Rubén Rojas Breu
PARA UN PROYECTO Y PARA UNA CONDUCCIÓN POLÍTICA DE
LA ARGENTINA Y DEL PUEBLO
A levar anclas
Índice temático
A manera de prólogo
Cuadro de situación
Una incursión en nuestra historia
Dos obstáculos: colonización y mediocridad
El pantano
Un aparte insoslayable
Algunas referencias históricas sobre conducción
política
A contemplar
Contexto
Conflictos básicos
Definiendo conceptos de Política
Bases de un proyecto político para la Argentina
Para una conducción política de la Argentina
La conducción política
Estrategia
Los objetivos
Cómo
Epílogo
Reflexión de cierre
Bibliografía
A manera de prólogo
Reiteradamente y desde hace décadas, vengo
señalando que la Argentina sobrelleva una doble carencia:
carencia de un Proyecto y carencia de Conducción Política.
Esta doble carencia es notoria desde la muerte de
Perón. Tal aserto no supone adhesión acrítica o “culto de la personalidad” sino
el reconocimiento de que, independientemente de cualquier juicio, desde la muerte
de Perón nadie, ni persona ni organización que gocen de conocimiento público,
se han propuesto un Proyecto y una Conducción.
Quien esto escribe lo intentó y lo intenta, pero la
vocación por la decadencia dominante me impide alcanzar la suficiente trascendencia
pese a tanto esfuerzo.
No obstante, mis firmes e inclaudicables
convicciones por la emancipación y realización de nación-pueblo-trabajadores me
impulsa a persistir, quizá obstinada e inútilmente, en este empeño.
Por eso, este texto.
Ahora bien, no se puede ir de un puerto a otro con
un barco anclado.
Las dirigencias de nuestro país que se ubican en el
campo nacional y popular, en el “progresismo” o en la izquierda, que se
manifiestan en favor de la causa y de los intereses de los trabajadores,
parecen ancladas, inmovilizadas, pese al gravísimo cuadro de situación que la
Argentina afronta.
Aclaro: ancladas en tanto y en cuanto no pueden
hacer que nuestro país zarpe en busca, definitivamente, de un futuro
promisorio, de prosperidad, de justicia, de soberanía, de derechos plenos para
el pueblo y para los trabajadores.
Una demostración de ese quedantismo dirigencial es
que incluso las movilizaciones frecuentes y en aumento se hacen con el objeto
de presionar a los gobiernos para que modifiquen su rumbo político y económico:
francamente, como mínimo, eso es pecar de ingenuidad.
¿Cambiar estos gobiernos sus políticas, aún
bajo presión? Es como pedirle a un tigre que se alimente de ensaladas vegetales
o a un rinoceronte que dé una clase magistral sobre la Teoría de la
Relatividad. ¿Se puede pedir que se seque el patio mientras está
diluviando?
Pasando de la retorización a los datos, lo que
estamos transitando compagina atraso en todas las áreas, pobreza e indigencia
crecientes, hambre, injusticia social-política-jurídica, inflación, caída de
los salarios y jubilaciones, todo tipo de ataques a trabajadores pérdida de
capacidad adquisitiva, desigualdad en forma de catarata, tarifas onerosas,
desconocimiento de derechos, inclusive en el pasado reciente desapariciones
forzadas y, además, hay presas/os políticos etc.
Etcétera.
En ese cuadro de situación tan repetitivo por
décadas, así como devastador, las supuestas dirigencias se desviven por ganar
espacios endebles en sus misérrimas internas o en peleas por gallináceas
(expresión típica de Perón). Mediocridad, incultura política, falta de
convocatoria, sumisión a intereses extranjeros y genuflexión con los
concentradores locales de poder y de riqueza “brillan” en el firmamento bajo el
que habitan jefas y jefes de las fuerzas políticas (o politiqueras).
Por eso el subtítulo retórico: una combinación de
metáfora, metonimia y sarcasmo. A la vez es un dramático llamado para
justamente levar anclas, para generar la conducción que haga de la Argentina un
país que logre su plena realización. Esa plena realización conlleva la
integración latinoamericana y la solidaridad activa con los pueblos postergados
o sometidos del planeta. También es un grito, que puedo estar lanzando en el
desierto, para contar con un Proyecto, un Proyecto, que sea efectivamente
plasmado.
