lunes, 23 de marzo de 2026

REMEMORANDO EL RÉGIMEN DEL TERROR A 50 AÑOS DE SU INSTAURACIÓN

 



 

Rubén Rojas Breu

 

REMEMORANDO EL RÉGIMEN DEL TERROR A 50 AÑOS DE SU INSTAURACIÓN

 

“Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones.”

 

Con este comunicado, emitido con una marcha militar de fondo, madrugamos, consternados y, debo decirlo, asustados, el 24 de marzo de 1976.

 

Con este comunicado que informa que el país se militarizaba, que todas y todos debíamos someternos al orden militar, que todas y todas pasábamos a ser soldadesca a la cual se maltrataría, se perseguiría, se masacraría, se ejecutaría sumariamente.

 

La noche del 23 habíamos compartido en casa, mi entonces mujer y yo, con compañeras y compañeros, amigas y amigos, la angustia que presagiaba el advenimiento de lo peor.

 

Así que, lo que relato seguidamente es cómo transcurrió la vida bajo el régimen del Terror.  

 

 

 

 

Esta publicación es autorreferencial.

 

Consiste en la rememoración de lo vivido durante la dictadura, desde su preludio, con el fin de generar en la lectora y el lector, si los hay, la impresión vívida del más penoso y luctuoso período de nuestra historia del siglo XX.

 

Padecí, padecimos, intensa y visceralmente el régimen del Terror: la dictadura aterró instalando como modo de vida el Terror como tal.

 

Vuelco ese padecimiento en esta descripción porque es más que representativo de lo que sufrimos quienes teníamos un total compromiso político, un compromiso político que implicaba la disposición a perder la libertad o la vida.

 

Es autorreferencial también por estas otras razones:

-     Lo que se difunde sobre la dictadura es encomiable pero no acaba por transmitir, sobre todo a las nuevas generaciones, hasta qué punto ese régimen del Terror condicionó y determinó la existencia, nuestras existencias.

 

Mucho de lo que se difunde, aún cuando sumamente valorable, corre el riesgo de terminar siendo desprovisto de carnadura, de la completa información sobre ese entonces, de la imprescindible profundidad intelectual y de la indispensable vibración afectiva.

 

 

-     30.000 compañeras y compañeros desaparecidas y desaparecidos, 30.000 argentinas y argentinos desaparecidas y desaparecidos, 30.000 personas, en su mayoría adolescentes todavía y jóvenes, que sufrieron las más cruentas torturas y tormentos hasta su último aliento son la expresión más dolorosa e imborrable, desgarradoramente imborrable, del régimen del Terror.

Entre esas y esos compañeras y compañeros, hubo amigas y amigos, amigas y amigos con los que me unía un vínculo intenso, incondicional, que se había mantenido, inclusive, cuando adoptamos posiciones diferentes en el contexto de una Argentina convulsionada, un vínculo con ellas y con ellos que se había gestado, en muchos casos, a edad temprana.  

 

Por ellas y por ellos, también, esta publicación.

 

-     Me parece importante mostrar cómo la dictadura fue inculcando en gran parte de la población, de las dirigencias, de referentes y de intelectuales, medios y de periodistas que para sobrevivir hay que conformarse con poquito y nada, hay que aceptar un presente y un futuro de pobreza, una Argentina sometida, injusta y sin proyección internacional y, además, hay que estupidizarse.

 

Este espantoso presente, un gobierno totalitario, con mucho de “cívico-militar” y que nos entrega a la tutela del imperialismo yanqui, es la consecuencia de lo que sembró la dictadura.

Este espantoso presente en el cual la oposición dizque nacional y popular, progresista o de izquierda, sumisa, resignada, claudicante, que presta viciosamente oídos a los medios, las redes virtuales y a las empresas encuestadoras, que consiente a un gobierno autocrático y hasta teocrático a la vez que se muestra sumisa con los concentradores de poder y riqueza globales y locales, que acepta el intervencionismo yanqui, es también consecuencia de lo sembrado por la dictadura.

 

Por lo tanto, en esta descripción autorreferencial me propongo transmitir cómo la dictadura, desde 1976 a 1983, fue penetrando mentes y espíritus, determinando conductas, que nos llevaron a que se consienta este presente desolador.

 

-     Un cuarto motivo del enfoque de esta publicación es poner al descubierto cómo la dictadura contó con adhesiones de fuerzas políticas, de dirigencias gremiales y sociales, de referentes e intelectuales, de figuras muy públicas que hoy posan como adalides de la lucha por la vigencia de los derechos humanos o que gozan de predicamento y fama mientras ocultan y se oculta su apoyo a la dictadura cuando no su complicidad.

