domingo, 7 de junio de 2026

¿ALGUIEN ESCUCHA AL PUEBLO ARGENTINO?

 



 

Rubén Rojas Breu

 

¿ALGUIEN ESCUCHA AL PUEBLO ARGENTINO?

 

Respuesta: sí y no.

 

Veamos el porqué de esta respuesta dual.

 

porque hay, ninguneadas y ninguneados, que escuchan al Pueblo argentino.

 

Por supuesto la Historia registra destacadísimas figuras públicas que han escuchado a nuestro Pueblo: Belgrano, San Martín, Perón, Azurduy, Evita sobresalen entre los nombres más resonantes y, junto con ellas y ellos cientos de nombres y de organizaciones como las que representaron nuestros próceres de la Independencia y, ya en el siglo pasado, el peronismo fundacional.

En el presente, reitero, hay quienes escuchan y entre estos “quiénes” me ubico sin la menor intención de alarde.

 

Nací y me crie de niño y adolescente en un hogar muy humilde de toda humildad y politizado, mi infancia transcurrió durante los dos primeros gobiernos presididos por Perón, comencé a laburar al mismo tiempo que inicié mi militancia política, cuando aún cursaba a escuela primaria.

Jamás abandoné la actividad política, la militancia, también ocupando posiciones dirigenciales en el más alto nivel; claro que, siempre cultivando el perfil bajo y la discreción, por propia decisión o por determinación de otros.

 

Además, desde mi egreso de la UBA me desempeñé como investigador social y, gracias a tal ejercicio, creé el Método Vincular cuyo objeto es la interacción en todas las áreas de la vida, particularmente la Política.

Téngase en cuenta, además, que pasé décadas en la clandestinidad lo cual lleva a hacer de la vida de uno una existencia “en las sombras”.

 

Esta somera descripción autorreferencial es a los efectos de certificar que para escuchar e interpretar al Pueblo se requiere de formación, trayectoria, conocimientos, producción y compromiso.

 

Todo eso hizo que pueda escuchar e interpretar a mi Pueblo hasta en sus más íntimas fibras, en sus más sordos latidos, en sus más escondidos anhelos.

 

Aprendí, de tal manera, a “escuchar crecer la hierba”, habilidad que la mitología nórdica atribuía al dios Heimdall y que interpreto como la capacidad para registrar los sufrimientos y las expectativas silenciosas del Pueblo, detectando los movimientos y anhelos subterráneos, inconscientes, que procuran ser canalizados y conducidos hacia la emancipación y realización.

 

En los tiempos que corren es difícil encontrar a quienes escuchen al Pueblo argentino, salvo, como anticipé, ninguneadas y ninguneados que suelen movilizarse y lo que señalé en el comentario autorreferencial que espero sea tolerado y, ojalá, entendido.

 

Indudablemente hay científicos y artistas que escuchan al Pueblo.

 

Justamente en este momento, entre triste y celebratorio para gran parte de la población, acontece el fallecimiento del Indio Solari.

 

Más allá de las virtudes que se le reconocen como compositor, músico y poeta es de interés en el marco de esta publicación su significado como suceso de masas.

 

Según Freud en su texto “Psicología de las masas y análisis del Yo”, reinterpretado según mis propias investigaciones y producciones, el miembro de la masa renuncia a su Ideal de sí para sustituirlo por una figura con la cual se identifica según determinado rasgo o determinados rasgos.

 

La consecuencia es que tal identificación fundante lleva a la fraternidad entre los identificados generando la masa: o sea, ésta se constituye sobre la base de una identificación en común con alguien que es erigido como líder o como ídolo.

 

Esa depositación en el ídolo libera a cada miembro de la masa de la angustia causada por la distancia entre sus posibilidades, su Yo y las exigencias que el Ideal le impone.

 

En el caso del Indio Solari esa identificación procede gracias, precisamente, a que éste escuchaba y procesaba tal escucha en mensajes contenedores y esperanzadores generando fuerte sentimiento de fraternidad y propiciando la catarsis colectiva.

 

 

El Indio Solari evitó incursionar en los medios y la fama que se obtiene a través de éstos, impulsando una suerte de oposición entre lo mediático y el anonimato.  

 

El rasgo que une íntimamente y da lugar a la identificación entre Solari y los seguidores es algo que está en los genes de las mayorías de nuestro país: fraternidad entre los anónimos o, lo que es lo mismo, la solidaridad entre quienes carecen del reconocimiento que da la celebridad y que, por lo contrario, son ignorados por las castas, por las élites, por los intelectuales, por los medios, por las farándulas y, también, por dirigencias y gobernantes desde el inicio de la dictadura terrorista de estado y los gobiernos civiles que la sucedieron.

 

Lo interesante de lo descrito no es la presencia indiscutible de esa escucha de la que se hacía cargo el artista, sino la ausencia de la escucha por parte de quienes ocupan las posiciones dirigenciales de una Argentina agobiada, una Argentina en decadencia que amenaza ser irreversible.

 

De esa ausencia de escucha se trata acá.

 

La derecha, la ultraderecha y, particularmente, el actual gobierno libertario, no escuchan.

 

Ahora bien, no escuchar es propio de tal derecha, ultraderecha y el gobierno antipopular y antinacional.

No escuchar hace a su identidad.

 

La fratria Milei y la horda que los sostiene asumen activamente la no escucha.

