojasbreu.blogspot.com

 

 

Rubén Rojas Breu

Buenos Aires, noviembre 18 de 2020

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