No haré nombres: la lectora y el lector, si se informan, pueden llegar a saber de qué y de quiénes se trata.

 

Casi dos años antes de aquel fatídico 24 de marzo, había muerto Perón cuyo retorno fue el logro más trascendente de las luchas populares iniciadas con su derrocamiento en 1955.

 

Con la muerte de Perón, la Argentina y nuestro pueblo se quedaron sin conducción política.

 

No tendría que haber sido así: tendríamos que haber contado con una conducción que lo reemplazara, pero eso no sucedió por razones de las que no me ocuparé acá.

 

 

Esa muerte generó no solamente congoja en las mayorías sino también desazón y desorientación por un contexto, el de esos 70, de gran convulsión, violento y amenazante.

 

Debo decir que fui testigo de cómo celebraban la muerte de Perón, detrás de escena, muchos que en público se mostraban como sus fieles.

Había entre esos quienes habían deseado esa muerte y, más aún, quienes se proponían causarla.

 

Esa muerte en ese contexto precipitó la decisión de las fuerzas armadas, de los factores locales de poder y de su amo, el país yanqui, de poner en marcha el golpe.

 

La definición de Perón y del peronismo fundacional como enemigo, tanto a nivel local como global por parte de los yanquis, era de una claridad incontrastable.

 

 

 

La dictadura se instaura con un propósito principalísimo: acabar con el Pueblo argentino, lo cual implicaba aniquilar hasta el último vestigio al peronismo, a la izquierda combativa y, también, a la Política misma, al mismo tiempo que implementar el saqueo y la entrega de nuestro país.

 

Más allá de la economía, desindustrializar servía a los fines de acabar con los trabajadores organizados, controlar de modo absoluto universidades y colegios, servía a los fines de acabar con el movimiento estudiantil y docente.  

 

La dictadura fue la instauración de un régimen de Terror antinacional, antipopular y antipolítica.

 

Más aún, antilatinoamericano, lo cual se le facilitaba porque, justamente, en coincidencia con el retorno definitivo de Perón, en Chile y en Uruguay se habían establecido dictaduras también sanguinarias que se habían sumado a todas las que ya regían en Sudamérica, salvo Colombia y Venezuela, y en países de América Central.

 

Yo inicié mi militancia política en la izquierda a la misma edad en la que empecé a trabajar: a los doce años, cursando el último grado de la escuela primaria.

Me sumé entonces a la lucha por la enseñanza pública, laica y gratuita. Jamás dejé de militar.

 

Todavía adolescente, fui encarcelado, torturado, procesado y condenado por obra y gracia del gobierno radical encabezado por Illia: el golpe del 66 liderado por Onganía me encontró en prisión amenazado por la probabilidad de fusilamiento.

 

Me habían cazado junto con una compañera y un compañero cuando nos dirigíamos a un acto de la Facultad de Cs. Exactas UBA para manifestarnos en contra de la invasión yanqui a Vietnam.

 

Como se ve, siempre los yanquis.

 

Cuando luego de un año salí en libertad, la UBA me expulsó como estudiante de la Facultad de Medicina, el único militante estudiantil expulsado.

Cuento de paso que mi madre, una mujer trabajadora, humilde y digna organizó un grupo de sus pares para reclamar por mi libertad y la de los presos políticos de entonces en Plaza de Mayo y en Tribunales.

 

Expulsado, a posteriori de mi salida de prisión, de Medicina UBA, finalmente me inscribí en la carrera de Psicología, Facultad de Filosofía y Letras UBA, en donde continué con mi militancia organizando al movimiento estudiantil y sumándome al peronismo aun incipiente en las universidades.

 

Ya en los 70, junto con quien sería luego mi esposa, fundé la Juventud Universitaria Peronista (JUP) de Psicología, lo cual aconteció después de recibir por primera vez a Perón.

 

Así que viví intensamente el período previo y las vísperas del golpe atroz.

 

 

 

Algo que jamás olvidaré, mientras conserve lucidez, cómo en soledad advertía con desesperación a compañeras y compañeros, amigas y amigos, de que debíamos sostener el gobierno constitucional presidido por Isabel Perón porque era muy alto el riesgo de golpe y yo intuía que esta vez no se iba a tratar de una dictadura como las previas, que aunque fuertemente represivas y hasta fusiladoras, no llegaron a tener la disposición y preparación para el exterminio que caracterizaría a la que se nos venía encima.

Mis compañeras y compañeros no querían escucharme pese al cariño y respeto que me profesaban.

