miércoles, 3 de junio de 2026

LOS FEMINICIDIOS COMO CUESTIÓN DE ESTADO

 


Rubén Rojas Breu

 

LOS FEMINICIDIOS COMO CUESTIÓN DE ESTADO

 

Introducción aclaratoria

El articulo que a continuación vuelvo a poner a disposición data de febrero de 2021.

Fue escrito en ocasión del feminicidio del cual fue víctima la joven Úrsula Bahillo a manos de un integrante de la Policía Bonaerense.

El intento de tal texto fue el de enfocar sociológicamente, sistémica y relacionalmente, a los femicidios y/o feminicidios, atento esto último a la categorización vigente.

Si bien, como toda publicación que aborde este flagelo jamás, desgraciadamente, pierde actualidad, hoy vale llamar nuevamente la atención sobre ella, sobre esta publicación, dado el femicidio del que fue víctima la adolescente cordobesa Agostina que sufrió engaño, secuestro, abuso y tormento que culminaron en el desgarrador suceso con vejación, profanación y desmembramiento de su cuerpo, suceso que afecta para siempre de la más cruel de las maneras, a su madre, familiares, amigas y amigos, su entorno y que tan justificadamente conmocionó a la mayoría de las argentinas y de los argentinos.

A diferencia del que trato en el artículo, femicidio cometido en 2021, éste fue llevado a cabo en el marco de una Argentina gobernada por la horda libertaria encabezada por la fratria Milei que cuenta con el apoyo desembozado de la sempiterna oligarquía criolla y de las grandes corporaciones globales y locales.

El gobierno autocrático libertario, a través del hermano Milei, de sus voceros, de sus ideólogos y de sus partidarios dan fe, en la palabra y en la acción, de violencia contra las mujeres al mismo tiempo que contra niñas, niños, adolescentes, discapacitadas, discapacitados, ancianas y ancianos, pobres e indigentes. Más brutalidad, más crueldad no se puede pedir.

Las diatribas de Milei, de sus esbirros de sus periodistas, propias de una brutalidad de las cavernas, de facinerosos y de psicópatas en su peor versión, generan las condiciones para que actos tan deleznables como el femicidio, así como maltrato físico y psíquico, abuso y violaciones, hostigamiento e injusticia en ámbitos laborales, falta de reconocimiento en todas las áreas sean moneda corriente que se llevan a cabo contra las mujeres.  

En particular predican y llevan a cabo toda una campaña contra las mujeres, contra la igualdad de género y contra la diversidad de género, llegando al ensañamiento y al fanatismo.

Actualizan estos gobernantes, sus secuaces y sus patrocinantes lo más ancestral y retrógrado de la Humanidad: lo que Darwin y Freud identificaron como la horda primitiva, una configuración patriarcal en la cual el jefe supremo era poseedor de todas las mujeres hasta ser asesinado y canibalizado por los hijos que pasan a adueñarse de ellas, dando lugar al machismo desaforado.

Esa configuración a través de los milenios se mantuvo a través de identificaciones transgeneracionales encontrando hoy, en gran parte del planeta, las condiciones para resurgir de la mano de la ultraderecha.

Ese resurgimiento de lo más indeseable alcanza un nivel sumamente inquietante entre los varones jóvenes que se conducen como si no hubieran nacido de una madre.

Ese resurgimiento es palpable en un alto porcentaje de votantes y de simpatizantes de la fratria Milei y la horda que los encaramó.

Una muestra que da hoy el gobierno de lo antedicho salió de boca de la ministra de Seguridad al reclamar ésta “la verdad completa”, reclamo que se asocia con la excusa monstruosa de que “la víctima algo habrá hecho”.

Justamente ese reclamo y esa excusa fueron acuñadas y utilizadas por los ex generalotes de la dictadura terrorista de estado y difundidas y vociferadas por sus sostenedores y por gran parte de la masa, ese aglomerado amorfo que toma partido por el sometimiento en contra del Pueblo.

Por la boca de la ministra, entonces, volvieron a hablar Videla, Massera, Agosti, Martínez de Hoz y compañía, los periodistas que los apoyaban y los poderosos de acá que los patrocinaban; también, cuando no, los yanquis, de quienes este gobierno se asume como lacayo.