 

Más aún, hacer oídos sordos es tomado por tales como un mérito y les vale para contar con el aval de los concentradores de poder y de riqueza locales y globales.

 

No escuchar al Pueblo es condición de su existencia.

 

De tal manera y acorde con lo que sucede día tras día, no atienden reclamos de ninguna índole y seguirán haciéndolo de modo que las movidas crecientes en busca de reivindicaciones que hacen inclusive a la subsistencia, no serán atendidas.

 

Por lo tanto, el Pueblo tiene que buscar por otro lado, tiene que construir el camino que lleve a satisfacer sus justísimas demandas por otros medios.

 

El Indio Solari cumplió con su rol y sus convicciones con los alcances de un artista que, por definición, no son los que le corresponden a él ya que es tarea de la Política.

 

Un artista puede revelar lo socialmente subyacente, “oír crecer la hierba”, propiciar la catarsis, canalizar inquietudes, compartir padecimientos, solidarizarse, pero no está dentro de sus funciones o de su misión, conducir.

 

Conducir es una función de la Política.

 

Esto nos lleva a lo que sucede con las dirigencias políticas y sectoriales que se autodefinen como nacionales y populares o representativas de la clase obrera, como, por ejemplo, el kirchnerismo y otras variantes del seudo peronismo, el progresismo, la izquierda genérica y la izquierda clasista.

 

La respuesta, frustrante, por cierto, es que tampoco escuchan.

No escuchan.

 

No escuchan esas facciones finalmente politiqueras ni, obviamente, tampoco lo hacen sus más notorias o notorios referentes como Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof o Myriam Bregman.

 

Tampoco sus más renombrados intelectuales escuchan.

 

En definitiva, nadie de ellas ni de ellos ni sus organizaciones “escuchan crecer la hierba”.

 

Esas agrupaciones y tales referentes se agarran ahora de la repercusión generada por el fallecimiento del admirado artista con lo cual ponen en evidencia que no conducen, ni siquiera lideran.

 

El Pueblo clama por poner término al gobierno libertario pero tales facciones optan por el ficticio institucionalismo y por un desenfrenado electoralismo posponiendo para un lejanísimo e improbable 2027 la salida, incierta y precaria.

 

No escuchan, no atienden a las crecientes movilizaciones, huelgas, manifestaciones de toda índole prefiriendo oír a los medios de comunicación masivos, a las empresas encuestadoras y a las redes virtuales.

 

El Pueblo clama por su emancipación y por su realización lo cual implica hacer de la Argentina una potencia plenamente soberana, justa y desarrollada pero tales actores de la politiquería se quedan con una agenda mediocre, de corto alcance y ciertamente influida o condicionada por los poderosos de acá y de afuera.

 

Que el Indio Solari parta de este mundo con tamaña y merecida adhesión colectiva, revela el amor que se le profesa y, simultáneamente, que las dirigencias no escuchan; él oía lo que estas últimas desoyen.

 

Tanto desoyen que, con la pérdida, se ponen en la fila de los dolientes en lugar de ubicarse a la cabeza del Pueblo, con un Proyecto, convocando y organizando  para acabar de cuajo con este estado de cosas.

 

No estoy negando su derecho a la pena y al duelo, lo cual pueden vivir enteramente, sino llamándolos a cumplir con su obligación de conducir.

 

Véase hasta qué punto no escuchan que ni esas dirigencias, ni esos intelectuales y referentes, ni los medios ni las empresas encuestadoras registraron jamás la dimensión de la penetración de Solari en la población.

 

Por lo tanto, resumiendo:

 

El gobierno despótico libertario, lacayo de los grandes poderes, así como toda la derecha hacen de la no escucha una fe, un patrón de conducta.

 

La oposición se engaña y engaña, simula escuchar, cuando, en rigor, ignora al Pueblo, lo ningunea y hasta termina operando en su contra y facilitando al gobierno declaradamente antipopular y antinacional su accionar nefasto.  

 

De tal manera, el Pueblo tiene que construir su propia escucha, requisito para llenar cuanto antes un vacío crucial: el de la Conducción.

 

 

Rubén Rojas Breu

Trabajador, activista y dirigente político desde 1958

Docente universitario de grado y de posgrado desde 1969 en UBA y otras universidades públicas y privadas de la Argentina

Lic. en Psicología UBA, 1973

Científico e investigador social desde 1974

Autor del Método Vincular, de aplicación en los campos social, político y mercado, desde 1980 con libros y artículos publicados

Autor de teorías sobre Política

 

Buenos Aires, junio 7 de 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 3 de junio de 2026

LOS FEMINICIDIOS COMO CUESTIÓN DE ESTADO

 


Rubén Rojas Breu

 

LOS FEMINICIDIOS COMO CUESTIÓN DE ESTADO

 

Introducción aclaratoria

El articulo que a continuación vuelvo a poner a disposición data de febrero de 2021.

Fue escrito en ocasión del feminicidio del cual fue víctima la joven Úrsula Bahillo a manos de un integrante de la Policía Bonaerense.

El intento de tal texto fue el de enfocar sociológicamente, sistémica y relacionalmente, a los femicidios y/o feminicidios, atento esto último a la categorización vigente.

