Rubén Rojas Breu
REMEMORANDO EL RÉGIMEN DEL
TERROR A 50 AÑOS DE SU INSTAURACIÓN
“Se
comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el
control operacional de la junta de Comandantes Generales de las Fuerzas
Armadas. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las
disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o
policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes
individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal
en operaciones.”
Con
este comunicado, emitido con una marcha militar de fondo, madrugamos,
consternados y, debo decirlo, asustados, el 24 de marzo de 1976.
Con
este comunicado que informa que el país se militarizaba, que todas y todos debíamos
someternos al orden militar, que todas y todas pasábamos a ser soldadesca a la
cual se maltrataría, se perseguiría, se masacraría, se ejecutaría sumariamente.
La
noche del 23 habíamos compartido en casa, mi entonces mujer y yo, con
compañeras y compañeros, amigas y amigos, la angustia que presagiaba el
advenimiento de lo peor.
Así
que, lo que relato seguidamente es cómo transcurrió la vida bajo el régimen
del Terror.
Esta
publicación es autorreferencial.
Consiste
en la rememoración de lo vivido durante la dictadura, desde su preludio, con el
fin de generar en la lectora y el lector, si los hay, la impresión vívida del
más penoso y luctuoso período de nuestra historia del siglo XX.
Padecí,
padecimos, intensa y visceralmente el régimen del Terror: la dictadura aterró instalando
como modo de vida el Terror como tal.
Vuelco
ese padecimiento en esta descripción porque es más que representativo de lo que
sufrimos quienes teníamos un total compromiso político, un compromiso político
que implicaba la disposición a perder la libertad o la vida.
Es
autorreferencial también por estas otras razones:
-
Lo que se difunde sobre la dictadura es
encomiable pero no acaba por transmitir, sobre todo a las nuevas generaciones,
hasta qué punto ese régimen del Terror condicionó y determinó la existencia,
nuestras existencias.
Mucho
de lo que se difunde, aún cuando sumamente valorable, corre el riesgo de
terminar siendo desprovisto de carnadura, de la completa información sobre ese
entonces, de la imprescindible profundidad intelectual y de la indispensable vibración
afectiva.
-
30.000 compañeras y
compañeros desaparecidas y desaparecidos, 30.000 argentinas y argentinos
desaparecidas y desaparecidos, 30.000 personas, en su mayoría adolescentes
todavía y jóvenes, que sufrieron las más cruentas torturas y tormentos hasta su
último aliento son la expresión más dolorosa e imborrable, desgarradoramente imborrable,
del régimen del Terror.
Entre
esas y esos compañeras y compañeros, hubo amigas y amigos, amigas y amigos con
los que me unía un vínculo intenso, incondicional, que se había mantenido,
inclusive, cuando adoptamos posiciones diferentes en el contexto de una
Argentina convulsionada, un vínculo con ellas y con ellos que se había gestado,
en muchos casos, a edad temprana.
Por
ellas y por ellos, también, esta publicación.
-
Me parece importante mostrar cómo la
dictadura fue inculcando en gran parte de la población, de las dirigencias, de
referentes y de intelectuales, medios y de periodistas que para sobrevivir hay
que conformarse con poquito y nada, hay que aceptar un presente y un futuro de
pobreza, una Argentina sometida, injusta y sin proyección internacional y,
además, hay que estupidizarse.
Este
espantoso presente, un gobierno totalitario, con mucho de “cívico-militar” y
que nos entrega a la tutela del imperialismo yanqui, es la consecuencia de lo
que sembró la dictadura.
Este
espantoso presente en el cual la oposición dizque nacional y popular,
progresista o de izquierda, sumisa, resignada, claudicante, que presta
viciosamente oídos a los medios, las redes virtuales y a las empresas
encuestadoras, que consiente a un gobierno autocrático y hasta teocrático a la
vez que se muestra sumisa con los concentradores de poder y riqueza globales y
locales, que acepta el intervencionismo yanqui, es también consecuencia de lo
sembrado por la dictadura.
Por
lo tanto, en esta descripción autorreferencial me propongo transmitir cómo la
dictadura, desde 1976 a 1983, fue penetrando mentes y espíritus, determinando
conductas, que nos llevaron a que se consienta este presente desolador.
-
Un cuarto motivo del enfoque de esta publicación
es poner al descubierto cómo la dictadura contó con adhesiones de fuerzas
políticas, de dirigencias gremiales y sociales, de referentes e intelectuales,
de figuras muy públicas que hoy posan como adalides de la lucha por la vigencia
de los derechos humanos o que gozan de predicamento y fama mientras ocultan y
se oculta su apoyo a la dictadura cuando no su complicidad.
