Rubén
Rojas Breu
MILEI O LA SUMISIÓN COMO
POLÍTICA
Dirigencias,
medios, redes, encuestadores y, por supuesto los concentradores de poder
locales y globales ponen el foco en Milei.
Ponen
el foco todos esos actores y sectores, tanto los que lo apoyan como los que se
oponen a su gobierno y a su figura.
Ya veremos
lo perjudicial que es para el Pueblo ese hacer foco en Milei, sea para
aplaudirlo, sea para repudiarlo.
El
discurso de Milei en la apertura de las sesiones ordinarias de un Congreso
caricaturesco fortaleció ese hacer foco en él.
Hay
consenso acerca de que fue el discurso de un desequilibrado, de un desquiciado,
de un incapaz que busca encerrarse en sus certezas que, contrarias a toda
racionalidad, son construcciones delirantes.
A
diario, por no decir a cada hora, este farolero busca posicionarse como el
adalid de la ultraderecha en el mundo acometiendo con desatinos, groserías y
disparates.
Ahora
en una universidad yanqui, una de las tantas incalificables que abundan en ese
país, Milei se declaró el “presidente más sionista del mundo” definiendo a Irán
como “el enemigo” al que “le vamos a ganar”.
Barbaridades
que nos ponen en riesgo.
No
es pertinente que me valga de mis conocimientos en Psicología y Psicoanálisis
para evaluar a Milei ya que ni lo tengo ante mí ni corresponde cuando la
cuestión de la que se trata compete a la Política.
Basta
con que reitere que Milei no es solamente Milei, sino que se trata de una
fratria compartida con la hermana la cual hace de sostén psíquico, de muleta,
para que el susodicho conserve cierto nivel precario de adaptación
beneficiándose ella de ocupar protagonismo y de tornarse objeto de deseo de
obsecuentes y bobos.
Milei
o la fratria Milei es apenas, a duras penas, un síntoma, la
señal a la vez trágica y paródica, de una Argentina hundida en la decadencia
desde que ésta fuera aterrorizadoramente inaugurada por la última dictadura
cívico militar hace cincuenta años.
Los
gobiernos civiles y las dirigencias políticas y sectoriales que la sucedieron
incentivaron tal decadencia para beneplácito y beneficio de los concentradores
de poder y de riqueza de acá y de las grandes potencias, principalmente el país
yanqui.
Si
no fuera así, los Milei serían patéticos ignotos.
La
dictadura sembró la triste creencia de que la masa o la “mayoría silenciosa”
antipolítica e inorgánica era y es el cimiento de una sociedad normal y
deseable.
Esa
creencia sirvió enormemente a los poderosos, a la oligarquía, a los grandes
capitalistas y, también, a todas las dirigencias, políticas, gremiales,
sociales.
Dicho
lo ya expuesto, la palabra clave es “sumisión”.
Los
Milei representan a la sumisión como política.
Y
toda su política es la sumisión.
La
sumisión, en ellos y los suyos, es punto de partida y horizonte.
Según el diccionario de la RAE la
sumisión es: “sometimiento de alguien a otra u otras personas”,
“sometimiento del juicio de alguien al de otra persona”
o “acatamiento o subordinación manifiesta con palabras y acciones”.
Traducido en versión Hegel, la sumisión es lo sintetizado en la
dialéctica del amo y del esclavo.
Sumisión es, a la vez, esclavizar y esclavizarse.
Milei, o los Milei, proponen y ejecutan como política la de la
sumisión.
Para ellos, la sumisión conduce al Paraíso terrenal.
Libertad en su particular lenguaje es el derecho de quienes someten,
de quienes obligan a acatar.
Ahora bien, los Milei, y particularmente el locuaz hermano, representan
la condición de sumisos. Toda la verborragia desaforada del hermano es la pantalla
en modo patotero con la cual disfraza su verdadera condición: la de
sumiso, condición que comparte con la hermana, con los secuaces, con la
horda que los encaramó e, inclusive, con los poderosos vernáculos cuya vocación
es la de la servir a los poderosos globales, particularmente, hoy, los yanquis.
En sus medidas de gobierno, así como en sus diatribas, el
metamensaje y, a menudo el mensaje mismo, así como el de su cofradía, es: “poderosos
de Occidente, poderosos de la gran potencia del Norte y de sus aliados, aquí
estoy, aquí estamos para servirles incondicionalmente, aquí estamos para ser sus
lacayos, sus lamebotas y los ejecutores todoterreno de sus designios”.
Persuadido de su rol sube todo el tiempo la apuesta, para evidenciar
su acatamiento.
Se apoya en los factores de poder globales, sus mandamases, y en
la horda que lo puso ahí, en los medios de comunicación, en las redes
virtuales, en las empresas encuestadoras, en una oposición ineficaz, itinerante
o cómplice, y en la masa.
Veamos: desde el momento en que
nacemos, y aún antes según puede demostrarse, somos interactuantes, nos constituimos
inexorablemente como sociales en el seno de la interdependencia con otras y con
otros, en el seno de la organización familiar y las colindantes, tales como las
de la salud, la educación, etc.