Si bien, como toda publicación que aborde este flagelo jamás, desgraciadamente, pierde actualidad, hoy vale llamar nuevamente la atención sobre ella, sobre esta publicación, dado el femicidio del que fue víctima la adolescente cordobesa Agostina que sufrió engaño, secuestro, abuso y tormento que culminaron en el desgarrador suceso con vejación, profanación y desmembramiento de su cuerpo, suceso que afecta para siempre de la más cruel de las maneras, a su madre, familiares, amigas y amigos, su entorno y que tan justificadamente conmocionó a la mayoría de las argentinas y de los argentinos.

A diferencia del que trato en el artículo, femicidio cometido en 2021, éste fue llevado a cabo en el marco de una Argentina gobernada por la horda libertaria encabezada por la fratria Milei que cuenta con el apoyo desembozado de la sempiterna oligarquía criolla y de las grandes corporaciones globales y locales.

El gobierno autocrático libertario, a través del hermano Milei, de sus voceros, de sus ideólogos y de sus partidarios dan fe, en la palabra y en la acción, de violencia contra las mujeres al mismo tiempo que contra niñas, niños, adolescentes, discapacitadas, discapacitados, ancianas y ancianos, pobres e indigentes. Más brutalidad, más crueldad no se puede pedir.

Las diatribas de Milei, de sus esbirros de sus periodistas, propias de una brutalidad de las cavernas, de facinerosos y de psicópatas en su peor versión, generan las condiciones para que actos tan deleznables como el femicidio, así como maltrato físico y psíquico, abuso y violaciones, hostigamiento e injusticia en ámbitos laborales, falta de reconocimiento en todas las áreas sean moneda corriente que se llevan a cabo contra las mujeres.  

En particular predican y llevan a cabo toda una campaña contra las mujeres, contra la igualdad de género y contra la diversidad de género, llegando al ensañamiento y al fanatismo.

Actualizan estos gobernantes, sus secuaces y sus patrocinantes lo más ancestral y retrógrado de la Humanidad: lo que Darwin y Freud identificaron como la horda primitiva, una configuración patriarcal en la cual el jefe supremo era poseedor de todas las mujeres hasta ser asesinado y canibalizado por los hijos que pasan a adueñarse de ellas, dando lugar al machismo desaforado.

Esa configuración a través de los milenios se mantuvo a través de identificaciones transgeneracionales encontrando hoy, en gran parte del planeta, las condiciones para resurgir de la mano de la ultraderecha.

Ese resurgimiento de lo más indeseable alcanza un nivel sumamente inquietante entre los varones jóvenes que se conducen como si no hubieran nacido de una madre.

Ese resurgimiento es palpable en un alto porcentaje de votantes y de simpatizantes de la fratria Milei y la horda que los encaramó.

Una muestra que da hoy el gobierno de lo antedicho salió de boca de la ministra de Seguridad al reclamar ésta “la verdad completa”, reclamo que se asocia con la excusa monstruosa de que “la víctima algo habrá hecho”.

Justamente ese reclamo y esa excusa fueron acuñadas y utilizadas por los ex generalotes de la dictadura terrorista de estado y difundidas y vociferadas por sus sostenedores y por gran parte de la masa, ese aglomerado amorfo que toma partido por el sometimiento en contra del Pueblo.

Por la boca de la ministra, entonces, volvieron a hablar Videla, Massera, Agosti, Martínez de Hoz y compañía, los periodistas que los apoyaban y los poderosos de acá que los patrocinaban; también, cuando no, los yanquis, de quienes este gobierno se asume como lacayo.

 

En el femicidio del que fue víctima Agostina confluye, como sucede con todo femicidio y/o feminicidio:

Un brazo ejecutor, generalmente un psicópata decididamente criminal

El Estado revelándose en este caso con diáfana claridad que interviene activamente:

En primer lugar, al consentir, favorecer con privilegios o avalar al criminal.

El asesino de Agostina fue empleado municipal, barrabrava tolerado por su club, apadrinado por politiqueros; el asesino de Úrsula era policía de la Bonaerense.

El asesino de Agostina había sido liberado por un fiscal innombrable en ocasión de haber cometido privación ilegal de la libertad, abuso y vejación sobre una joven y tenía otros antecedentes de similar tenor.

De modo que gobiernos y politiqueros, jueces, fiscales y abogados están comprometidos.

 

En segundo lugar, al demorarse los responsables de las Policías y del Poder Judicial en tomar las denuncias, en llevar a cabo la búsqueda, en poner en marcha el alerta Sofía en el caso de una niña y en investigar; además se investiga insuficientemente o mal y también se aplica de manera poco rigurosa la ley.

 

 

Vuelvo a llamar la atención sobre este artículo este día en el que las mujeres se movilizan, nuevamente, con la consigna “NI UNA MENOS”

 

A continuación, el artículo que, reitero, data de febrero de 2021, sin cambiar ni una coma.

 

Los feminicidios como cuestión de estado

 

 

 

El femicidio del cual fue víctima Úrsula Bahillo, una jovencita de la ciudad de Rojas, Provincia de Buenos Aires, alcanzó una repercusión equivalente a los asesinatos más resonantes de tal tipo.

Todos los feminicidios, obviamente, son idénticamente conmovedores para quienes tenemos sensibilidad y empatía, para quienes militamos decididamente por la igualdad de género o de géneros, por los derechos y el bienestar de los humanos y muy particularmente por los de los más expuestos: mujeres, niñas, niños, adolescentes, ancianos, pobres, desocupados.