 

Ya la gestión de Ivanisevich y Ottalagano, en plena era Triple A, había clausurado las carreras de Sociología y Psicología por considerarlas “nidos de la subversión”, expresión que se haría cotidiana de ahí en adelante como justificación de los peores atropellos.

 

 

La junta militar del 24 de marzo, integrada por Videla, Massera y Agosti, era un dechado de brutalidad, brutalidad que compartirían sus mandos subordinados.

 

Eran brutos en toda la acepción de la palabra, aunque Massera, marino forjado en la tradición británica, tuviera pretensiones de refinamiento.

 

En el madrugón del 24 de marzo, luego de escuchar el ya transcripto comunicado n°1, Radio Nacional, intervenida, informa sobre la detención de Isabel, ya concretada horas antes, a la una de la mañana.

 

A partir de ese momento, nuestra vida cambió abruptamente.

 

Nuevamente, vuelta a la clandestinidad o la semiclandestinidad, un modo de vida que insumió varias décadas de mi existencia.

 

 

 

Esperábamos a nuestra primera hija en medio de tanto espanto.

 

No podíamos exiliarnos porque yo no contaba con pasaporte ni podía tramitarlo por mis antecedentes judiciales y policiales, como ex preso político.

 

Nuestras compañeras y compañeros pasaban por lo mismo y nada podíamos hacer por todos nosotros.

 

La noche más oscura había caído sobre nosotros.

 

En apenas días comenzamos a saber de las desapariciones, incluyendo compañeras y compañeros muy cercanas y cercanos.

 

Mi madre nos venía ver con frecuencia: en una de esas ocasiones advirtió a personas extrañas en la vereda de enfrente de nuestro domicilio.

 

Cuando se hizo de día buscamos refugio, lo cual hicimos durante algunas semanas.

 

De vuelta en nuestro departamento, empacamos libros y publicaciones censuradas y las llevamos para resguardar a casas de familiares exentas de sospecha.

 

Uno de mis trabajos era como docente de la materia “Dinámica de grupos” en la carrera de Psicología de la UNLP.

 

El 31 de marzo la gestión de la dictadura nos echó.

 

Las peores versiones circulaban y atemorizaban a lo que se sumaba la opinión de la masa, siempre amorfa y minúscula, apoyando el accionar de la dictadura con la detestable justificación: “algo habrán hecho”.

 

Noticias de compañeras y compañeros caídas o caídos en combates inventados o desaparecidas y desaparecidos nos llegaban todo el tiempo.

 

Amigas y amigos emigraban para salvar sus vidas; otros lo hacían en carácter de exiliados.

 

Así vivíamos.

Como concurrente, sin cobrar un peso y sin nombramiento, me venía desempeñando como psicólogo en el Servicio de Psicopatología del Hospital Pirovano.

 

Entre los pacientes que atendía teníamos a un adolescente que concurría acompañado por su madre, una mujer atormentada.

 

Una mañana irrumpió en el consultorio quien dijo ser su esposo y quien se dio a conocer como custodio de Videla: su aspecto, su portafolios y el acompañamiento de tres matones validaban su presentación.

 

Discutió con nosotros con el fin de que diéramos por concluido el tratamiento y zanjó la cosa llevándose a esposa e hijo, vaya a saber cómo y adónde.

 

Ya avanzado el año 76 la dictadura dispuso el cierre del Servicio por tratarse de ¿qué?... Un “nido de la subversión”.

 

Seguían llegando noticias de más asesinatos y desapariciones.

 

También trabajaba atendiendo mi consultorio.

 

Un día, una paciente me cuenta que, al esposo, que no tenía ninguna actividad política y que se desempeñaba como docente muy bien pago, había sido amenazado por esbirros de la dictadura para que renunciara a su puesto porque éste era codiciado por un oficial del ejército para su hijo.

 

Me costó mucho esfuerzo convencer primero y ayudar después a mi paciente y a su esposo para que se fugaran del país de inmediato.

 

Las calles eran controladas milímetro a milímetro, las inspecciones en medios de transporte eran a toda hora a lo cual se agregaban los pedidos de documentación para dejar circular mientras se veían a los Falcon verde desplazarse con tipos de catadura repulsiva e intimidante provistos de sus armas largas. Portar barba convertía a alguien automáticamente en sospechoso.

 

Gracias a una amiga de mí y de la decana de la Unidad Académica de Psicología de la Universidad del Salvador, desde 1975 me desempeñaba como docente y secretario académico de esa facultad.