La identificación, inconsciente, por cierto, es el dispositivo, el
enlace (Freud dixit) por el cual interactuamos, la cual genera entrelazamientos
que tienden al infinito, con madre, padre y otros, así como viceversa (no sólo
el bebé se identifica con sus progenitores y demás interactuantes, sino que al
mismo tiempo éstos se identifican con el bebé, lo cual no profundizo acá).
Ya en esos momentos iniciales se da la oposición sometimiento – autonomía, ya en esos momentos iniciales afrontamos la tendencia a acatar
versus la tendencia a desarrollarnos, la tendencia al encierro endogámico
versus la tendencia a la apertura exogámica.
Los Milei, sus mandamases, los secuaces y la horda optan por los
primeros términos de las enunciadas oposiciones: eligen, más inconsciente
que conscientemente, el sometimiento, el acatamiento y el encierro endogámico;
es ocioso aclarar que los mandamases globales lo eligen para someter, pero
ciertamente avalan, por ese camino, a la sumisión.
Dentro de la sumisión, todo: ésa es la máxima.
Aquí viene a colación, con la mayor trascendencia, la diferenciación
entre masa y Pueblo.
La masa es proclive a la sumisión, se somete, acata y se encierra
en su minúsculo mundo endogámico. Es la masa a la que manipulan los
concentradores de poder y de riqueza y a la que se ciñen gobernantes,
dirigentes, medios de comunicación, redes virtuales, intelectuales, consultores
y encuestadores.
La sumisión, para quien se somete,
tiene un beneficio de alto voltaje.
Le permite evadirse:
· de la angustiante responsabilidad de decidir,
· de la angustiante distancia entre lo poco posible y los ideales
que les resultan siempre exigentes
· de la angustiante apertura a lo exogámico, terreno que les resulta
pantanoso, inescrutable, riesgoso.
Los Milei, como prácticamente todos sus cofrades, se formaron en hogares
de fuerte impronta endogámica bajo el mandato de que hay que someterse y
acatar.
Recordemos el enojo de Milei púber por la toma de Malvinas encabezada
por el dictador terrorista Galtieri; el “niño” Javier no podía tolerar que se
desafiara a su madre patria.
La formación escolar y colegial, así como la universitaria
fortalecieron, incentivaron y brindaron herramientas supuestamente éticas e
intelectuales para someterse y acatar.
Por supuesto la precaria, insostenible y paupérrima escuela austríaca
viene como anillo al dedo para justificar la sumisión; lejos de poner en
cuestión el mundo como es, sobradamente injusto, lo valoriza y lo reconoce como
el mejor posible, como el mundo al que hay que optimizar sustentando
crecientemente a regímenes económicos basados en la explotación, la acumulación
de los pudientes y en la maximización de la plusvalía.
Ahora bien, defino al Pueblo como “la población
políticamente culturalizada y organizada que tiene por objetivos su
emancipación y realización en consonancia con la nación, los trabajadores y la
solidaridad con la región y los oprimidos del planeta”.
Eso significa que el Pueblo opta, siempre, por los segundos
términos de aquellas oposiciones ut supra mencionadas: opta por la
autonomía, por el desarrollo y por la apertura exogámica.
Llevado todo este planteo a qué hacer, urge que el Pueblo cambie
el foco: en vez de ponerlo en Milei, debe centrarse en su Proyecto.
En vez de insistir con reclamos infructuosos ante el despotismo
del gobierno totalitario y sus mandos, lo cual lleva al desánimo y el
derrotismo, tiene que diseñar y levantar su Proyecto.
En lugar de centrarse en un gobierno objetivamente insostenible,
debe exigir a la oposición que se dice nacional y popular, progresista o de
izquierda que asuma su lugar, que se ponga al frente de una convocatoria y que acabe
con poner expectativas en un electoralismo caduco, en prestar atención a consultores
y empresas encuestadoras que sirven a la
preservación de este status quo deshumanizante, en insistir
en un institucionalismo agotado y en transas vergonzosas entre supuestos
dirigentes ya agotados, ya ingresados en la obsolescencia.
El Pueblo tiene que poner el foco, entonces, en su propio Proyecto,
en construir su conducción política, en organizarse de un modo crecientemente eficaz
y en pasar a la acción según una estrategia innovadora, sacudiendo el polvo de
lo ya añejo, convocando y movilizando con los numerosos medios a su alcance.
Rubén
Rojas Breu
Trabajador,
activista y dirigente político desde 1958
Docente
universitario de grado y de posgrado desde 1969 en UBA y otras universidades
públicas y privadas de la Argentina
Lic.
en Psicología UBA, 1973
Científico
e investigador social desde 1974
Autor
del Método Vincular, de aplicación en los campos social, político y mercado,
desde 1980 con libros y artículos publicados
Autor
de teorías sobre Política
Buenos
Aires, marzo 10 de 2026
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