Todos los feminicidios son equivalentemente horrorosos, espeluznantes, aterradores, considerando que consisten en la eliminación de una mujer por ser mujer.

En la Argentina estamos afrontando un número escalofriante de tal tipo de asesinatos, una curva en ascenso de tal índole de crímenes que a esta altura adquieren el carácter de lesa humanidad en la medida que devienen un ataque generalizado contra una población civil, basándonos en la definición de la ONU acerca de qué entender, justamente, por “crímenes de lesa humanidad”. Para esta organización internacional, además, los derechos de la mujer son básicos para garantizar el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Para destacar la gravedad de lo que estamos afrontando tengamos en cuenta que el feminicidio es, al mismo tiempo:

el acto terminal de una serie de comportamientos que el criminal ejerce contra la mujer, es el final espantoso de una escalada que incluye el golpe, el insulto, la descalificación, el abuso, la violación, el forzamiento, la amenaza hacia la víctima y sus familiares, a menudo sus hijas e hijos,

una conducta que se da en un el marco de sociedades en las cuales, por cada mujer asesinada, otras cientos o miles son simultáneamente, a cada minuto, maltratadas en las más variadas formas, con los más deleznables procederes y en los más variados ámbitos (hogar, lugares de trabajo, etc.).

De tal manera, cada feminicidio es lo que salta a la percepción, es apenas la porción visible de un témpano que se desplaza devastando frenéticamente.

Con lo antedicho alcanza para calificar a la ola de feminicidios en la Argentina como una cuestión de Estado.

Una cuestión de Estado a la manera en que lo es el Plan de Exterminio llevado a cabo por la dictadura cívico militar clerical genocida de 1976-83, antecedida por las acciones criminales de la tenebrosa Triple A.

Hay un hilo común entre la Triple A con sus cientos de secuestrados, torturados y muertos, la dictadura con sus treinta mil desaparecidos, las acciones represivas criminales bajo gobiernos civiles con víctimas tales como Miguel Bru, Teresa Rodríguez, Carlos Fuentealba, Jorge Julio López, José Luis Cabezas, Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y tantas y tantos más.

El feminicidio de Úrsula alcanza tanta repercusión no porque sea un feminicidio diferente o un feminicidio más criminal que cualquier otro asesinato de tal índole. No es sustancialmente distinto de los cuarenta y cuatro ya constatados para los primeros cuarenta días del año 2021, con un promedio de más de uno diario.

La repercusión del feminicidio de Úrsula se debe a que condensa con meridiana claridad, de un modo estruendoso, la concurrencia de múltiples actores y factores, concurrencia en la que por igual se dan la acción y la omisión, el comportamiento criminal y la complicidad, el patriarcalismo tan propio de lo oligárquico y la actitud sumisa de poblaciones.

Mucho hay elaborado acerca de los feminicidios y de los feminicidas, acerca de la violencia de género y de los violentos. Abundan las clasificaciones y está claro además que hay feminicidios y feminicidios, así como víctimas y victimarios diferentes: ningún feminicidio es idéntico a otro, ninguna víctima es idéntica a otra, ningún victimario es idéntico a otro. En todo caso, la ciencia o el conocimiento especializado, como con las más diversas problemáticas, busca regularidades, establece similitudes y bucea en rasgos comunes a fin de tornarlo objeto de estudio con el fin de afrontar los feminicidios para prevenir, juzgar, castigar.

Así como Durkheim tomó al suicidio como un “hecho sociológico” al cual interpretar justamente en función de lo social, mi enfoque en este artículo es el de encarar al feminicidio como una acción que va más allá del feminicida, de cada feminicida en particular.

Así visto, dada la marea apabullante de crímenes de tal tipo, entiendo que hay que ver al feminicidio como una conducta que canaliza de un modo atroz una corriente social que se expresa a través de su cometido.

Esto no significa de ninguna manera restar responsabilidad al feminicida, a cada feminicida, sobre el cual debe caer todo el peso de la Ley, de las leyes, con los castigos consiguientes, con la condena que corresponde sin miramientos de ninguna índole ni las concesiones a las que son propensos los benevolentes con quienes detentan algún tipo de poder por minúsculo que éste sea. Hay que ver que muchos feminicidas pertenecen a los sectores privilegiados, gozan de fama o son miembros de élites y castas.

Volviendo al asesinato de Úrsula, señalo más arriba que el mismo condensa todos los componentes de lo social, todos los actores, sectores y factores que puedan concebirse, determinarse o enunciarse:

 

escalada en el maltrato de la víctima por parte del criminal hasta el irreversible acto final, con antecedentes de violencia contra mujeres y hasta niñas en la historia o prontuario del asesino,

amenaza y extorsión de la víctima con el fin de que silencie su dramática situación,

silencio de entornos, desde familia del criminal hasta vecindarios y, en este caso, de parte de la población de una localidad,

denuncias llevadas a cabo por la víctima a solas y acompañada que no son tenidas en cuenta

inacción, negligencia o discriminación de quienes administran “justicia”,

oídos sordos ante la demanda desesperada o pedido de auxilio de la joven,

inutilidad de los dispositivos de prevención o restricciones como la perimetral y el botón de pánico, los cuales, curiosamente, agregan exigencia a la víctima,

desaprensión o complicidad por parte del organismo al que pertenece el criminal, en este caso la Policía Bonaerense y, particularmente, las reparticiones en las que se desempeñó, con sospechas de que se hizo uso del recurso de la “licencia psiquiátrica” para ponerlo bajo resguardo (bajo resguardo al criminal, toda una tergiversación maliciosa),

descuido, indiferencia o inclusive preservación o aval al asesino por parte de factores de poder locales y vaya a saber si de otros niveles, en una localidad en la que todos se conocen y por lo cual es impensable que no tuvieran idea o registro de lo que acontecía el intendente, los concejales, los medios, los referentes, los lugareños pudientes y poderosos, hacendados y comerciantes, hasta el párroco, etc.,

la incalificable “cohesión” social en torno a la peregrina, cómoda y negligente premisa falaz de que “son asuntos de pareja y mejor no meterse”, a menudo asociada a la sentencia rebosante de prejuicio “vaya a saber cómo es ella o qué hace ella”.

 

Me propongo pensar al feminicidio como un acto de carácter sociológico que imbrica lo social propiamente dicho, lo cultural, lo psicológico, lo político y hasta lo económico o, si se prefiere, enfocarlo como un acontecimiento antropológico con todo lo que contiene, significa verlo de un modo integral, afrontarlo con una perspectiva sistémico-relacional, superando las limitaciones que imponen el de circunscribirlo a una acción personal o interpersonal,  el de constreñirlo únicamente a un acto criminal de un varón contra una mujer.

Significa considerar al feminicidio como el acto de una especie de plan de exterminio del cual el feminicida con nombre y apellido es el sanguinario brazo ejecutor.

El Plan Cóndor, plan de exterminio llevado a cabo en Sudamérica por las dictaduras cívico militares bajo la dirección de los EEUU de Washington, plan inspirado en la doctrina Kissinger o en la funesta doctrina de la “seguridad nacional”, fue diseñado y planificado conscientemente contando con sus mandos, tácticas y fuerzas operacionales coordinadas y adiestradas para tal fin siniestro. Lo mismo aplica para el antecedente de tal plan, el más terrible de la historia de la Humanidad llevado a cabo por el nazismo.

En este caso, el de la comisión extendida de feminicidios no existe tal cosa como tal.

Pero sí cabe pensar que procede como si sí fuese un plan deliberadamente concebido e implementado.

Es como si una fuerza armada o un desatado “grupo de tareas” tipo ESMA actuara con el propósito de atemorizar y aterrorizar a las mujeres, maltratarlas en todas las formas y, finalmente, matarlas.

Esa configuración no planificada pero sí actuante de hecho es lo que subyace a esta virulencia feminicida y es tal configuración la que se percibe por parte de las mujeres potencialmente víctimas, de quienes se sienten carne con ellas y de las poblaciones en general.

Esa configuración percibida, aunque no manifiestamente constatable es la que moviliza contra los feminicidios, la que dio lugar al movimiento “Ni una menos” y la que motivó la justificable reacción de la población de Rojas.

 “Ni una menos” es un grito colectivo desesperado que denuncia que hay algo, innominado pero cierto, que ejerce el criminal oficio de matar una mujer más cada veinte horas.

Cabe interpretar que ese grito está dirigido al Estado como totalidad y a cada uno de los órganos que lo conforman, empezando por gobiernos, parlamentos y aparato judicial.

De tal manera ese grito sintoniza con mi hipótesis de que la totalidad de los feminicidas, lo ya declarados y los que están al acecho, constituyen un “ejército” de facto o un subrepticio “grupo de tareas”.

Si tal hipótesis es válida, entonces hay que investigar el porqué de ese “grupo de tareas”, investigar científicamente hablando, valiéndose de la investigación social.

Es materia asumida que el feminicida cosifica a la mujer, la rebaja a la condición de bien que se posee y sobre el cual él tiene todos los derechos para obrar a su antojo. Es también convicción generalizada y, por cierto, fundamentada que el feminicida se ampara o es avalado por el patriarcalismo, el machismo, la desigualdad, la naturalización de relaciones de poder según la cual hay quien o quienes tienen la potestad de volcar tales relaciones en su provecho hasta el punto del despotismo y quienes tienen que acatar sumisamente hasta el extremo de la humillación.

En la Argentina hace más de un año concluyó un gobierno despótico que hacía de esta última afirmación su estandarte.

Ahora bien, si la hipótesis que acá planteo, la de una fuerza armada o “grupo de tareas” que tiene por objeto reprimir a la mujer por mujer llegando a los peores extremos, manteniendo todo lo antedicho sin cambiar ni una coma, hay que ir más allá para fundamentar con toda claridad que el feminicidio debe ser considerado crimen de lesa humanidad con todo lo que implica y, por lo tanto, afrontarlo con el fin de desterrarlo: debe ser una cuestión de Estado.

Sigamos conjeturando a la búsqueda de ese porqué a investigar para ir apuntalando esta última aseveración.

Ese “grupo de tareas” aparentemente no coordinado, no conscientemente conformado, que no es instrumento voluntario de un plan diseñado, responde, sin embargo, a un designio y un programa tácitos.