El subtítulo, entonces, es una convocatoria a
asumir que se requiere, imperiosamente, un Proyecto y una conducción política.
Cuando digo la Argentina estoy aludiendo al
conjunto conformado por la nación, el pueblo y las/los trabajadoras/es.
Si bien tal carencia de conducción se da desde hace
décadas, hay circunstancias en las que se hizo o se hace más patente, como por
ejemplo en el 2001 o en la situación que nos llevó a tener que soportar durante
cuatro años el gobierno de la alianza Cambiemos, alianza que favorecida por la
incapacidad del llamado campo nacional y popular, del progresismo y de la
izquierda tiene pretensiones ciertas de retornar al gobierno, pese a que sus
antecedentes son incalificables, incalificables por su acción depredadora y por
portar los genes de las dictaduras, especialmente de la exterminadora de todo,
la del período 76-83.
Cuadro de situación
En la Argentina y en América Latina, como en la
totalidad de los países postergados del planeta, la derecha es, innatamente,
no sólo antipopular sino también antinacional.
Es una derecha, por otra parte, tan anacrónica que
se está sosteniendo ideológicamente ya no sobre credos, racionalizaciones o
creencias, sino construcciones delirantes lo cual explica tantas declaraciones
extravagantes, gestos abiertamente groseros, justificaciones bizarras,
comentarios irrisorios por parte de gobernantes y su alianza, sus apoyos,
integrantes, etc. Es una derecha que ya devino lo que era de esperar:
ultraderecha o extrema derecha, certificado esto por el atentado contra la
vicepresidente.
Lo de antinacional es una diferencia clave respecto
de la derecha de los países centrales en los cuales responde a los intereses
nacionales: por ejemplo, la derecha de
Francia, de Alemania o de Japón antepone los intereses de su nación a cualquier
otro fin.
Para desarrollar el Proyecto y cómo debiera ser una
conducción política de la Argentina, se requiere que nos introduzcamos en
algunos temas que son fundamentales para el tratamiento riguroso, en
profundidad y didáctico de tal cuestión. También para que sea trasladable a la
praxis.
Las dirigencias actuales de nuestro país no están a
la altura de la conducción política. No muestran
la aptitud ni la actitud ni la vocación para alcanzar esa altura.
Me refiero, tal como más arriba lo digo, a las
dirigencias populares, nacionales y/o de trabajadoras/es. Son a las que les
debería caber la aplicación de tal categoría: dirigencias (aunque les queda
grande por donde se mire asignarles tal estatus).
A quienes se ubican abiertamente en la derecha o en
la ultraderecha no los podemos considerar integrando dirigencias toda vez que
encarnan o representan a camarillas locales oligárquicas y plutocráticas y/o
son delegados de las potencias y corporaciones dominantes del planeta. Además,
abiertamente, adhieren al despotismo, despotismo iletrado por otra parte y
crecientemente expresan posiciones fascistoides cuando no claramente pro nazis.
Volviendo a las “dirigencias” observamos que
tienden a encerrarse en los límites que fija la endogamia, en la agenda del día
a día generalmente fijada por las camarillas, los factores ciertos de poder,
los medios de comunicación masiva o las encuestas “de opinión de la
gente” que se difunden, en los debates y problemáticas de escasa o mediana
trascendencia, en la falta de articulación de los actores, sectores, factores y
vectores claramente determinantes.
Además, estas dirigencias se comportan reactivamente:
reaccionan sin iniciativa ante las circunstancias que no manejan,
circunstancias sociales, políticas y económicas. Parece que no caen en la
cuenta que un principio básico de la conducción es tener la iniciativa,
porque si la iniciativa la tiene el oponente o el factor de poder, éste,
aún dentro de su incapacidad, dirige.
Para más, la soberbia se apropió de tales
dirigentes o de supuestos cuadros con protagonismo mediático, que no tienen la
menor conciencia de que sus aspiraciones son desmesuradas. Actualmente
comienzan a circular nombres de candidatos presidenciales, en medio del
marasmo, que a todas luces serían incapaces de afrontar tamaña responsabilidad.
Estas dirigencias encaran acciones sin que se
pongan de manifiesto ni un proyecto ni la estrategia para concretarlo. Se
comportan como si las reglas de un institucionalismo vacuo o una república
meramente formal establecieran las referencias y los marcos de su conducta
política.