 

Avanzado el año, mi madre me cuenta que su madre y su padre, muy ancianos, habían recibido la invasión de una patota policial que me buscaba.

 

La Policía Federal tenia de mí el domicilio de mis abuelos porque era en donde yo vivía cuando me habían encarcelado en 1976.

 

No sé aún cómo tenían la información de mi trabajo en la Universidad del Salvador.

 

Lo cierto es que, al llegar una tarde a mi oficina, los empleados me informan que habían preguntado por mí oficiales de la Policía Federal.

 

De nuevo a guardarme por un tiempo hasta que supusimos que la casa había amainado.

Así se vivía, así vivíamos quienes sobrevivimos.

Porque de eso se trata: quienes hoy vivimos somos sobrevivientes.

 

En ese año 1976 viene al mundo mi hija mayor; dos años después su hermanita.

 

Nacieron bajo el régimen del Terror y eso, aunque más inconsciente que conscientemente, las marcó a fuego, dejando en ambas huellas propias de las situaciones traumáticas tempranas.

 

Respirábamos el aire cargado de las amenazas: desaparecer era una posibilidad cierta.

 

Ya con ambas nenas, cerca del fin de la dictadura, una patrulla policial nos detiene cuando circulábamos en nuestro auto y nos interroga en la calle a mi esposa y a mí, con nuestras hijas presenciando.

 

Finalmente, nos dejaron seguir; no nos estaban buscando, sino que era una requisitoria de rutina.

 

Un tiempo antes, el auto en el que íbamos se detuvo un minuto, por una causa mecánica mínima, en avenida Lugones a la altura de la ESMA: desde allí escuchamos gritos de milicos intimándonos a seguir mientras disparaban al aire.

Logré que el auto arrancara y continuamos respirando.

 

A fines de 1976 nuestra situación económica se había tornado difícil.

 

Un compañero y amigo me recomienda a una agencia de investigación de mercado líder para desempeñarme en lo que entonces se denominaba “psicólogo motivacional”.

 

Pronto logré respeto y valoración en ese lugar, en el cual comienzo a desarrollar mi creación, el Método Vincular, con el cual fundé toda una ciencia.

 

Esa creación tuvo un valor trascendental y logró gran reconocimiento: lo que la dictadura y sus secuaces, infiltrados o desempeñándose como altos ejecutivos en organizaciones diversas y en los ámbitos académicos no podían advertir, era que el Vincular se trató de una barrera importante para frenar la penetración cultural yanqui; finalmente, digo con dolor, esta penetración gracias a los gobiernos civiles de 1983 en adelante, especialmente el menemismo, los yanquis me ganaron la partida.

También a eso sobreviví.

 

Desde 1976 y durante esos años, en las direcciones de las organizaciones abundaban militares retirados y familiares de milicos.

Ingresar a edificios de muchas instituciones y empresas implicaban requisas.

 

En 1977 esa agencia de investigación de mercado es allanada por la policía: ejecutivos de una gran empresa líder nos habían denunciado por el contenido de un informe elaborado por mí.

 

Meses después los socios de la agencia se pelean literalmente a muerte por desavenencias económicas: se amenazaron mutuamente con enviarse grupos de tareas de los milicos aprovechando sus vínculos con funcionarios gubernamentales.

Reitero, así se vivía: bajo amenaza, bajo persecución, bajo el régimen del Terror.

 

Mientras tanto, con compañeras y compañeros seguíamos conteniendo, debatiendo acerca de qué hacer, intentando movilizarnos.

 

El mundial de fútbol de 1978, pese a que la dictadura intentó aprovecharlo para su beneficio, generó, por un lado, una fuerte movilización popular, algo que estaba prohibido pero que no pudieron evitar por la masividad.

Por otro lado se dio la fuerte puja entre un humorista, Caloi con su personaje, Clemente, y el relator radial de fútbol, José María Muñoz, entregado al servicio de la junta militar por los papelitos que se arrojaban, con finalidad celebratoria, desde las tribunas de los estadios. Clemente a favor de los papelitos y Muñoz enfáticamente en contra por considerarlo atentatorio contra el orden.

Ganó Clemente, las tribunas pudieron más que el relator chupamedias.

En gran medida ese Mundial terminó siendo un tiro por la culata para los dictadores: los periodistas de los medios internacionales se enteraron de las desapariciones y asesinatos masivos.

Toda Europa se enteraría de inmediato de las atrocidades que acá acontecían.

 

Por otra parte, en los medios gráficos, radiales y televisión el régimen hacía su tenaz propaganda: a diario se informaba sobre lo que acontecía en regimientos y batallones, mientras se ocultaba la información política y cultural, además de la internacional.