No
haré nombres: la lectora y el lector, si se informan, pueden llegar a saber de
qué y de quiénes se trata.
Casi dos años antes de aquel fatídico 24 de
marzo, había muerto Perón cuyo retorno fue el logro más trascendente de las
luchas populares iniciadas con su derrocamiento en 1955.
Con la muerte de Perón, la Argentina y
nuestro pueblo se quedaron sin conducción política.
No tendría que haber sido así: tendríamos que
haber contado con una conducción que lo reemplazara, pero eso no sucedió por
razones de las que no me ocuparé acá.
Esa muerte generó no solamente congoja en las
mayorías sino también desazón y desorientación por un contexto, el de esos 70,
de gran convulsión, violento y amenazante.
Debo decir que fui testigo de cómo celebraban
la muerte de Perón, detrás de escena, muchos que en público se mostraban como
sus fieles.
Había entre esos quienes habían deseado esa
muerte y, más aún, quienes se proponían causarla.
Esa muerte en ese contexto precipitó la
decisión de las fuerzas armadas, de los factores locales de poder y de su amo,
el país yanqui, de poner en marcha el golpe.
La definición de Perón y del peronismo
fundacional como enemigo, tanto a nivel local como global por parte de los
yanquis, era de una claridad incontrastable.
La dictadura se instaura con un propósito
principalísimo: acabar con el Pueblo argentino, lo cual
implicaba aniquilar hasta el último vestigio al peronismo, a la izquierda
combativa y, también, a la Política misma, al mismo tiempo que implementar el saqueo
y la entrega de nuestro país.
Más allá de la economía, desindustrializar
servía a los fines de acabar con los trabajadores organizados, controlar de
modo absoluto universidades y colegios, servía a los fines de acabar con el
movimiento estudiantil y docente.
La dictadura fue la instauración de un
régimen de Terror antinacional, antipopular y antipolítica.
Más aún, antilatinoamericano, lo
cual se le facilitaba porque, justamente, en coincidencia con el retorno
definitivo de Perón, en Chile y en Uruguay se habían establecido dictaduras
también sanguinarias que se habían sumado a todas las que ya regían en
Sudamérica, salvo Colombia y Venezuela, y en países de América Central.
Yo inicié mi militancia política en la
izquierda a la misma edad en la que empecé a trabajar: a los doce años,
cursando el último grado de la escuela primaria.
Me sumé entonces a la lucha por la enseñanza
pública, laica y gratuita. Jamás dejé de militar.
Todavía adolescente, fui encarcelado,
torturado, procesado y condenado por obra y gracia del gobierno radical
encabezado por Illia: el golpe del 66 liderado por Onganía me encontró en prisión
amenazado por la probabilidad de fusilamiento.
Me habían cazado junto con una compañera y un
compañero cuando nos dirigíamos a un acto de la Facultad de Cs. Exactas UBA para
manifestarnos en contra de la invasión yanqui a Vietnam.
Como se ve, siempre los yanquis.
Cuando luego de un año salí en libertad, la
UBA me expulsó como estudiante de la Facultad de Medicina, el único militante
estudiantil expulsado.
Cuento de paso que mi madre, una mujer
trabajadora, humilde y digna organizó un grupo de sus pares para reclamar por
mi libertad y la de los presos políticos de entonces en Plaza de Mayo y en
Tribunales.
Expulsado, a posteriori de mi salida de
prisión, de Medicina UBA, finalmente me inscribí en la carrera de Psicología,
Facultad de Filosofía y Letras UBA, en donde continué con mi militancia organizando
al movimiento estudiantil y sumándome al peronismo aun incipiente en las
universidades.
Ya en los 70, junto con quien sería luego mi
esposa, fundé la Juventud Universitaria Peronista (JUP) de Psicología, lo cual
aconteció después de recibir por primera vez a Perón.
Así que viví intensamente el período previo y
las vísperas del golpe atroz.
Algo que jamás olvidaré, mientras conserve
lucidez, cómo en soledad advertía con desesperación a compañeras y compañeros,
amigas y amigos, de que debíamos sostener el gobierno constitucional presidido
por Isabel Perón porque era muy alto el riesgo de golpe y yo intuía que esta
vez no se iba a tratar de una dictadura como las previas, que aunque
fuertemente represivas y hasta fusiladoras, no llegaron a tener la disposición
y preparación para el exterminio que caracterizaría a la que se nos venía
encima.
Mis compañeras y compañeros no querían escucharme
pese al cariño y respeto que me profesaban.