Se conducen con ligereza respecto a conceptos
fundamentales de la política y para naciones, pueblos, trabajadores.
Hacen, de tales conceptos fundamentales, nociones
vagas a las que se da por sobreentendidas: me refiero a “democracia”,
“política”, “poder”, “república”, “patria”, “nación”, “pueblo”, “ciudadanía”,
“opinión pública”, “electorado”, “clase media”, “instituciones”, etc.
No tienen en cuenta que, en el 2001, entre otras
significaciones dignas de valoración, la rebelión popular cuestionó de raíz un
régimen tan despótico como endeble, cuestionó en sus bases mismas la
configuración ideada por Montesquieu, la de los “tres poderes”, configuración
valiosa para todo lo que sucederá a partir del siglo XVIII, pero ya en estado
de fosilización.
La tesis de los “tres poderes formales” es arcaica
para el mundo, a la vista de lo que sucede en todas las latitudes.
Esa rebelión argentina hizo punta
internacionalmente respecto de tal cuestión y mereció ser aprovechada,
resaltada, interpretada en profundidad y convertida en la revolución esperada
y, más aún, en modelo de revolución para el planeta.
Hoy está a la vista que los tres poderes formales
hacen agua: se hace patente en la impotencia del Ejecutivo, en la incapacidad del
Congreso y de las legislaturas y en el intervencionismo del Judicial encabezado
por una Corte a contramano de la historia y, paradójicamente, de la justicia. En conjunto, estos poderes, están sosteniendo
un régimen que ya ni siquiera es capaz de prometer y que es objeto de creciente
caída de la credibilidad.
Es un régimen despótico, por períodos de un modo desembozado, por períodos
de un modo enmascarado.
El despotismo radica en que impone, por los diversos medios, su voluntad,
desconociendo la única autoridad legítima que es la del pueblo; radica también,
que ante el espejo se ve como ideal, se ve como si contar con instituciones
formalmente legítimas y aparentemente maduras hace que parezca que vivimos en
una democracia.
A lo largo de la historia los pueblos se alzaron
contra los despotismos.
Más allá de los conflictos de clase los pueblos,
tarde o temprano, se declaran contra los sectores que los subyugan, contra los
sectores que impiden el ejercicio de la democracia como debe ser entendida.
Si bien el prólogo y este cuadro de situación
tienen cierto carácter de manifiesto, a la vez anticipan, enmarcando, el
enfoque, los contenidos y los fines de este documento.
Aun cuando volveré sobre lo que voy a afirmar, vale
introducirlo ahora para ubicarnos mejor en la lectura de este texto:
sólo la política, sólo la organización, la cultura,
la conducción, la estrategia y la acción políticas pueden producir una
transformación a fondo y plasmar la realización de una nación, su pueblo y sus
trabajadores.
Una incursión en nuestra historia
Esta incursión es lo más breve posible ya que sólo
tiene como fin encuadrar los desarrollos posteriores de este texto. Espero que,
dentro de su brevedad, sea elocuente.
Desde los albores de la patria dos proyectos
antagónicos emergen y se prolongan como tales hasta hoy.
Uno de tales proyectos es el de una nación plenamente soberana a la vez
que integrada a América Latina, con el pueblo como su actor protagónico y cuyo
objetivo es la realización plena de argentinas y argentinos, promoviendo el desarrollo
integral y la justicia en todas las áreas de la vida. Es un proyecto que
impulsa los derechos de trabajadoras y trabajadores a la vez que aspira a un
país que ocupe posiciones de vanguardia con un estado activamente involucrado
en la producción, la educación y salud públicas, la ciencia, la innovación
tecnológica, la infraestructura, que aliente al empresariado local respetuoso
de nuestro país y con una política internacional que procure la
integración latinoamericana y la amistad entre naciones y pueblos, incluyendo
el respeto por los pueblos precolombinos, evitando todo alineamiento con las
potencias y corporaciones dominantes del planeta. Desde luego, se deduce que se
trata de un proyecto que se opone a todo tipo de despotismo local y a toda tutela
o injerencia extranjera.
El otro proyecto es, lisa y llanamente, el de la reacción, el de la reacción oligárquica
que aspira a la colonización cultural, social, política y económica de nuestro
país. Es el proyecto de los privilegios, de los hacendados, de la banca y de la
gran burguesía local, tan dependiente ella del extranjero. Es el proyecto de la
subordinación y entrega al imperialismo, al colonialismo y/o al
neocolonialismo.