Estaban prohibidos libros, programas de televisión, películas extranjeras no yanquis.

No se permitían recitales ni eventos públicos. 

Obviamente toda actividad política estaba prohibida y la CGT y los sindicatos estaban intervenidos.

Copn la guerra de Malvinas, hubo cambios significativos: se favoreció la música nacional, se empezaron a permitir eventos públicos, se liberalizó hasta cierto punto, pero finalmente ocurrió la rendición y la depresión colectiva por consiguiente, dejando en la conciencia y el alma de la población que nuestro destino es el de someter y acatar. 

Figuras francamente deleznables de la farándula y de los medios eran protagonistas, como Neustadt entre otras y otros, otras y otros que inclusive hoy llenan las pantallas o publican columnas sin haber recibido la más mínima condena social: por el contrario, son mimadas y mimados por los medios  y las dirigencias de hoy, inclusive kirchneristas, progresistas o de izquierda.

Esa es una de las maneras en que la dictadura subsiste y nos obliga a quienes nos mantuvimos leales a nuestra lucha a tragar tanto sapo.

 

A todo esto, toda esa represión, esa censura y esa propaganda funesta iban haciéndose carne en la masa y en gran parte de dirigentes, intelectuales, periodistas y referentes de todas las ideologías y pertenencias.

Se hicieron carne creencias que parecen inamovibles como las de que la Argentina tiene que aceptar pasivamente su condición país atrasado, pobre y dependiente o sometido, de que hay que conformarse con poco, de que estupidizarse es saludable, que encerrarse endogámicamente es lo recomendable y de que el castigo y el sufrimiento redimen.

Para un luchador como yo eso es muy difícil de sobrellevar y afrontar: sigo batallando pero los costos son elevadísimos.

 

La dictadura consagró a la masa o la “mayoría silenciosa” en detrimento del Pueblo, forzó a que se respete un institucionalismo vacuo, creó las condiciones para la extinción del Peronismo y el legado de Perón al punto de que nadie, salvo quien esto escribe y alguien más, se tenga en cuenta su Proyecto Nacional según el Modelo Argentino, generó las circunstancias para que hoy se considere peronismo a engendros embaucadores y destruyó la Política como tal.

Todo eso que la dictadura sembró lo viví en vivo y en directo, viví cómo la dictadura destruía a la Argentina en sus bases mismas y promovía la sujeción a un orden continental manejado desde el país yanqui y su tenebrosa Escuela de las Américas; viví también cómo la propaganda descomunal de ese país, el más deshumanizante y belicista del planeta y de la Historia nos penetraba a través de sus series televisivas, su cine, su literatura, su música, sus medios y la prédica de sus usinas ideológicas disfrazadas de universidades con reputación con Harvard, Stanford, Princeton, MIT y Yale a la cabeza.

La dictadura también dejó sucesores de sus patotas y “grupos de tareas”: violentos de género y feminicidas, gatillo fácil, secuestradores, barrabravas, patoteros y patovicas, nueva criminalidad francamente sanguinaria, abusadores y maltratadores de toda laya y, destacadamente hoy, la horda que encaramó a la fratria Milei y sus acompañantes.

 

Este 24 de marzo de 2026, a cincuenta años de la instauración del régimen del Terror, el Pueblo nuevamente repudiará tal régimen.

El Pueblo y solamente el Pueblo, el Pueblo en soledad.

 

Quede claro que la masa no es el Pueblo, quede claro que el que apoya y vota al gobierno libertario no solamente no forma parte del pueblo, sino que tampoco merece el respeto que sólo debe destinarse a quienes nos comprometemos de verdad con la Argentina, con la Patria Grande, con los pueblos oprimidos del planeta y, en particular, con el nuestro y con las trabajadoras y los trabajadores, con jubiladas y jubilados, con discapacitadas y discapacitados.

 

Este 24 de marzo el Pueblo se hará escuchar con fuerza mientras maduran las condiciones para que, nuevamente, haga tronar el escarmiento.

 

Rubén Rojas Breu

Trabajador, activista y dirigente político desde 1958

Docente universitario de grado y de posgrado desde 1969 en UBA y otras universidades públicas y privadas de la Argentina

Lic. en Psicología UBA, 1973

Científico e investigador social desde 1974

Autor del Método Vincular, de aplicación en los campos social, político y mercado, desde 1980 con libros y artículos publicados

Autor de teorías sobre Política

 

Buenos Aires, marzo 24 de 2026

 

 

 

 

 


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