Rubén Rojas Breu
La Selección Argentina
versus los yanquis
Aclarando:
el título no hace referencia, estrictamente hablando, ni a la competencia
futbolística ni a la política.
No
refiere a la competencia futbolística porque
afortunadamente la Argentina en este mundial 2026 enfrentó y enfrentará
selecciones dignas, las cuales son todas excepto una, la yanqui.
No refiere
a la política porque los integrantes de la selección
argentina se muestran injustificadamente prescindentes o de derecha y no
demuestran en absoluto una posición antiyanqui, todo lo contrario. Si hay
alguna excepción sería interesante y reconfortante que se sepa, pero no parece
encontrarse en esta selección ningún émulo de Alfredo Di Stéfano, Adolfo Pedernera,
Alejandro Presa, César Luis Menotti, Jorge Valdano o René Houseman.
Para
más, en comportamiento ignominioso, Messi, De Paul y Mascherano se reunieron
con el presidente Trump.
Acá
se trata de establecer un contraste, un fuerte contraste, en lo cultural y/o en
lo social en general.
La
selección argentina y todas las argentinas y argentinos, así como todas las
selecciones y países participantes del Mundial, con excepción de los yanquis,
han demostrado y demuestran un comportamiento respetuoso hacia los públicos,
hacia los países organizadores, hacia la FIFA, hacia los rivales, hacia la prensa
y, categóricamente, hacia las leyes y reglamentos.
Todo
lo contrario, cabe decir del comportamiento de los yanquis.
Siendo
el principal país organizador, desde el comienzo del torneo deportivo más importante
del planeta, el país yanqui tuvo conductas poco hospitalarias cuando no
abiertamente hostiles hacia los invitados, mostrando especial ensañamiento con
la representación de Irán.
Ya
se había opuesto a la participación de Rusia con motivo de la invasión de
Ucrania, lo cual fue aprobado por los demás países centrales y por la FIFA, en
clara desigualdad si se considera que los EEUU de Washington inician guerras de
conquista a diario; justamente la última fue contra Irán, guerra en la cual
esta última nación resultó victoriosa para humillación de la incalificable superpotencia
del Norte.
El
máximum de la prepotencia lo constituyó la intromisión del presidente Trump ordenando
a la FIFA el levantamiento de la sanción, tarjeta roja, aplicada a su goleador.
Un
farabute el mencionado que, suelto de cuerpo, dice no saber ni jota sobre
fútbol, algo típicamente propio de su país en el cual cualquiera se pronuncia
sobre cualquier tema con la arrogancia de quienes se sienten superiores a los
humanos.
Quienes
creen que al país yanqui se le puede aplicar una visión generosa según la cual
hay allí buenos y malos, concluyen en que fue una decisión del repudiado Trump.
Esa benévola
lectura de un episodio tan irracional, ilegal y prepotente es, cuando menos,
ingenua.
Trump,
con su modo brutal de conducirse, representa a todas las yanquis y a todos los
yanquis, quienes, desde hace 250 años, cuando se concretó su ficticia “revolución
independentista” se han guiado por su doctrina del “destino manifiesto” según
la cual son la nueva Israel, el nuevo pueblo elegido según el supremacista
blanco fundador de tal país Benjamín Franklin.
Aquellos
colonos blancos supremacistas y esclavistas, que se liberaron del pago de
impuestos, tuvieron en sus descendientes a anexionistas, belicistas y
conquistadores que tienen como práctica habitual tanto el uso desmedido de la
violencia como el desconocimiento de las leyes internacionales.
Trump
simplemente respondió a esa execrable tradición yanqui, la
cual es cultivada por republicanos, demócratas, progresistas, ultraderechistas
e izquierdistas de ese país.
En
todas las latitudes son mayorías quienes creen que hay yanquis humana, cultural
y políticamente valorables.
Creen
verlos en sus intelectuales, en sus literatas y literatos, en sus artistas en
general, en sus cineastas, actrices y actores, en sus dirigentes gremiales y
sociales, en sus referentes de distintos ámbitos.
Sin
embargo, la realidad contradice esa cándida o interesada creencia: obsérvese lo
sucedido con el “progresista” Chomsky quien queda claro que, buscándose posicionar como lingüista, no es
más que un practicante de la charlatanería; sus “estructuras sintácticas” de
poco sirven para legitimarlo.
En el
particular y aborrecible caso del levantamiento de la tarjeta roja para el
goleador yanqui, Trump fue apoyado por toda la plana mayor y toda la población
de su país.
Ergo,
también, por los integrantes de la selección: su goleador, desvergonzadamente,
se vistió la camiseta para enfrentar a la encomiable selección belga y ni el
director técnico y sus asistentes, ni su hinchada, ni el resto de la población siquiera
se ruborizaron.
Tomaron
como natural una decisión adoptada de prepo ya que se consideran superiores al
resto de la humanidad y elegidos para ejercer la hegemonía a gusto y piacere.
Todos
los yanquis coinciden en esa tenebrosa convicción,
cualquiera sea su género, cualquiera sea su etnia, cualquiera sea su
pertenencia cultural y social, cualquiera sea su posición política, si la
tienen.
Es
el único país del mundo que carece de pueblo, el único que jamás sufrió una
invasión o ataque extranjero de veras, el único que desconoce sistemáticamente
tratados y leyes internacionales, el único que arrojó bombas atómicas arrasando
con ciudades enteras, en Japón.
Blancos
o caucásicos, afroamericanos o negros, hispanos, morenos o mestizos, indígenas,
mujeres y varones, jóvenes y mayores, pobres y magnates, obreros, empleados y
empresarios apoyaron la intromisión injuriosa de Trump y celebraron entusiastas
que su jugador “estrella” estuviera, ilegalmente, en la cancha.
Si
alguna o algún yanqui protestó, créase, fue de boca para afuera.
Contrariamente,
la selección argentina en todo el desarrollo del Mundial
demostró no solamente una calidad en fútbol de la cual los yanquis carecen,
sino también educación, respeto y juego virtuoso, al igual que los
representativos de los demás países participantes.
Además,
digo de paso aunque merece profundización: la remontada épica frente a la
elogiable selección egipcia tiene más valor y más proyección que el sufrimiento
previo.
Algo
que las dirigencias de la oposición en la Argentina deberían imitar, cuanto más
si quien gobierna es un seudópodo de los yanquis.
Todo
lo antedicho nos pone en el umbral de un tema mucho más relevante que
debería ser objeto de preocupación de todos los estados y gobiernos, de todas
las dirigencias, de todos los intelectuales e, inclusive, de todos los
poderosos del mundo, tema que lleva por título:
El
país yanqui versus la Humanidad.
Rubén
Rojas Breu
Trabajador,
activista y dirigente político desde 1958
Docente
universitario de grado y de posgrado desde 1969 en UBA y otras universidades
públicas y privadas de la Argentina
Lic.
en Psicología UBA, 1973
Científico
e investigador social desde 1974
Autor
del Método Vincular, de aplicación en los campos social, político y mercado,
desde 1980 con libros y artículos publicados
Autor
de teorías sobre Política
Buenos
Aires, julio 08 de 2026
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