En el balance, al cabo de más de dos siglos, cabe
admitir con dolor que el segundo proyecto lleva la delantera. Tomando los
últimos setenta años, el peronismo con la conducción del movimiento peronista y
el liderazgo de Perón, materializó hasta cierto punto el primero de los
proyectos.
Las versiones más atroces del proyecto reaccionario,
comenzando por las dictaduras cívico-militares, especialmente la última, la del
plan sistemático de exterminio, incluyen, particularmente, los 90 y la
actualidad.
Conclusión 1: para el diseño de un Proyecto y para una conducción política argentina
sólo vale el primero de los proyectos que se enfrentan desde los inicios de
nuestra historia.
Dos obstáculos: colonización y mediocridad
Muchos son los obstáculos en el camino hacia la
concreción del primer proyecto, el proyecto de nación soberana y plenamente
realizada, de pueblo y trabajadores protagonistas.
Quizá los del título de este punto resuman a todos
ellos; además, tal título busca expresar un nexo intrínseco entre colonización
y mediocridad.
La colonización se expresa de diversas maneras y en los variados
terrenos: el cultural, el social, el político, el psicológico, el económico,
etc. La colonización hace de todo su territorio.
La mediocridad implica la cortedad de miras, la pobreza de las
aspiraciones, el desdén por el conocimiento, los antagonismos irrelevantes, los
internismos, las ambiciones desmedidas de los incapaces, el culto de figuras y
producciones gestadas en las entrañas del imperialismo.
Colonización y mediocridad van de la mano, porque
¿qué más quiere el colonizador que los mediocres prosperen considerando que son
vasallos incondicionales, frívolos y de bajas aspiraciones? A su vez, ¿qué
más quieren los mediocres que verse cobijados por quienes concentran poder?
Cuando se dice, como acontece actualmente, que
tenemos gobernantes ineptos que sirven a los intereses inconfesables de los
concentradores de poder locales e internacionales se está incurriendo en una
obviedad: la ineptitud es endógenamente solidaria con la sumisión, con el
ejercicio del vicariato y con el despotismo.
A continuación, desgranamos en torno a cómo se
expresan la colonización y la mediocridad.
Conclusión 2: en todos los terrenos para contar con un Proyecto que
se materialice y con una conducción política de la Argentina hay que dar
batalla contra la colonización y la mediocridad.
El pantano
Las dirigencias políticas – y las otras –no sólo
parecen un barco anclado sino inmerso en un pantano.
Es notorio que abundan los diagnósticos sobre qué
sucede con la Argentina o en ella. Hay diagnósticos, pronósticos y propuestas
de los más variados gustos, pero, curiosamente, no llegan al nivel de
profundidad que la complejidad de la cuestión exige. Hay como un regodeo con la
queja y el denuncismo, en vez de afrontar abiertamente la batalla política y
tomar la iniciativa.
También llama la atención que las dirigencias
abreven en elaboraciones ideológicas, en disquisiciones de intelectuales y
hasta en producciones literarias o fílmicas que se originan, en primera o en
última instancia, en usinas que precisamente responden a intereses antagónicos
con los de la Argentina, usinas radicadas en las potencias dominantes del
planeta.
Esas usinas a través de las universidades, un
ejército de intelectuales y un sinnúmero de propagandistas, a menudo
disfrazados, desparraman a troche y moche dogmas que tienen por objeto
justificar lo existente, justificar la postergación de nuestros países y sus
pueblos, justificar el sometimiento y hasta la pobreza y la represión, aun
cuando a menudo se tapizan con un “lenguaje progresista”.
Cada mañana nos desayunamos con algún nuevo
personaje o con alguna renovada sofística que “nos iluminan” en torno a “cuál
es el mundo en el que vivimos”: así, se pasean ante nuestros ojos credos tales
como el posmodernismo, la posverdad, la biopolítica, la psicopolítica, la
calidad total, la sociedad del conocimiento, la era de la comunicación, la inteligencia
emocional, el populismo y el antipopulismo, el conductismo, el lacanismo, la
autoayuda, “la construcción de la subjetividad”, etc.
