Rubén Rojas Breu
LOS FEMINICIDIOS COMO
CUESTIÓN DE ESTADO
Introducción aclaratoria
El
articulo que a continuación vuelvo a poner a disposición data de febrero de
2021.
Fue
escrito en ocasión del feminicidio del cual fue víctima la joven Úrsula Bahillo
a manos de un integrante de la Policía Bonaerense.
El
intento de tal texto fue el de enfocar sociológicamente, sistémica y
relacionalmente, a los femicidios y/o feminicidios, atento esto último a la
categorización vigente.
Si
bien, como toda publicación que aborde este flagelo jamás, desgraciadamente,
pierde actualidad, hoy vale llamar nuevamente la atención sobre ella, sobre
esta publicación, dado el femicidio del que fue víctima la adolescente cordobesa
Agostina que sufrió engaño, secuestro, abuso y tormento que culminaron en el
desgarrador suceso con vejación, profanación y desmembramiento de su cuerpo, suceso
que afecta para siempre de la más cruel de las maneras, a su madre, familiares,
amigas y amigos, su entorno y que tan justificadamente conmocionó a la mayoría
de las argentinas y de los argentinos.
A
diferencia del que trato en el artículo, femicidio cometido en 2021, éste fue
llevado a cabo en el marco de una Argentina gobernada por la horda libertaria
encabezada por la fratria Milei que cuenta con el apoyo desembozado de la sempiterna
oligarquía criolla y de las grandes corporaciones globales y locales.
El gobierno
autocrático libertario, a través del hermano Milei, de sus voceros, de sus
ideólogos y de sus partidarios dan fe, en la palabra y en la acción, de
violencia contra las mujeres al mismo tiempo que contra niñas, niños,
adolescentes, discapacitadas, discapacitados, ancianas y ancianos, pobres e
indigentes. Más brutalidad, más crueldad no se puede pedir.
Las
diatribas de Milei, de sus esbirros de sus periodistas, propias de una brutalidad
de las cavernas, de facinerosos y de psicópatas en su peor versión, generan las
condiciones para que actos tan deleznables como el femicidio, así como maltrato
físico y psíquico, abuso y violaciones, hostigamiento e injusticia en ámbitos
laborales, falta de reconocimiento en todas las áreas sean moneda corriente que
se llevan a cabo contra las mujeres.
En
particular predican y llevan a cabo toda una campaña contra las mujeres, contra
la igualdad de género y contra la diversidad de género, llegando al
ensañamiento y al fanatismo.
Actualizan
estos gobernantes, sus secuaces y sus patrocinantes lo más ancestral y
retrógrado de la Humanidad: lo que Darwin y Freud identificaron como la horda
primitiva, una configuración patriarcal en la cual el jefe supremo era poseedor
de todas las mujeres hasta ser asesinado y canibalizado por los hijos que pasan
a adueñarse de ellas, dando lugar al machismo desaforado.
Esa
configuración a través de los milenios se mantuvo a través de identificaciones
transgeneracionales encontrando hoy, en gran parte del planeta, las condiciones
para resurgir de la mano de la ultraderecha.
Ese
resurgimiento de lo más indeseable alcanza un nivel sumamente inquietante entre
los varones jóvenes que se conducen como si no hubieran nacido de una madre.
Ese
resurgimiento es palpable en un alto porcentaje de votantes y de simpatizantes
de la fratria Milei y la horda que los encaramó.
Una
muestra que da hoy el gobierno de lo antedicho salió de boca de la ministra de
Seguridad al reclamar ésta “la verdad completa”, reclamo que se asocia con la
excusa monstruosa de que “la víctima algo habrá hecho”.
Justamente
ese reclamo y esa excusa fueron acuñadas y utilizadas por los ex generalotes de
la dictadura terrorista de estado y difundidas y vociferadas por sus
sostenedores y por gran parte de la masa, ese aglomerado amorfo que toma
partido por el sometimiento en contra del Pueblo.
Por
la boca de la ministra, entonces, volvieron a hablar Videla, Massera, Agosti,
Martínez de Hoz y compañía, los periodistas que los apoyaban y los poderosos de
acá que los patrocinaban; también, cuando no, los yanquis, de quienes este
gobierno se asume como lacayo.