 

En el femicidio del que fue víctima Agostina confluye, como sucede con todo femicidio y/o feminicidio:

Un brazo ejecutor, generalmente un psicópata decididamente criminal

El Estado revelándose en este caso con diáfana claridad que interviene activamente:

En primer lugar, al consentir, favorecer con privilegios o avalar al criminal.

El asesino de Agostina fue empleado municipal, barrabrava tolerado por su club, apadrinado por politiqueros; el asesino de Úrsula era policía de la Bonaerense.

El asesino de Agostina había sido liberado por un fiscal innombrable en ocasión de haber cometido privación ilegal de la libertad, abuso y vejación sobre una joven y tenía otros antecedentes de similar tenor.

De modo que gobiernos y politiqueros, jueces, fiscales y abogados están comprometidos.

 

En segundo lugar, al demorarse los responsables de las Policías y del Poder Judicial en tomar las denuncias, en llevar a cabo la búsqueda, en poner en marcha el alerta Sofía en el caso de una niña y en investigar; además se investiga insuficientemente o mal y también se aplica de manera poco rigurosa la ley.

 

 

Vuelvo a llamar la atención sobre este artículo este día en el que las mujeres se movilizan, nuevamente, con la consigna “NI UNA MENOS”

 

A continuación, el artículo que, reitero, data de febrero de 2021, sin cambiar ni una coma.

 

Los feminicidios como cuestión de estado

 

 

 

El femicidio del cual fue víctima Úrsula Bahillo, una jovencita de la ciudad de Rojas, Provincia de Buenos Aires, alcanzó una repercusión equivalente a los asesinatos más resonantes de tal tipo.

Todos los feminicidios, obviamente, son idénticamente conmovedores para quienes tenemos sensibilidad y empatía, para quienes militamos decididamente por la igualdad de género o de géneros, por los derechos y el bienestar de los humanos y muy particularmente por los de los más expuestos: mujeres, niñas, niños, adolescentes, ancianos, pobres, desocupados.

Todos los feminicidios son equivalentemente horrorosos, espeluznantes, aterradores, considerando que consisten en la eliminación de una mujer por ser mujer.

En la Argentina estamos afrontando un número escalofriante de tal tipo de asesinatos, una curva en ascenso de tal índole de crímenes que a esta altura adquieren el carácter de lesa humanidad en la medida que devienen un ataque generalizado contra una población civil, basándonos en la definición de la ONU acerca de qué entender, justamente, por “crímenes de lesa humanidad”. Para esta organización internacional, además, los derechos de la mujer son básicos para garantizar el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Para destacar la gravedad de lo que estamos afrontando tengamos en cuenta que el feminicidio es, al mismo tiempo:

el acto terminal de una serie de comportamientos que el criminal ejerce contra la mujer, es el final espantoso de una escalada que incluye el golpe, el insulto, la descalificación, el abuso, la violación, el forzamiento, la amenaza hacia la víctima y sus familiares, a menudo sus hijas e hijos,

una conducta que se da en un el marco de sociedades en las cuales, por cada mujer asesinada, otras cientos o miles son simultáneamente, a cada minuto, maltratadas en las más variadas formas, con los más deleznables procederes y en los más variados ámbitos (hogar, lugares de trabajo, etc.).

De tal manera, cada feminicidio es lo que salta a la percepción, es apenas la porción visible de un témpano que se desplaza devastando frenéticamente.

Con lo antedicho alcanza para calificar a la ola de feminicidios en la Argentina como una cuestión de Estado.

Una cuestión de Estado a la manera en que lo es el Plan de Exterminio llevado a cabo por la dictadura cívico militar clerical genocida de 1976-83, antecedida por las acciones criminales de la tenebrosa Triple A.

Hay un hilo común entre la Triple A con sus cientos de secuestrados, torturados y muertos, la dictadura con sus treinta mil desaparecidos, las acciones represivas criminales bajo gobiernos civiles con víctimas tales como Miguel Bru, Teresa Rodríguez, Carlos Fuentealba, Jorge Julio López, José Luis Cabezas, Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y tantas y tantos más.