Su porqué bien podría ser, en primera instancia y empezando por lo más accesible, el de obligar a las mujeres a acatar lo tradicionalmente establecido, a someterse a un régimen francamente conservador en el cual la mujer es su posesión, su esclava, su “cosa”, su dominada, su prolongación carente de toda libertad o autonomía.

En este caso, el “ejército de feminicidas” respondería a una especie de Voluntad (la asociación con el nazismo, el fascismo o el falangismo es inevitable), a una especie de voluntad superior que impone la desigualdad de género a la manera de la desigualdad de clases: el esclavista o señor y la esclava o la sierva (la remisión a Hegel, a Marx, a Engels, a la Revolución Rusa para la comprensión de esto es ineludible; también a Perón, a Eva Perón y muchos históricos dirigentes e intelectuales de los movimientos nacionales y populares).

El señor, el dominador, el poseedor, consciente de su poder se vale de la sometida, de la mujer apropiada, para que se ocupe de las cosas: él manda y ella produce y se conduce según el capricho de ese “él”.

Aunque cada feminicida pareciera seguir su propia voluntad, este análisis lleva a que, siendo culpable y criminal, es un integrante supuestamente “espontáneo e inconsciente” de una falange que tiene por “misión” mantener como sea un régimen ancestral.

Otra manera de decirlo es que la totalidad de los feminicidas actuales y potenciales actúa como una maquinaria productora en serie para los propósitos arriba mencionados.

Ese “grupo de tareas” o ese “ejército” o esa falange responde entonces a concentradores de poder, a grandes concentradores de poder para los cuales cualquier derecho, y en este caso el de las mujeres, significa una restricción o un obstáculo para incrementar su dominio.

El feminicida (o cualquier violento de género) es, entonces, al mismo tiempo, integrante de ese “ejército”, dominante sobre la mujer y servil del Amo perpetuador del régimen despótico y de la depredación voraz.

Curiosamente, el asesino de Úrsula, es policía: por lo tanto, muestra con diáfana elocuencia que es simultáneamente el que domina a quien él considera “su” mujer y el que reprime para servir incondicionalmente a ese Amo. Que sea policía lo hace más evidente, pero todo maltratador o feminicida se encuentra en ese lugar bisagra, aunque no use uniforme.

Así se va vislumbrando una causa que está en la base de los porqués sustentables ya enunciados: el ejército de violentos y feminicidas aspira al beneplácito o la recompensa del Amo para quien la mujer sólo es un útil, un utensilio sea como doméstica, sea como servidora sexual, sea como trabajadora de la industria, del campo, del sector de los servicios o del comercio o sea como esposa para el lucimiento, para exhibir a la manera de un auto de altísima gama, y para potenciar su capacidad competitiva.

La Historia de gran parte de la humanidad es en gran medida la historia del sometimiento de las mujeres, sometimiento coexistente con el de los explotados, subyugados, esclavizados por las distintas configuraciones, mutaciones incluidas, que el despotismo en su fatídica evolución fue adoptando a lo largo de los milenios.

Ahora bien, hay una Historia previa a tal Historia, lo cual destaca Rupert Graves, en que se desconocía el vínculo entre el coito heterosexual y la concepción, el embarazo. Según parece, en aquel lejano período la mujer tenía un lugar protagónico y el varón era solamente tenido en cuenta como partenaire para el placer erótico. Es la época casi prehistórica del predominio de las deidades femeninas.

Por lo tanto, el rol del varón como semental, como partícipe de la reproducción, es un descubrimiento y, por ende, un acontecimiento más cultural que biológico (que se entienda, no estoy negando lo biológico, sin lo cual no habría reproducción, sino ubicando el significado de ésta en la Cultura).

De tal manera, no es simplemente a la Naturaleza a la que hay que atribuir el rol que el varón adquiere como portador del falo o, si se prefiere, de acuerdo a ciertos desarrollos psicoanalíticos, portador del pene (en tanto el falo es enviado a lo imaginario o a lo simbólico).

No hay duda acerca de que ese descubrimiento es una de las bases que dio lugar a que el varón fuese valorizado o revalorizado otorgando a la penetración (pene-tración no sería un simple jueguito retórico) un papel determinante, cuando en rigor el coito -hetero y homosexual – supone “compenetración”: ambos integrantes de la pareja son igualmente activos, ambos, objetivamente, merecen ser reconocidos como dotados de similar poder y corresponde que ambos sean reconocidos con idéntico derecho al placer y a la consecución del mismo.

Este rodeo por la intimidad de lo erótico (me resisto a aplicar la categoría de sexualidad en humanos) es para señalar que no hay nada en la Naturaleza ni en lo biológico que indique que el varón pueda aspirar a un lugar protagónico y hasta excluyente.

Es desde la Cultura que hay que abordar la cuestión.

En la Historia más conocida, la que se extiende a lo largo de los últimos milenios en gran parte de la Humanidad (no en toda la humanidad en toda época y lugar), las configuraciones socioculturales, políticas, psicológicas y económicas tendieron a otorgar el privilegio al varón y, particularmente, al Amo, al cual la gran mayoría de los varones tendió y tiende todavía a subordinarse, acatar, responder actuando en consecuencia.

De tal manera, sólo el Estado puede ser el regulador, orientador y patrocinador de la estrategia integral a encarar para modificar de cuajo comportamientos, creencias y valores ancestrales tan arraigados.