En
el femicidio del que fue víctima Agostina confluye, como sucede con todo
femicidio y/o feminicidio:
Un
brazo ejecutor, generalmente un psicópata decididamente criminal
El
Estado revelándose en este caso con diáfana claridad que interviene
activamente:
En
primer lugar, al consentir, favorecer con privilegios o
avalar al criminal.
El
asesino de Agostina fue empleado municipal, barrabrava tolerado por su club,
apadrinado por politiqueros; el asesino de Úrsula era policía de la Bonaerense.
El
asesino de Agostina había sido liberado por un fiscal innombrable en ocasión de
haber cometido privación ilegal de la libertad, abuso y vejación sobre una
joven y tenía otros antecedentes de similar tenor.
De
modo que gobiernos y politiqueros, jueces, fiscales y abogados están comprometidos.
En
segundo lugar, al demorarse los responsables de las
Policías y del Poder Judicial en tomar las denuncias, en llevar a cabo la búsqueda,
en poner en marcha el alerta Sofía en el caso de una niña y en investigar;
además se investiga insuficientemente o mal y también se aplica de manera poco
rigurosa la ley.
Vuelvo
a llamar la atención sobre este artículo este día en el que las mujeres se movilizan,
nuevamente, con la consigna “NI UNA MENOS”
A
continuación, el artículo que, reitero, data de febrero de 2021, sin cambiar ni
una coma.
Los
feminicidios como cuestión de estado
El
femicidio del cual fue víctima Úrsula Bahillo, una jovencita de la ciudad de
Rojas, Provincia de Buenos Aires, alcanzó una repercusión equivalente a los
asesinatos más resonantes de tal tipo.
Todos
los feminicidios, obviamente, son idénticamente conmovedores para quienes
tenemos sensibilidad y empatía, para quienes militamos decididamente por la
igualdad de género o de géneros, por los derechos y el bienestar de los humanos
y muy particularmente por los de los más expuestos: mujeres, niñas, niños,
adolescentes, ancianos, pobres, desocupados.
Todos
los feminicidios son equivalentemente horrorosos, espeluznantes, aterradores,
considerando que consisten en la eliminación de una mujer por ser mujer.
En
la Argentina estamos afrontando un número escalofriante de tal tipo de
asesinatos, una curva en ascenso de tal índole de crímenes que a esta altura
adquieren el carácter de lesa humanidad en la medida que devienen un ataque
generalizado contra una población civil, basándonos en la definición de la ONU
acerca de qué entender, justamente, por “crímenes de lesa humanidad”. Para esta
organización internacional, además, los derechos de la mujer son básicos para
garantizar el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Para
destacar la gravedad de lo que estamos afrontando tengamos en cuenta que el
feminicidio es, al mismo tiempo:
el
acto terminal de una serie de comportamientos que el criminal ejerce contra la
mujer, es el final espantoso de una escalada que incluye el golpe, el insulto,
la descalificación, el abuso, la violación, el forzamiento, la amenaza hacia la
víctima y sus familiares, a menudo sus hijas e hijos,
una
conducta que se da en un el marco de sociedades en las cuales, por cada mujer
asesinada, otras cientos o miles son simultáneamente, a cada minuto,
maltratadas en las más variadas formas, con los más deleznables procederes y en
los más variados ámbitos (hogar, lugares de trabajo, etc.).
De
tal manera, cada feminicidio es lo que salta a la percepción, es apenas la
porción visible de un témpano que se desplaza devastando frenéticamente.
Con
lo antedicho alcanza para calificar a la ola de feminicidios en la Argentina
como una cuestión de Estado.
Una
cuestión de Estado a la manera en que lo es el Plan de Exterminio llevado a
cabo por la dictadura cívico militar clerical genocida de 1976-83, antecedida
por las acciones criminales de la tenebrosa Triple A.
Hay
un hilo común entre la Triple A con sus cientos de secuestrados, torturados y
muertos, la dictadura con sus treinta mil desaparecidos, las acciones
represivas criminales bajo gobiernos civiles con víctimas tales como Miguel
Bru, Teresa Rodríguez, Carlos Fuentealba, Jorge Julio López, José Luis Cabezas,
Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y tantas y tantos más.
El
feminicidio de Úrsula alcanza tanta repercusión no porque sea un feminicidio
diferente o un feminicidio más criminal que cualquier otro asesinato de tal
índole. No es sustancialmente distinto de los cuarenta y cuatro ya constatados
para los primeros cuarenta días del año 2021, con un promedio de más de uno
diario.