El feminicidio de Úrsula alcanza tanta repercusión no porque sea un feminicidio diferente o un feminicidio más criminal que cualquier otro asesinato de tal índole. No es sustancialmente distinto de los cuarenta y cuatro ya constatados para los primeros cuarenta días del año 2021, con un promedio de más de uno diario.

La repercusión del feminicidio de Úrsula se debe a que condensa con meridiana claridad, de un modo estruendoso, la concurrencia de múltiples actores y factores, concurrencia en la que por igual se dan la acción y la omisión, el comportamiento criminal y la complicidad, el patriarcalismo tan propio de lo oligárquico y la actitud sumisa de poblaciones.

Mucho hay elaborado acerca de los feminicidios y de los feminicidas, acerca de la violencia de género y de los violentos. Abundan las clasificaciones y está claro además que hay feminicidios y feminicidios, así como víctimas y victimarios diferentes: ningún feminicidio es idéntico a otro, ninguna víctima es idéntica a otra, ningún victimario es idéntico a otro. En todo caso, la ciencia o el conocimiento especializado, como con las más diversas problemáticas, busca regularidades, establece similitudes y bucea en rasgos comunes a fin de tornarlo objeto de estudio con el fin de afrontar los feminicidios para prevenir, juzgar, castigar.

Así como Durkheim tomó al suicidio como un “hecho sociológico” al cual interpretar justamente en función de lo social, mi enfoque en este artículo es el de encarar al feminicidio como una acción que va más allá del feminicida, de cada feminicida en particular.

Así visto, dada la marea apabullante de crímenes de tal tipo, entiendo que hay que ver al feminicidio como una conducta que canaliza de un modo atroz una corriente social que se expresa a través de su cometido.

Esto no significa de ninguna manera restar responsabilidad al feminicida, a cada feminicida, sobre el cual debe caer todo el peso de la Ley, de las leyes, con los castigos consiguientes, con la condena que corresponde sin miramientos de ninguna índole ni las concesiones a las que son propensos los benevolentes con quienes detentan algún tipo de poder por minúsculo que éste sea. Hay que ver que muchos feminicidas pertenecen a los sectores privilegiados, gozan de fama o son miembros de élites y castas.

Volviendo al asesinato de Úrsula, señalo más arriba que el mismo condensa todos los componentes de lo social, todos los actores, sectores y factores que puedan concebirse, determinarse o enunciarse:

 

escalada en el maltrato de la víctima por parte del criminal hasta el irreversible acto final, con antecedentes de violencia contra mujeres y hasta niñas en la historia o prontuario del asesino,

amenaza y extorsión de la víctima con el fin de que silencie su dramática situación,

silencio de entornos, desde familia del criminal hasta vecindarios y, en este caso, de parte de la población de una localidad,

denuncias llevadas a cabo por la víctima a solas y acompañada que no son tenidas en cuenta

inacción, negligencia o discriminación de quienes administran “justicia”,

oídos sordos ante la demanda desesperada o pedido de auxilio de la joven,

inutilidad de los dispositivos de prevención o restricciones como la perimetral y el botón de pánico, los cuales, curiosamente, agregan exigencia a la víctima,

desaprensión o complicidad por parte del organismo al que pertenece el criminal, en este caso la Policía Bonaerense y, particularmente, las reparticiones en las que se desempeñó, con sospechas de que se hizo uso del recurso de la “licencia psiquiátrica” para ponerlo bajo resguardo (bajo resguardo al criminal, toda una tergiversación maliciosa),

descuido, indiferencia o inclusive preservación o aval al asesino por parte de factores de poder locales y vaya a saber si de otros niveles, en una localidad en la que todos se conocen y por lo cual es impensable que no tuvieran idea o registro de lo que acontecía el intendente, los concejales, los medios, los referentes, los lugareños pudientes y poderosos, hacendados y comerciantes, hasta el párroco, etc.,

la incalificable “cohesión” social en torno a la peregrina, cómoda y negligente premisa falaz de que “son asuntos de pareja y mejor no meterse”, a menudo asociada a la sentencia rebosante de prejuicio “vaya a saber cómo es ella o qué hace ella”.