Ya la gestión de Ivanisevich y Ottalagano, en
plena era Triple A, había clausurado las carreras de Sociología y Psicología
por considerarlas “nidos de la subversión”, expresión que se haría cotidiana de
ahí en adelante como justificación de los peores atropellos.
La junta militar del 24 de marzo, integrada por
Videla, Massera y Agosti, era un dechado de brutalidad, brutalidad que
compartirían sus mandos subordinados.
Eran brutos en toda la acepción de la palabra,
aunque Massera, marino forjado en la tradición británica, tuviera pretensiones
de refinamiento.
En el madrugón del 24 de marzo, luego de escuchar
el ya transcripto comunicado n°1, Radio Nacional, intervenida, informa sobre la
detención de Isabel, ya concretada horas antes, a la una de la mañana.
A partir de ese momento, nuestra vida
cambió abruptamente.
Nuevamente, vuelta a la clandestinidad o la
semiclandestinidad, un modo de vida que insumió varias décadas de mi
existencia.
Esperábamos a nuestra primera hija en medio de
tanto espanto.
No podíamos exiliarnos porque yo no contaba
con pasaporte ni podía tramitarlo por mis antecedentes judiciales y policiales,
como ex preso político.
Nuestras compañeras y compañeros pasaban por
lo mismo y nada podíamos hacer por todos nosotros.
La noche más oscura había caído sobre
nosotros.
En apenas días comenzamos a saber de las
desapariciones, incluyendo compañeras y compañeros muy cercanas y cercanos.
Mi madre nos venía ver con frecuencia: en una
de esas ocasiones advirtió a personas extrañas en la vereda de enfrente de
nuestro domicilio.
Cuando se hizo de día buscamos refugio, lo
cual hicimos durante algunas semanas.
De vuelta en nuestro departamento, empacamos
libros y publicaciones censuradas y las llevamos para resguardar a casas de familiares
exentas de sospecha.
Uno de mis trabajos era como docente de la
materia “Dinámica de grupos” en la carrera de Psicología de la UNLP.
El 31 de marzo la gestión de la dictadura nos
echó.
Las peores versiones circulaban y
atemorizaban a lo que se sumaba la opinión de la masa, siempre amorfa y minúscula,
apoyando el accionar de la dictadura con la detestable justificación: “algo
habrán hecho”.
Noticias de compañeras y compañeros caídas o
caídos en combates inventados o desaparecidas y desaparecidos nos llegaban todo
el tiempo.
Amigas y amigos emigraban para salvar sus
vidas; otros lo hacían en carácter de exiliados.
Así vivíamos.
Como concurrente, sin cobrar un peso y sin
nombramiento, me venía desempeñando como psicólogo en el Servicio de Psicopatología
del Hospital Pirovano.
Entre los pacientes que atendía teníamos a un
adolescente que concurría acompañado por su madre, una mujer atormentada.
Una mañana irrumpió en el consultorio quien
dijo ser su esposo y quien se dio a conocer como custodio de Videla: su aspecto,
su portafolios y el acompañamiento de tres matones validaban su presentación.
Discutió con nosotros con el fin de que diéramos
por concluido el tratamiento y zanjó la cosa llevándose a esposa e hijo, vaya a
saber cómo y adónde.
Ya avanzado el año 76 la dictadura dispuso el
cierre del Servicio por tratarse de ¿qué?... Un “nido de la subversión”.
Seguían llegando noticias de más asesinatos y
desapariciones.
También trabajaba atendiendo mi consultorio.
Un día, una paciente me cuenta que, al
esposo, que no tenía ninguna actividad política y que se desempeñaba como
docente muy bien pago, había sido amenazado por esbirros de la dictadura para
que renunciara a su puesto porque éste era codiciado por un oficial del
ejército para su hijo.
Me costó mucho esfuerzo convencer primero y
ayudar después a mi paciente y a su esposo para que se fugaran del país de
inmediato.
Las calles eran controladas milímetro a
milímetro, las inspecciones en medios de transporte eran a toda hora a lo cual
se agregaban los pedidos de documentación para dejar circular mientras se veían
a los Falcon verde desplazarse con tipos de catadura repulsiva e intimidante
provistos de sus armas largas. Portar barba convertía a alguien automáticamente en sospechoso.
Gracias a una amiga de mí y de la decana de
la Unidad Académica de Psicología de la Universidad del Salvador, desde 1975 me
desempeñaba como docente y secretario académico de esa facultad.
Avanzado el año, mi madre me cuenta que su madre
y su padre, muy ancianos, habían recibido la invasión de una patota policial
que me buscaba.