La
repercusión del feminicidio de Úrsula se debe a que condensa con meridiana
claridad, de un modo estruendoso, la concurrencia de múltiples actores y
factores, concurrencia en la que por igual se dan la acción y la omisión, el
comportamiento criminal y la complicidad, el patriarcalismo tan propio de lo
oligárquico y la actitud sumisa de poblaciones.
Mucho
hay elaborado acerca de los feminicidios y de los feminicidas, acerca de la
violencia de género y de los violentos. Abundan las clasificaciones y está
claro además que hay feminicidios y feminicidios, así como víctimas y
victimarios diferentes: ningún feminicidio es idéntico a otro, ninguna víctima
es idéntica a otra, ningún victimario es idéntico a otro. En todo caso, la
ciencia o el conocimiento especializado, como con las más diversas
problemáticas, busca regularidades, establece similitudes y bucea en rasgos
comunes a fin de tornarlo objeto de estudio con el fin de afrontar los
feminicidios para prevenir, juzgar, castigar.
Así
como Durkheim tomó al suicidio como un “hecho sociológico” al cual interpretar
justamente en función de lo social, mi enfoque en este
artículo es el de encarar al feminicidio como una acción que va más allá del
feminicida, de cada feminicida en particular.
Así
visto, dada la marea apabullante de crímenes de tal tipo, entiendo que hay que
ver al feminicidio como una conducta que canaliza de un modo atroz una
corriente social que se expresa a través de su cometido.
Esto
no significa de ninguna manera restar responsabilidad al feminicida, a cada
feminicida, sobre el cual debe caer todo el peso de la Ley, de las leyes, con
los castigos consiguientes, con la condena que corresponde sin miramientos de
ninguna índole ni las concesiones a las que son propensos los benevolentes con
quienes detentan algún tipo de poder por minúsculo que éste sea. Hay que ver
que muchos feminicidas pertenecen a los sectores privilegiados, gozan de fama o
son miembros de élites y castas.
Volviendo
al asesinato de Úrsula, señalo más arriba que el mismo condensa todos los
componentes de lo social, todos los actores, sectores y factores que puedan
concebirse, determinarse o enunciarse:
escalada
en el maltrato de la víctima por parte del criminal hasta el irreversible acto
final, con antecedentes de violencia contra mujeres y hasta niñas en la
historia o prontuario del asesino,
amenaza
y extorsión de la víctima con el fin de que silencie su dramática situación,
silencio
de entornos, desde familia del criminal hasta vecindarios y, en este caso, de
parte de la población de una localidad,
denuncias
llevadas a cabo por la víctima a solas y acompañada que no son tenidas en
cuenta
inacción,
negligencia o discriminación de quienes administran “justicia”,
oídos
sordos ante la demanda desesperada o pedido de auxilio de la joven,
inutilidad
de los dispositivos de prevención o restricciones como la perimetral y el botón
de pánico, los cuales, curiosamente, agregan exigencia a la víctima,
desaprensión
o complicidad por parte del organismo al que pertenece el criminal, en este
caso la Policía Bonaerense y, particularmente, las reparticiones en las que se
desempeñó, con sospechas de que se hizo uso del recurso de la “licencia
psiquiátrica” para ponerlo bajo resguardo (bajo resguardo al criminal, toda una
tergiversación maliciosa),
descuido,
indiferencia o inclusive preservación o aval al asesino por parte de factores
de poder locales y vaya a saber si de otros niveles, en una localidad en la que
todos se conocen y por lo cual es impensable que no tuvieran idea o registro de
lo que acontecía el intendente, los concejales, los medios, los referentes, los
lugareños pudientes y poderosos, hacendados y comerciantes, hasta el párroco,
etc.,
la
incalificable “cohesión” social en torno a la peregrina, cómoda y negligente
premisa falaz de que “son asuntos de pareja y mejor no meterse”, a menudo
asociada a la sentencia rebosante de prejuicio “vaya a saber cómo es ella o qué
hace ella”.