 

Me propongo pensar al feminicidio como un acto de carácter sociológico que imbrica lo social propiamente dicho, lo cultural, lo psicológico, lo político y hasta lo económico o, si se prefiere, enfocarlo como un acontecimiento antropológico con todo lo que contiene, significa verlo de un modo integral, afrontarlo con una perspectiva sistémico-relacional, superando las limitaciones que imponen el de circunscribirlo a una acción personal o interpersonal,  el de constreñirlo únicamente a un acto criminal de un varón contra una mujer.

Significa considerar al feminicidio como el acto de una especie de plan de exterminio del cual el feminicida con nombre y apellido es el sanguinario brazo ejecutor.

El Plan Cóndor, plan de exterminio llevado a cabo en Sudamérica por las dictaduras cívico militares bajo la dirección de los EEUU de Washington, plan inspirado en la doctrina Kissinger o en la funesta doctrina de la “seguridad nacional”, fue diseñado y planificado conscientemente contando con sus mandos, tácticas y fuerzas operacionales coordinadas y adiestradas para tal fin siniestro. Lo mismo aplica para el antecedente de tal plan, el más terrible de la historia de la Humanidad llevado a cabo por el nazismo.

En este caso, el de la comisión extendida de feminicidios no existe tal cosa como tal.

Pero sí cabe pensar que procede como si sí fuese un plan deliberadamente concebido e implementado.

Es como si una fuerza armada o un desatado “grupo de tareas” tipo ESMA actuara con el propósito de atemorizar y aterrorizar a las mujeres, maltratarlas en todas las formas y, finalmente, matarlas.

Esa configuración no planificada pero sí actuante de hecho es lo que subyace a esta virulencia feminicida y es tal configuración la que se percibe por parte de las mujeres potencialmente víctimas, de quienes se sienten carne con ellas y de las poblaciones en general.

Esa configuración percibida, aunque no manifiestamente constatable es la que moviliza contra los feminicidios, la que dio lugar al movimiento “Ni una menos” y la que motivó la justificable reacción de la población de Rojas.

 “Ni una menos” es un grito colectivo desesperado que denuncia que hay algo, innominado pero cierto, que ejerce el criminal oficio de matar una mujer más cada veinte horas.

Cabe interpretar que ese grito está dirigido al Estado como totalidad y a cada uno de los órganos que lo conforman, empezando por gobiernos, parlamentos y aparato judicial.

De tal manera ese grito sintoniza con mi hipótesis de que la totalidad de los feminicidas, lo ya declarados y los que están al acecho, constituyen un “ejército” de facto o un subrepticio “grupo de tareas”.

Si tal hipótesis es válida, entonces hay que investigar el porqué de ese “grupo de tareas”, investigar científicamente hablando, valiéndose de la investigación social.

Es materia asumida que el feminicida cosifica a la mujer, la rebaja a la condición de bien que se posee y sobre el cual él tiene todos los derechos para obrar a su antojo. Es también convicción generalizada y, por cierto, fundamentada que el feminicida se ampara o es avalado por el patriarcalismo, el machismo, la desigualdad, la naturalización de relaciones de poder según la cual hay quien o quienes tienen la potestad de volcar tales relaciones en su provecho hasta el punto del despotismo y quienes tienen que acatar sumisamente hasta el extremo de la humillación.

En la Argentina hace más de un año concluyó un gobierno despótico que hacía de esta última afirmación su estandarte.

Ahora bien, si la hipótesis que acá planteo, la de una fuerza armada o “grupo de tareas” que tiene por objeto reprimir a la mujer por mujer llegando a los peores extremos, manteniendo todo lo antedicho sin cambiar ni una coma, hay que ir más allá para fundamentar con toda claridad que el feminicidio debe ser considerado crimen de lesa humanidad con todo lo que implica y, por lo tanto, afrontarlo con el fin de desterrarlo: debe ser una cuestión de Estado.

Sigamos conjeturando a la búsqueda de ese porqué a investigar para ir apuntalando esta última aseveración.

Ese “grupo de tareas” aparentemente no coordinado, no conscientemente conformado, que no es instrumento voluntario de un plan diseñado, responde, sin embargo, a un designio y un programa tácitos.