La Policía Federal tenia de mí el domicilio
de mis abuelos porque era en donde yo vivía cuando me habían encarcelado en
1976.
No sé aún cómo tenían la información de mi trabajo
en la Universidad del Salvador.
Lo cierto es que, al llegar una tarde a mi oficina,
los empleados me informan que habían preguntado por mí oficiales de la Policía
Federal.
De nuevo a guardarme por un tiempo hasta que
supusimos que la casa había amainado.
Así se vivía, así vivíamos quienes
sobrevivimos.
Porque de eso se trata: quienes hoy vivimos
somos sobrevivientes.
En ese año 1976 viene al mundo mi hija mayor;
dos años después su hermanita.
Nacieron bajo el régimen del Terror y eso,
aunque más inconsciente que conscientemente, las marcó a fuego, dejando en ambas
huellas propias de las situaciones traumáticas tempranas.
Respirábamos el aire cargado de las amenazas:
desaparecer era una posibilidad cierta.
Ya con ambas nenas, cerca del fin de la dictadura,
una patrulla policial nos detiene cuando circulábamos en nuestro auto y nos
interroga en la calle a mi esposa y a mí, con nuestras hijas presenciando.
Finalmente, nos dejaron seguir; no nos
estaban buscando, sino que era una requisitoria de rutina.
Un tiempo antes, el auto en el que íbamos se
detuvo un minuto, por una causa mecánica mínima, en avenida Lugones a la altura
de la ESMA: desde allí escuchamos gritos de milicos intimándonos a seguir
mientras disparaban al aire.
Logré que el auto arrancara y continuamos
respirando.
A fines de 1976 nuestra situación económica
se había tornado difícil.
Un compañero y amigo me recomienda a una
agencia de investigación de mercado líder para desempeñarme en lo que entonces se
denominaba “psicólogo motivacional”.
Pronto logré respeto y valoración en ese
lugar, en el cual comienzo a desarrollar mi creación, el Método Vincular, con
el cual fundé toda una ciencia.
Esa creación tuvo un valor trascendental y
logró gran reconocimiento: lo que la dictadura y sus secuaces, infiltrados o
desempeñándose como altos ejecutivos en organizaciones diversas y en los
ámbitos académicos no podían advertir, era que el Vincular se trató de una barrera
importante para frenar la penetración cultural yanqui; finalmente, digo con
dolor, esta penetración gracias a los gobiernos civiles de 1983 en adelante,
especialmente el menemismo, los yanquis me ganaron la partida.
También a eso sobreviví.
Desde 1976 y durante esos años, en las
direcciones de las organizaciones abundaban militares retirados y familiares de
milicos.
Ingresar a edificios de muchas instituciones
y empresas implicaban requisas.
En 1977 esa agencia de investigación de
mercado es allanada por la policía: ejecutivos de una gran empresa líder nos
habían denunciado por el contenido de un informe elaborado por mí.
Meses después los socios de la agencia se pelean
literalmente a muerte por desavenencias económicas: se amenazaron mutuamente
con enviarse grupos de tareas de los milicos aprovechando sus vínculos con
funcionarios gubernamentales.
Reitero, así se vivía: bajo amenaza, bajo
persecución, bajo el régimen del Terror.
Mientras tanto, con compañeras y compañeros
seguíamos conteniendo, debatiendo acerca de qué hacer, intentando movilizarnos.
El mundial de fútbol de 1978, pese a que la
dictadura intentó aprovecharlo para su beneficio, generó, por un lado, una
fuerte movilización popular, algo que estaba prohibido pero que no pudieron
evitar por la masividad.
Por otro lado se dio la fuerte puja entre un
humorista, Caloi con su personaje, Clemente, y el relator radial de fútbol,
José María Muñoz, entregado al servicio de la junta militar por los papelitos
que se arrojaban, con finalidad celebratoria, desde las tribunas de los
estadios. Clemente a favor de los papelitos y Muñoz enfáticamente en contra por
considerarlo atentatorio contra el orden.
Ganó Clemente, las tribunas pudieron más que
el relator chupamedias.
En gran medida ese Mundial terminó siendo un
tiro por la culata para los dictadores: los periodistas de los medios
internacionales se enteraron de las desapariciones y asesinatos masivos.
Toda Europa se enteraría de inmediato de las
atrocidades que acá acontecían.
Por otra parte, en los medios gráficos,
radiales y televisión el régimen hacía su tenaz propaganda: a diario se
informaba sobre lo que acontecía en regimientos y batallones, mientras se
ocultaba la información política y cultural, además de la internacional.