Me
propongo pensar al feminicidio como un acto de carácter sociológico que
imbrica lo social propiamente dicho, lo cultural, lo psicológico, lo político y
hasta lo económico o, si se prefiere, enfocarlo como un acontecimiento
antropológico con todo lo que contiene, significa verlo de un modo integral,
afrontarlo con una perspectiva sistémico-relacional, superando las limitaciones
que imponen el de circunscribirlo a una acción personal o interpersonal, el de constreñirlo únicamente a un acto
criminal de un varón contra una mujer.
Significa
considerar al feminicidio como el acto de una especie de plan de exterminio del
cual el feminicida con nombre y apellido es el sanguinario brazo ejecutor.
El
Plan Cóndor, plan de exterminio llevado a cabo en Sudamérica por las dictaduras
cívico militares bajo la dirección de los EEUU de Washington, plan inspirado en
la doctrina Kissinger o en la funesta doctrina de la “seguridad nacional”, fue
diseñado y planificado conscientemente contando con sus mandos, tácticas y
fuerzas operacionales coordinadas y adiestradas para tal fin siniestro. Lo
mismo aplica para el antecedente de tal plan, el más terrible de la historia de
la Humanidad llevado a cabo por el nazismo.
En
este caso, el de la comisión extendida de feminicidios no existe tal cosa como
tal.
Pero
sí cabe pensar que procede como si sí fuese un plan deliberadamente
concebido e implementado.
Es
como si una fuerza armada o un desatado “grupo de tareas” tipo ESMA actuara con
el propósito de atemorizar y aterrorizar a las mujeres, maltratarlas en todas
las formas y, finalmente, matarlas.
Esa
configuración no planificada pero sí actuante de hecho es
lo que subyace a esta virulencia feminicida y es tal configuración la que se
percibe por parte de las mujeres potencialmente víctimas, de quienes se sienten
carne con ellas y de las poblaciones en general.
Esa
configuración percibida, aunque no manifiestamente constatable es la que
moviliza contra los feminicidios, la que dio lugar al movimiento “Ni una menos”
y la que motivó la justificable reacción de la población de Rojas.
“Ni una menos” es un grito colectivo desesperado
que denuncia que hay algo, innominado pero cierto, que ejerce el
criminal oficio de matar una mujer más cada veinte horas.
Cabe
interpretar que ese grito está dirigido al Estado como totalidad y a cada uno
de los órganos que lo conforman, empezando por gobiernos, parlamentos y aparato
judicial.
De
tal manera ese grito sintoniza con mi hipótesis de que la totalidad de los
feminicidas, lo ya declarados y los que están al acecho, constituyen un
“ejército” de facto o un subrepticio “grupo de tareas”.
Si
tal hipótesis es válida, entonces hay que investigar el porqué de ese “grupo de
tareas”, investigar científicamente hablando, valiéndose de la investigación
social.
Es
materia asumida que el feminicida cosifica a la mujer, la rebaja a la condición
de bien que se posee y sobre el cual él tiene todos los derechos para obrar a
su antojo. Es también convicción generalizada y, por cierto, fundamentada que
el feminicida se ampara o es avalado por el patriarcalismo, el machismo, la
desigualdad, la naturalización de relaciones de poder según la cual hay quien o
quienes tienen la potestad de volcar tales relaciones en su provecho hasta el
punto del despotismo y quienes tienen que acatar sumisamente hasta el extremo
de la humillación.
En
la Argentina hace más de un año concluyó un gobierno despótico que hacía de
esta última afirmación su estandarte.
Ahora
bien, si la hipótesis que acá planteo, la de una fuerza armada o “grupo de
tareas” que tiene por objeto reprimir a la mujer por mujer llegando a los
peores extremos, manteniendo todo lo antedicho sin cambiar ni una coma, hay
que ir más allá para fundamentar con toda claridad que el feminicidio debe ser
considerado crimen de lesa humanidad con todo lo que implica y, por lo tanto,
afrontarlo con el fin de desterrarlo: debe ser una cuestión de Estado.
Sigamos
conjeturando a la búsqueda de ese porqué a investigar para ir apuntalando esta
última aseveración.
Ese
“grupo de tareas” aparentemente no coordinado, no conscientemente conformado,
que no es instrumento voluntario de un plan diseñado, responde, sin embargo, a
un designio y un programa tácitos.