Al mismo tiempo, sólo la conducción, la organización y la acción políticas, la Política, es la herramienta por excelencia para que el Estado asuma ese rol tan activo y para que las sociedades evolucionen en un reconocimiento que ya se torna un imperativo perentorio, en tono de ultimátum: basta de sometimiento de la mujer y adelante con la definitiva equiparación de género y de géneros.

Para que Política y Estado logren avanzar a paso acelerado en pos de cumplir con ese imperativo hay que considerar al feminicidio como equivalente al crimen de lesa humanidad con todo lo que tal estatus supone.

La totalidad de las instituciones estatales y la totalidad de las organizaciones políticas que asumen tal imperativo deben concurrir para plasmar una revolución social, cultural, política, psicológica, económica o integralmente antropológica, al mismo tiempo que lo jurídico en particular debe ser homogeneizado y aggiornado para adoptar una firme posición preventiva y condenatoria de tal tipo de crimen, que, de acuerdo a la hipótesis antes volcada, es “crimen organizado” aunque no lo parezca.

Toda organización, todo tipo de organización, debe estar contemplada en esa acción revolucionaria: hogares, instituciones educativas desde la más temprana edad de los educandos, organismos de gobierno y estatales, parlamentos, medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil, gremios, instituciones de la salud, empresas de toda índole y tamaño, todo el llamado poder judicial con las fuerzas de seguridad incluidas, fuerzas armadas, etc.

No puede quedar un rincón al cual no llegue con toda la potencia el imperativo perentorio de valorización plena de las mujeres como mujeres, en tanto mujeres.

Quienes participamos de las Ciencias de lo Humano, quienes somos científicos sociales en general, debemos, además del compromiso político activo, hacer nuestro aporte especializado, conscientes de que hay mucho que revisar.

El abuso del que eran víctimas, por parte de victimarios familiares o cercanos, las pacientes de Freud no eran “fantasía de histérica”. Tampoco se puede seguir sosteniendo la tesis de la Ley del Padre como estructurante de lo social o la primacía del falo con el par fálico/castrado o el intercambio de mujeres según el planteo de Lévi-Strauss ni tantas aberraciones, hoy aberraciones, que numerosos filósofos, pensadores, teóricos o intelectuales empezando por los clásicos han acuñado descalificando a la mujer. Menos que menos puede seguir suscribiéndose tantas elucubraciones y galimatías, frecuentemente excéntricas, del psiquiatra y teólogo laico francés Jacques Lacan como su peregrina afirmación de que “la mujer no existe” valiéndose de argumentos que serían perfectamente aplicables para dictaminar que “el varón no existe”.

 

Concluyendo:

Los feminicidios son cuestión de Estado y la Política es la guía y la vía para la superación de este flagelo,

Los feminicidas son brazos ejecutores de una organización criminal virtual, a la manera de un “grupo de tareas” del tipo de los que operaban con la última dictadura cívico militar terrorista de estado.

 

Rubén Rojas Breu

Buenos Aires, febrero 11 de 2021

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 1 de junio de 2026

SÍ A MORIN, NO A LACAN

 


 

Rubén Rojas Breu

 

Sí A MORIN, NO A LACAN

 

A edad provecta, 104 años, en su ciudad, París, falleció el último 29 de mayo Edgar Morin, un destacadísimo, fecundo y meritorio sociólogo y político del período que va desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el presente.

 

Comencé a conocer su obra, cuando ya había creado y desarrollado yo mi creación, el Método Vincular.

 

Me sorprendió, por un lado, su enorme contribución, su elaboración original de colosal magnitud.

 

Por otro lado, me impactó la similitud del enfoque justamente con mi concepción plasmada en el Método Vincular y en toda mi producción sobre las interacciones humanas en los diversos campos, particularmente el cultural, el social propiamente dicho, el político y el mercado.

 

Él llamó a su enfoque “Método de la Complejidad” y puede verse que la semejanza nos alcanza inclusive en la denominación de las respectivas creaciones.

 

Los porqués de la denominación de Método son expuestos, por mi parte, en mis libros y diversas publicaciones, lo cual no viene acá al caso.

 

Baste decir que también mi enfoque, al que llamo “sistémico relacional” guarda enorme parecido con su “método de la complejidad”.

Y como ya señalé, es curioso que ambos hayamos llegado a similares cuerpos conceptuales.

 

Sin ninguna duda esa semejanza se debe a que ambos fuimos (en mi caso, soy aún) investigadores científicos de lo humano, genuinos investigadores.

 

Otra semejanza me conmueve particularmente al mismo tiempo que define toda una postura de lado de lo Humano: el compromiso inclaudicable, sostenido, firme, con la Ciencia y la Política.

 

Edgar Morin fue luchador político a lo largo de toda su vida ya que muy joven colaboró activamente con los republicanos en la guerra civil española, dando batalla contra el fascismo.

 

Cuando los nazis ocuparon su patria, se enroló en la heroica Resistencia Francesa como combatiente llegando a alcanzar el grado de comandante.

 

Concluida la guerra fue cofundador del Comité contra la Guerra de Argelia adoptando taxativamente una posición anticolonialista y en favor de la liberación de esa nación y de su pueblo.

 

Vivió durante un tiempo en nuestro continente, América Latina, en donde valoró entusiastamente nuestra cultura.

