Rubén Rojas Breu
Sí A MORIN, NO A LACAN
A
edad provecta, 104 años, en su ciudad, París, falleció el último 29 de mayo Edgar Morin, un destacadísimo,
fecundo y meritorio sociólogo y político del período que va desde el fin de la
Segunda Guerra Mundial hasta el presente.
Comencé
a conocer su obra, cuando ya había creado y desarrollado yo mi creación, el
Método Vincular.
Me
sorprendió, por un lado, su enorme contribución, su elaboración original de
colosal magnitud.
Por
otro lado, me impactó la similitud del enfoque justamente con mi concepción
plasmada en el Método Vincular y en toda mi producción sobre las interacciones
humanas en los diversos campos, particularmente el cultural, el social
propiamente dicho, el político y el mercado.
Él
llamó a su enfoque “Método de la Complejidad” y puede verse que la semejanza
nos alcanza inclusive en la denominación de las respectivas creaciones.
Los
porqués de la denominación de Método son expuestos, por mi parte, en mis libros
y diversas publicaciones, lo cual no viene acá al caso.
Baste
decir que también mi enfoque, al que llamo “sistémico relacional” guarda enorme
parecido con su “método de la complejidad”.
Y
como ya señalé, es curioso que ambos hayamos llegado a similares cuerpos
conceptuales.
Sin
ninguna duda esa semejanza se debe a que ambos fuimos (en mi caso, soy aún) investigadores
científicos de lo humano, genuinos investigadores.
Otra
semejanza me conmueve particularmente al mismo tiempo que define toda una
postura de lado de lo Humano: el compromiso inclaudicable, sostenido, firme,
con la Ciencia y la Política.
Edgar
Morin fue luchador político a lo largo de toda su vida ya que muy joven
colaboró activamente con los republicanos en la guerra civil española, dando
batalla contra el fascismo.
Cuando
los nazis ocuparon su patria, se enroló en la heroica Resistencia Francesa como
combatiente llegando a alcanzar el grado de comandante.
Concluida
la guerra fue cofundador del Comité contra la Guerra de Argelia adoptando
taxativamente una posición anticolonialista y en favor de la liberación de esa
nación y de su pueblo.
Vivió
durante un tiempo en nuestro continente, América Latina, en donde valoró
entusiastamente nuestra cultura.
Ante
su muerte, me acometió el anhelo de contrastar a tan encomiable y ejemplar
persona con el psiquiatra, también francés, Jacques Lacan.
Es
tan colosal el contraste que no puedo evitar
la comparación aun corriendo el riesgo de desconcertar a lectoras y
lectores, si los habrá, o de malquistar.
Ambos
fueron contemporáneos, Lacan diez años mayor y, por lo tanto, ambos vivieron
las mismas circunstancias históricas y en el mismo país.
Mientras
Morin y, como ya señalé yo mismo, tomamos partido del lado de la Política y la
Ciencia, Lacan se mostró siempre apolítico, pese a sus comentarios superficiales
sobre determinados acontecimientos o sus reflexiones francamente elementales,
propias de manuales de autoayuda, sobre el capitalismo.
Lacan
fue acérrimo opositor de la Ciencia, rebajando al Psicoanálisis, la gran
creación de Freud que hace de la Psicología una ciencia arrancándola del oscurantismo
filosófico, a la condición de una mera hermenéutica de lo que él llama “sujeto”,
categoría que por cierto enuncia y aplica indebidamente.
Redujo
el Psicoanálisis a la lengua, incurriendo en no sólo en un desacierto desde el
punto de vista epistemológico sino en un atropello a la comprensión de lo
Humano con toda la complejidad, Morin dixit, que tal materia requiere.
Se
opone al pensamiento simplificador y deshumanizante yanqui desde el anacronismo
de la filosofía del ser.