Su
porqué bien podría ser, en primera instancia y empezando por lo más accesible,
el de obligar a las mujeres a acatar lo tradicionalmente establecido, a
someterse a un régimen francamente conservador en el cual la mujer es su
posesión, su esclava, su “cosa”, su dominada, su prolongación carente de toda
libertad o autonomía.
En
este caso, el “ejército de feminicidas” respondería a una especie de Voluntad
(la asociación con el nazismo, el fascismo o el falangismo es inevitable), a
una especie de voluntad superior que impone la desigualdad de género a la
manera de la desigualdad de clases: el esclavista o señor y la esclava o la
sierva (la remisión a Hegel, a Marx, a Engels, a la Revolución Rusa para la
comprensión de esto es ineludible; también a Perón, a Eva Perón y muchos
históricos dirigentes e intelectuales de los movimientos nacionales y
populares).
El
señor, el dominador, el poseedor, consciente de su poder se vale de la
sometida, de la mujer apropiada, para que se ocupe de las cosas: él manda y
ella produce y se conduce según el capricho de ese “él”.
Aunque
cada feminicida pareciera seguir su propia voluntad, este análisis lleva a que,
siendo culpable y criminal, es un integrante supuestamente “espontáneo e
inconsciente” de una falange que tiene por “misión” mantener como sea un
régimen ancestral.
Otra
manera de decirlo es que la totalidad de los feminicidas actuales y potenciales
actúa como una maquinaria productora en serie para los propósitos arriba
mencionados.
Ese
“grupo de tareas” o ese “ejército” o esa falange responde entonces a
concentradores de poder, a grandes concentradores de poder para los cuales
cualquier derecho, y en este caso el de las mujeres, significa una restricción
o un obstáculo para incrementar su dominio.
El
feminicida (o cualquier violento de género) es, entonces, al mismo tiempo,
integrante de ese “ejército”, dominante sobre la mujer y servil del Amo
perpetuador del régimen despótico y de la depredación voraz.
Curiosamente,
el asesino de Úrsula, es policía: por lo tanto, muestra con diáfana elocuencia
que es simultáneamente el que domina a quien él considera “su” mujer y el que
reprime para servir incondicionalmente a ese Amo. Que sea policía lo hace más
evidente, pero todo maltratador o feminicida se encuentra en ese lugar
bisagra, aunque no use uniforme.
Así
se va vislumbrando una causa que está en la base de los porqués sustentables ya
enunciados: el ejército de violentos y feminicidas aspira al beneplácito
o la recompensa del Amo para quien la mujer sólo es un útil, un
utensilio sea como doméstica, sea como servidora sexual, sea como trabajadora
de la industria, del campo, del sector de los servicios o del comercio o sea
como esposa para el lucimiento, para exhibir a la manera de un auto de altísima
gama, y para potenciar su capacidad competitiva.
La
Historia de gran parte de la humanidad es en gran medida la historia del
sometimiento de las mujeres, sometimiento coexistente con el de los explotados,
subyugados, esclavizados por las distintas configuraciones, mutaciones
incluidas, que el despotismo en su fatídica evolución fue adoptando a lo largo
de los milenios.
Ahora
bien, hay una Historia previa a tal Historia, lo cual destaca Rupert Graves, en
que se desconocía el vínculo entre el coito heterosexual y la concepción, el
embarazo. Según parece, en aquel lejano período la mujer tenía un lugar
protagónico y el varón era solamente tenido en cuenta como partenaire
para el placer erótico. Es la época casi prehistórica del predominio de las
deidades femeninas.
Por
lo tanto, el rol del varón como semental, como partícipe de la reproducción, es
un descubrimiento y, por ende, un acontecimiento más cultural que biológico
(que se entienda, no estoy negando lo biológico, sin lo cual no habría
reproducción, sino ubicando el significado de ésta en la Cultura).
De
tal manera, no es simplemente a la Naturaleza a la que hay que atribuir el rol
que el varón adquiere como portador del falo o, si se prefiere, de acuerdo a
ciertos desarrollos psicoanalíticos, portador del pene (en tanto el falo es
enviado a lo imaginario o a lo simbólico).
No
hay duda acerca de que ese descubrimiento es una de las bases que dio lugar a
que el varón fuese valorizado o revalorizado otorgando a la penetración
(pene-tración no sería un simple jueguito retórico) un papel determinante,
cuando en rigor el coito -hetero y homosexual – supone “compenetración”: ambos
integrantes de la pareja son igualmente activos, ambos, objetivamente, merecen
ser reconocidos como dotados de similar poder y corresponde que ambos sean
reconocidos con idéntico derecho al placer y a la consecución del mismo.