Su porqué bien podría ser, en primera instancia y empezando por lo más accesible, el de obligar a las mujeres a acatar lo tradicionalmente establecido, a someterse a un régimen francamente conservador en el cual la mujer es su posesión, su esclava, su “cosa”, su dominada, su prolongación carente de toda libertad o autonomía.

En este caso, el “ejército de feminicidas” respondería a una especie de Voluntad (la asociación con el nazismo, el fascismo o el falangismo es inevitable), a una especie de voluntad superior que impone la desigualdad de género a la manera de la desigualdad de clases: el esclavista o señor y la esclava o la sierva (la remisión a Hegel, a Marx, a Engels, a la Revolución Rusa para la comprensión de esto es ineludible; también a Perón, a Eva Perón y muchos históricos dirigentes e intelectuales de los movimientos nacionales y populares).

El señor, el dominador, el poseedor, consciente de su poder se vale de la sometida, de la mujer apropiada, para que se ocupe de las cosas: él manda y ella produce y se conduce según el capricho de ese “él”.

Aunque cada feminicida pareciera seguir su propia voluntad, este análisis lleva a que, siendo culpable y criminal, es un integrante supuestamente “espontáneo e inconsciente” de una falange que tiene por “misión” mantener como sea un régimen ancestral.

Otra manera de decirlo es que la totalidad de los feminicidas actuales y potenciales actúa como una maquinaria productora en serie para los propósitos arriba mencionados.

Ese “grupo de tareas” o ese “ejército” o esa falange responde entonces a concentradores de poder, a grandes concentradores de poder para los cuales cualquier derecho, y en este caso el de las mujeres, significa una restricción o un obstáculo para incrementar su dominio.

El feminicida (o cualquier violento de género) es, entonces, al mismo tiempo, integrante de ese “ejército”, dominante sobre la mujer y servil del Amo perpetuador del régimen despótico y de la depredación voraz.

Curiosamente, el asesino de Úrsula, es policía: por lo tanto, muestra con diáfana elocuencia que es simultáneamente el que domina a quien él considera “su” mujer y el que reprime para servir incondicionalmente a ese Amo. Que sea policía lo hace más evidente, pero todo maltratador o feminicida se encuentra en ese lugar bisagra, aunque no use uniforme.

Así se va vislumbrando una causa que está en la base de los porqués sustentables ya enunciados: el ejército de violentos y feminicidas aspira al beneplácito o la recompensa del Amo para quien la mujer sólo es un útil, un utensilio sea como doméstica, sea como servidora sexual, sea como trabajadora de la industria, del campo, del sector de los servicios o del comercio o sea como esposa para el lucimiento, para exhibir a la manera de un auto de altísima gama, y para potenciar su capacidad competitiva.

La Historia de gran parte de la humanidad es en gran medida la historia del sometimiento de las mujeres, sometimiento coexistente con el de los explotados, subyugados, esclavizados por las distintas configuraciones, mutaciones incluidas, que el despotismo en su fatídica evolución fue adoptando a lo largo de los milenios.

Ahora bien, hay una Historia previa a tal Historia, lo cual destaca Rupert Graves, en que se desconocía el vínculo entre el coito heterosexual y la concepción, el embarazo. Según parece, en aquel lejano período la mujer tenía un lugar protagónico y el varón era solamente tenido en cuenta como partenaire para el placer erótico. Es la época casi prehistórica del predominio de las deidades femeninas.

Por lo tanto, el rol del varón como semental, como partícipe de la reproducción, es un descubrimiento y, por ende, un acontecimiento más cultural que biológico (que se entienda, no estoy negando lo biológico, sin lo cual no habría reproducción, sino ubicando el significado de ésta en la Cultura).

De tal manera, no es simplemente a la Naturaleza a la que hay que atribuir el rol que el varón adquiere como portador del falo o, si se prefiere, de acuerdo a ciertos desarrollos psicoanalíticos, portador del pene (en tanto el falo es enviado a lo imaginario o a lo simbólico).