No hay
mayores opciones cuando se trata de abordar la complejidad de lo Humano, sus
interacciones y los sistemas en las que las mismas se dan:
o se
está del lado de la Ciencia y de la Política, siempre entrelazadas, o del lado
de la filosofía y la religión.
Lacan,
siguiendo al académico nazi Heidegger repone al Ser, buscando socavar el
concepto de relación que la Ciencia había definitivamente instaurado, particularmente
con la Teoría General de la Relatividad de Einstein.
De
tal manera, Lacan toma partido por la religión y la filosofía, enmascarando a
través de una verba seductora para sus seguidores, pero francamente retrógrada,
su postura mística, su adhesión a los valores más tradicionales inclusive
contrarios a la Revolución Francesa, su misoginia y sus ocultas creencias propias
de un teólogo o un prelado de la era feudal.
Lacan
despreció a América Latina, amonestó, al menos a través de su heredero y yerno
Jacques Alan Miller, a los movimientos populares de estas latitudes, ignoró al
pueblo español en su lucha antifascista y se mantuvo indignamente al margen en
la guerra colonialista contra Argelia; por ejemplo, no firmó el Manifiesto de los 121
(1960), la célebre declaración que apoyaba la insumisión y el derecho a la
independencia argelina.
Más
grave aún, Lacan se abstuvo en la ocupación nazi de su país, postura sumamente
reprobable que sus biógrafos obsecuentes pretenden justificar alegando “problemas
familiares”.
Mientras
numerosos compatriotas, incluyendo sus colegas, entregaban su libertad o su
vida, morían en las mesas de tortura o en los campos de concentración, Lacan se
dedicaba a su “vida familiar” y a tertulias aristocráticas a la manera de un
noble de la corte de Luis XV.
Más todavía,
sirvió en el Hospital Militar Val-de-Grâce bajo el mando alemán.
Debe
llamar imperiosamente la atención que Morin tenga escasa repercusión en nuestro
país, pese a su notable producción, mientras Lacan haya alcanzado una
penetración que sirvió a la devaluación de la ciencia, de la Psicología y del
Psicoanálisis y a la configuración de un culto tan lesivo para la producción de
conocimiento y para las prácticas profesionales toda vez que se pone más el
acento en descifrar “sagradas escrituras” que en la atención de las personas,
de los grupos, de las familias, de las organizaciones en general.
NO A
LACAN es el título de un extenso texto que estoy puliendo con el fin de
publicar, en el cual demuestro que el psiquiatra francés solamente se dedicó a
cultivar su voraz narcisismo y a un evangelio a contramano de lo que la
humanidad requiere.
Tengo
muy en cuenta que su prédica y su influencia, que no sólo se da entre psicólogos,
psicoanalistas y psiquiatras, sino también en otros ámbitos académicos y
profesionales, llegando de alguna manera retorcida a los medios y a los públicos en general, ha contribuido a la derechización
y, por lo tanto, a que tengamos que soportar a los Milei, a los Macri y,
también, a la politiquería en general, desde la ultraderecha a un progresismo y
una izquierda impotentes.
Su evangelio
es el del conformismo y de la resignación.
SÍ A
MORIN significa, entonces, celebrar, encomiar la Política y la Ciencia, el
compromiso militante con las causas justas y la vocación irrenunciable por el conocimiento
y la creación.
Espero
que al comparar haya servido al loable propósito de enaltecer la significación
de Edgar Morin, toda vez que los cotejos contribuyen para elevar al sitial de
la trascendencia lo que ya, per se, es sobresaliente.
De
eso se trata.
Rubén
Rojas Breu
Trabajador,
activista y dirigente político desde 1958
Docente
universitario de grado y de posgrado desde 1969 en UBA y otras universidades
públicas y privadas de la Argentina
Lic.
en Psicología UBA, 1973
Científico
e investigador social desde 1974
Autor
del Método Vincular, de aplicación en los campos social, político y mercado,
desde 1980 con libros y artículos publicados
Autor
de teorías sobre Política
Buenos
Aires, junio 1° de 2026