Este
rodeo por la intimidad de lo erótico (me resisto a aplicar la categoría de
sexualidad en humanos) es para señalar que no hay nada en la Naturaleza ni en
lo biológico que indique que el varón pueda aspirar a un lugar protagónico y
hasta excluyente.
Es
desde la Cultura que hay que abordar la cuestión.
En
la Historia más conocida, la que se extiende a lo largo de los últimos milenios
en gran parte de la Humanidad (no en toda la humanidad en toda época y lugar),
las configuraciones socioculturales, políticas, psicológicas y económicas
tendieron a otorgar el privilegio al varón y, particularmente, al Amo, al cual
la gran mayoría de los varones tendió y tiende todavía a subordinarse, acatar,
responder actuando en consecuencia.
De
tal manera, sólo el Estado puede ser el regulador, orientador y
patrocinador de la estrategia integral a encarar para modificar de cuajo
comportamientos, creencias y valores ancestrales tan arraigados.
Al
mismo tiempo, sólo la conducción, la organización y la acción políticas, la
Política, es la herramienta por excelencia para que el
Estado asuma ese rol tan activo y para que las sociedades evolucionen en un
reconocimiento que ya se torna un imperativo perentorio, en tono de ultimátum:
basta de sometimiento de la mujer y adelante con la definitiva equiparación de
género y de géneros.
Para
que Política y Estado logren avanzar a paso acelerado en pos de cumplir con ese
imperativo hay que considerar al feminicidio como equivalente al crimen de lesa
humanidad con todo lo que tal estatus supone.
La
totalidad de las instituciones estatales y la totalidad de las organizaciones
políticas que asumen tal imperativo deben concurrir para plasmar una revolución
social, cultural, política, psicológica, económica o integralmente
antropológica, al mismo tiempo que lo jurídico en particular debe ser
homogeneizado y aggiornado para adoptar una firme posición preventiva y
condenatoria de tal tipo de crimen, que, de acuerdo a la hipótesis antes
volcada, es “crimen organizado” aunque no lo parezca.
Toda
organización, todo tipo de organización, debe estar contemplada en esa acción
revolucionaria: hogares, instituciones educativas desde la más temprana edad de
los educandos, organismos de gobierno y estatales, parlamentos, medios de
comunicación, organizaciones de la sociedad civil, gremios, instituciones de la
salud, empresas de toda índole y tamaño, todo el llamado poder judicial con las
fuerzas de seguridad incluidas, fuerzas armadas, etc.
No
puede quedar un rincón al cual no llegue con toda la potencia el imperativo
perentorio de valorización plena de las mujeres como mujeres, en tanto mujeres.
Quienes
participamos de las Ciencias de lo Humano, quienes somos científicos sociales
en general, debemos, además del compromiso político activo, hacer nuestro
aporte especializado, conscientes de que hay mucho que revisar.
El
abuso del que eran víctimas, por parte de victimarios familiares o cercanos,
las pacientes de Freud no eran “fantasía de histérica”. Tampoco se puede seguir
sosteniendo la tesis de la Ley del Padre como estructurante de lo social o la
primacía del falo con el par fálico/castrado o el intercambio de mujeres según
el planteo de Lévi-Strauss ni tantas aberraciones, hoy aberraciones, que
numerosos filósofos, pensadores, teóricos o intelectuales empezando por los
clásicos han acuñado descalificando a la mujer. Menos que menos puede seguir
suscribiéndose tantas elucubraciones y galimatías, frecuentemente excéntricas,
del psiquiatra y teólogo laico francés Jacques Lacan como su peregrina
afirmación de que “la mujer no existe” valiéndose de argumentos que serían
perfectamente aplicables para dictaminar que “el varón no existe”.
Concluyendo:
Los
feminicidios son cuestión de Estado y la Política es la guía y la vía para la
superación de este flagelo,
Los
feminicidas son brazos ejecutores de una organización criminal virtual, a la
manera de un “grupo de tareas” del tipo de los que operaban con la última
dictadura cívico militar terrorista de estado.
Rubén
Rojas Breu
Buenos
Aires, febrero 11 de 2021
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