Estaban prohibidos libros, programas de
televisión, películas extranjeras no yanquis.
No se permitían recitales ni eventos públicos.
Obviamente toda actividad política estaba prohibida y la CGT y los sindicatos estaban intervenidos.
Copn la guerra de Malvinas, hubo cambios significativos: se favoreció la música nacional, se empezaron a permitir eventos públicos, se liberalizó hasta cierto punto, pero finalmente ocurrió la rendición y la depresión colectiva por consiguiente, dejando en la conciencia y el alma de la población que nuestro destino es el de someter y acatar.
Figuras francamente deleznables de la farándula
y de los medios eran protagonistas, como Neustadt entre otras y otros, otras y
otros que inclusive hoy llenan las pantallas o publican columnas sin haber
recibido la más mínima condena social: por el contrario, son mimadas y mimados
por los medios y las dirigencias de hoy,
inclusive kirchneristas, progresistas o de izquierda.
Esa es una de las maneras en que la dictadura
subsiste y nos obliga a quienes nos mantuvimos leales a nuestra lucha a tragar
tanto sapo.
A todo esto, toda esa represión, esa censura
y esa propaganda funesta iban haciéndose carne en la masa y en gran parte de
dirigentes, intelectuales, periodistas y referentes de todas las ideologías y
pertenencias.
Se hicieron carne creencias que parecen
inamovibles como las de que la Argentina tiene que aceptar pasivamente su condición
país atrasado, pobre y dependiente o sometido, de que hay que conformarse con
poco, de que estupidizarse es saludable, que encerrarse endogámicamente es lo
recomendable y de que el castigo y el sufrimiento redimen.
Para un luchador como yo eso es muy difícil de
sobrellevar y afrontar: sigo batallando pero los costos son elevadísimos.
La dictadura consagró a la masa o la “mayoría
silenciosa” en detrimento del Pueblo, forzó a que se respete un
institucionalismo vacuo, creó las condiciones para la extinción del Peronismo y
el legado de Perón al punto de que nadie, salvo quien esto escribe y alguien
más, se tenga en cuenta su Proyecto Nacional según el Modelo Argentino, generó
las circunstancias para que hoy se considere peronismo a engendros embaucadores
y destruyó la Política como tal.
Todo eso que la dictadura sembró lo viví en
vivo y en directo, viví cómo la dictadura destruía a la Argentina en sus bases
mismas y promovía la sujeción a un orden continental manejado desde el país
yanqui y su tenebrosa Escuela de las Américas; viví también cómo la propaganda
descomunal de ese país, el más deshumanizante y belicista del planeta y de la
Historia nos penetraba a través de sus series televisivas, su cine, su literatura,
su música, sus medios y la prédica de sus usinas ideológicas disfrazadas de
universidades con reputación con Harvard, Stanford, Princeton, MIT y Yale a la
cabeza.
La dictadura también dejó sucesores de sus
patotas y “grupos de tareas”: violentos de género y feminicidas, gatillo fácil,
secuestradores, barrabravas, patoteros y patovicas, nueva criminalidad
francamente sanguinaria, abusadores y maltratadores de toda laya y,
destacadamente hoy, la horda que encaramó a la fratria Milei y sus
acompañantes.
Este 24 de marzo de 2026, a cincuenta años de
la instauración del régimen del Terror, el Pueblo nuevamente repudiará tal
régimen.
El Pueblo y solamente el Pueblo, el Pueblo en
soledad.
Quede claro que la masa no es el Pueblo,
quede claro que el que apoya y vota al gobierno libertario no solamente no
forma parte del pueblo, sino que tampoco merece el respeto que sólo debe
destinarse a quienes nos comprometemos de verdad con la Argentina, con la
Patria Grande, con los pueblos oprimidos del planeta y, en particular, con el
nuestro y con las trabajadoras y los trabajadores, con jubiladas y jubilados,
con discapacitadas y discapacitados.
Este 24 de marzo el Pueblo se hará escuchar con
fuerza mientras maduran las condiciones para que, nuevamente, haga tronar el
escarmiento.
Rubén
Rojas Breu
Trabajador,
activista y dirigente político desde 1958
Docente
universitario de grado y de posgrado desde 1969 en UBA y otras universidades
públicas y privadas de la Argentina
Lic.
en Psicología UBA, 1973
Científico
e investigador social desde 1974
Autor
del Método Vincular, de aplicación en los campos social, político y mercado,
desde 1980 con libros y artículos publicados
Autor
de teorías sobre Política
Buenos
Aires, marzo 24 de 2026
No hay comentarios.:
Publicar un comentario