 

Ante su muerte, me acometió el anhelo de contrastar a tan encomiable y ejemplar persona con el psiquiatra, también francés, Jacques Lacan.

 

Es tan colosal el contraste que no puedo evitar  la comparación aun corriendo el riesgo de desconcertar a lectoras y lectores, si los habrá, o de malquistar.

 

Ambos fueron contemporáneos, Lacan diez años mayor y, por lo tanto, ambos vivieron las mismas circunstancias históricas y en el mismo país.

 

Mientras Morin y, como ya señalé yo mismo, tomamos partido del lado de la Política y la Ciencia, Lacan se mostró siempre apolítico, pese a sus comentarios superficiales sobre determinados acontecimientos o sus reflexiones francamente elementales, propias de manuales de autoayuda, sobre el capitalismo.

 

Lacan fue acérrimo opositor de la Ciencia, rebajando al Psicoanálisis, la gran creación de Freud que hace de la Psicología una ciencia arrancándola del oscurantismo filosófico, a la condición de una mera hermenéutica de lo que él llama “sujeto”, categoría que por cierto enuncia y aplica indebidamente.

 

Redujo el Psicoanálisis a la lengua, incurriendo en no sólo en un desacierto desde el punto de vista epistemológico sino en un atropello a la comprensión de lo Humano con toda la complejidad, Morin dixit, que tal materia requiere.

 

Se opone al pensamiento simplificador y deshumanizante yanqui desde el anacronismo de la filosofía del ser.

 

No hay mayores opciones cuando se trata de abordar la complejidad de lo Humano, sus interacciones y los sistemas en las que las mismas se dan:

o se está del lado de la Ciencia y de la Política, siempre entrelazadas, o del lado de la filosofía y la religión.

 

Lacan, siguiendo al académico nazi Heidegger repone al Ser, buscando socavar el concepto de relación que la Ciencia había definitivamente instaurado, particularmente con la Teoría General de la Relatividad de Einstein.

 

De tal manera, Lacan toma partido por la religión y la filosofía, enmascarando a través de una verba seductora para sus seguidores, pero francamente retrógrada, su postura mística, su adhesión a los valores más tradicionales inclusive contrarios a la Revolución Francesa, su misoginia y sus ocultas creencias propias de un teólogo o un prelado de la era feudal.

 

Lacan despreció a América Latina, amonestó, al menos a través de su heredero y yerno Jacques Alan Miller, a los movimientos populares de estas latitudes, ignoró al pueblo español en su lucha antifascista y se mantuvo indignamente al margen en la guerra colonialista contra Argelia; por ejemplo, no firmó el Manifiesto de los 121 (1960), la célebre declaración que apoyaba la insumisión y el derecho a la independencia argelina.

 

 

Más grave aún, Lacan se abstuvo en la ocupación nazi de su país, postura sumamente reprobable que sus biógrafos obsecuentes pretenden justificar alegando “problemas familiares”.

 

Mientras numerosos compatriotas, incluyendo sus colegas, entregaban su libertad o su vida, morían en las mesas de tortura o en los campos de concentración, Lacan se dedicaba a su “vida familiar” y a tertulias aristocráticas a la manera de un noble de la corte de Luis XV.

 

Más todavía, sirvió en el Hospital Militar Val-de-Grâce bajo el mando alemán.

 

 

Debe llamar imperiosamente la atención que Morin tenga escasa repercusión en nuestro país, pese a su notable producción, mientras Lacan haya alcanzado una penetración que sirvió a la devaluación de la ciencia, de la Psicología y del Psicoanálisis y a la configuración de un culto tan lesivo para la producción de conocimiento y para las prácticas profesionales toda vez que se pone más el acento en descifrar “sagradas escrituras” que en la atención de las personas, de los grupos, de las familias, de las organizaciones en general.

 

NO A LACAN es el título de un extenso texto que estoy puliendo con el fin de publicar, en el cual demuestro que el psiquiatra francés solamente se dedicó a cultivar su voraz narcisismo y a un evangelio a contramano de lo que la humanidad requiere.

Tengo muy en cuenta que su prédica y su influencia, que no sólo se da entre psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras, sino también en otros ámbitos académicos y profesionales, llegando de alguna manera retorcida a los medios y a los  públicos en general, ha contribuido a la derechización y, por lo tanto, a que tengamos que soportar a los Milei, a los Macri y, también, a la politiquería en general, desde la ultraderecha a un progresismo y una izquierda impotentes.

 

Su evangelio es el del conformismo y de la resignación.

 

SÍ A MORIN significa, entonces, celebrar, encomiar la Política y la Ciencia, el compromiso militante con las causas justas y la vocación irrenunciable por el conocimiento y la creación.

Espero que al comparar haya servido al loable propósito de enaltecer la significación de Edgar Morin, toda vez que los cotejos contribuyen para elevar al sitial de la trascendencia lo que ya, per se, es sobresaliente.

 

De eso se trata.

 

Rubén Rojas Breu

Trabajador, activista y dirigente político desde 1958

Docente universitario de grado y de posgrado desde 1969 en UBA y otras universidades públicas y privadas de la Argentina

Lic. en Psicología UBA, 1973

Científico e investigador social desde 1974

Autor del Método Vincular, de aplicación en los campos social, político y mercado, desde 1980 con libros y artículos publicados

Autor de teorías sobre Política

 

Buenos Aires, junio 1° de 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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