No hay duda acerca de que ese descubrimiento es una de las bases que dio lugar a que el varón fuese valorizado o revalorizado otorgando a la penetración (pene-tración no sería un simple jueguito retórico) un papel determinante, cuando en rigor el coito -hetero y homosexual – supone “compenetración”: ambos integrantes de la pareja son igualmente activos, ambos, objetivamente, merecen ser reconocidos como dotados de similar poder y corresponde que ambos sean reconocidos con idéntico derecho al placer y a la consecución del mismo.

Este rodeo por la intimidad de lo erótico (me resisto a aplicar la categoría de sexualidad en humanos) es para señalar que no hay nada en la Naturaleza ni en lo biológico que indique que el varón pueda aspirar a un lugar protagónico y hasta excluyente.

Es desde la Cultura que hay que abordar la cuestión.

En la Historia más conocida, la que se extiende a lo largo de los últimos milenios en gran parte de la Humanidad (no en toda la humanidad en toda época y lugar), las configuraciones socioculturales, políticas, psicológicas y económicas tendieron a otorgar el privilegio al varón y, particularmente, al Amo, al cual la gran mayoría de los varones tendió y tiende todavía a subordinarse, acatar, responder actuando en consecuencia.

De tal manera, sólo el Estado puede ser el regulador, orientador y patrocinador de la estrategia integral a encarar para modificar de cuajo comportamientos, creencias y valores ancestrales tan arraigados.

Al mismo tiempo, sólo la conducción, la organización y la acción políticas, la Política, es la herramienta por excelencia para que el Estado asuma ese rol tan activo y para que las sociedades evolucionen en un reconocimiento que ya se torna un imperativo perentorio, en tono de ultimátum: basta de sometimiento de la mujer y adelante con la definitiva equiparación de género y de géneros.

Para que Política y Estado logren avanzar a paso acelerado en pos de cumplir con ese imperativo hay que considerar al feminicidio como equivalente al crimen de lesa humanidad con todo lo que tal estatus supone.

La totalidad de las instituciones estatales y la totalidad de las organizaciones políticas que asumen tal imperativo deben concurrir para plasmar una revolución social, cultural, política, psicológica, económica o integralmente antropológica, al mismo tiempo que lo jurídico en particular debe ser homogeneizado y aggiornado para adoptar una firme posición preventiva y condenatoria de tal tipo de crimen, que, de acuerdo a la hipótesis antes volcada, es “crimen organizado” aunque no lo parezca.

Toda organización, todo tipo de organización, debe estar contemplada en esa acción revolucionaria: hogares, instituciones educativas desde la más temprana edad de los educandos, organismos de gobierno y estatales, parlamentos, medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil, gremios, instituciones de la salud, empresas de toda índole y tamaño, todo el llamado poder judicial con las fuerzas de seguridad incluidas, fuerzas armadas, etc.

No puede quedar un rincón al cual no llegue con toda la potencia el imperativo perentorio de valorización plena de las mujeres como mujeres, en tanto mujeres.

Quienes participamos de las Ciencias de lo Humano, quienes somos científicos sociales en general, debemos, además del compromiso político activo, hacer nuestro aporte especializado, conscientes de que hay mucho que revisar.

El abuso del que eran víctimas, por parte de victimarios familiares o cercanos, las pacientes de Freud no eran “fantasía de histérica”. Tampoco se puede seguir sosteniendo la tesis de la Ley del Padre como estructurante de lo social o la primacía del falo con el par fálico/castrado o el intercambio de mujeres según el planteo de Lévi-Strauss ni tantas aberraciones, hoy aberraciones, que numerosos filósofos, pensadores, teóricos o intelectuales empezando por los clásicos han acuñado descalificando a la mujer. Menos que menos puede seguir suscribiéndose tantas elucubraciones y galimatías, frecuentemente excéntricas, del psiquiatra y teólogo laico francés Jacques Lacan como su peregrina afirmación de que “la mujer no existe” valiéndose de argumentos que serían perfectamente aplicables para dictaminar que “el varón no existe”.

 

Concluyendo:

Los feminicidios son cuestión de Estado y la Política es la guía y la vía para la superación de este flagelo,

Los feminicidas son brazos ejecutores de una organización criminal virtual, a la manera de un “grupo de tareas” del tipo de los que operaban con la última dictadura cívico militar terrorista de estado.

 

Rubén Rojas Breu

Buenos Aires, febrero 11 de 2021

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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