“Pensadoras y pensadores” abruman con un torbellino
de extravíos, de construcciones francamente delirantes a la par que viciadas,
para lograr la adaptación, el disciplinamiento y para inhibir cualquier intento
en serio de transformación del injusto estado de cosas. Francamente, a Molière
le sobrarían fuentes de inspiración gracias a dirigentes y opinantes mediáticos
y también gracias a sus “maestros”.
Eso sucede en un mundo que afronta una desigualdad
inédita en el cual el 1% disfruta de fortunas que superan con creces el
patrimonio de las dos terceras partes de la población del planeta. Eso sucede
en un mundo en el cual el oscurantismo parece estar ganándole la batalla a las
Ciencias de lo Humano y, quizá también, a las de la Naturaleza.
Esto sucede en un mundo en el cual se ha instalado
una suerte de régimen neopatronal: un puñado de patrones multinacionales, con nombre
y apellido, perfectamente identificables, manda sobre más de siete mil millones
de habitantes del planeta.
Lo más grave de esas creencias o dogmas es que
encierran a las dirigencias y poblaciones en los claustros de la endogamia.
Parten de nociones obsoletas y clausurantes para explicar el curso de la
historia y los comportamientos sociales.
Muchos guitarrean con que hay que “resolverle los
problemas a la gente y que la gente quiere cosas concretas”: qué se puede decir
de tamaña tontería que revela hasta dónde estos personajes ignoran, por
ejemplo, qué significa “problema” – cuestión pilar de la ciencia – o qué
significa “concreto”, expresión que Marx definiera magníficamente en la Introducción
general a la crítica de la economía política como síntesis de múltiples
determinaciones.
La mirada debe ser, justamente, muy distinta: debe
afirmarse en la humanidad para ver desde allí el cuadro en su totalidad y,
al mismo tiempo, partir de cada expresión de lo local, centrando en la interacción,
en el intercambio, en ese ida y vuelta que permite comprender en su
profundidad a los procesos. Ésta es la perspectiva exogámica que es,
simultáneamente, la perspectiva científica y la perspectiva política.
No es ésta la mirada que las dirigencias, los
intelectuales en que abrevan y los medios de comunicación de masas estimulan.
Estamos empantanados.
Conclusión 3: para un Proyecto y para una conducción política no sólo hay que evitar
empantanarse sino, sobre todo, marchar, navegar, encaminarse, tomando la
iniciativa, hacia la concreción del proyecto para la Argentina. Y debe
hacerse según una mirada activa, penetrante, del horizonte en su totalidad.
Un aparte insoslayable
Un aparte insoslayable nos obliga a hacer un alto
para referirnos al papel e influencia de los EEUU de Washington.
Adopto esa denominación para dicho país ya que
carece de un nombre propio justificable. No puede aceptarse que se autodenomine
EEUU de América, nombre de clara inspiración anexionista con el que se usurpa
la denominación de todo nuestro continente. Como Washington, el esclavista, es
considerado en ese país “padre fundador” (categoría pueril, por cierto) y es
también el nombre de la ciudad capital, creo que es válido nominar así a ese
país hasta que llegado el momento adopte algo que le venga bien, habrá que
esperar.
No quiero extenderme sobre este punto más allá de
lo imprescindible para ubicarnos, dada la dimensión que ha alcanzado la
influencia de dicho país en el mundo, invadiendo, generando guerras
desastrosas, colonizando.
En particular, dado que este texto se centra en la
conducción política que requerimos y en el hacer de nuestras dirigencias,
enfatizo en torno a la penetración cultural de tal país, penetración que
acompaña o sostiene a sus prácticas intervencionistas en lo político, lo social
y lo económico, valiéndose de amenazas, bloqueos, presiones de toda índole,
ocupación territorial por vía de sus empresarios y de sus fuerzas armadas, etc.
Es muy preocupante que las dirigencias argentinas
–también tantas y tantos intelectuales – tomen a tal país como máximo
referente. En principio, circunscribiéndome a mis conocimientos
científicos, especialidad profesional y experiencia política, realmente
parece incomprensible que se valoren las producciones provenientes de dicho
país atinentes a las Ciencias de lo Humano, el cine, la literatura, el arte en
general. Se incurre todo el tiempo en sobrevalorar o hacer objeto de culto a
artistas, cineastas, novelistas, dramaturgos, poetas, actrices y actores,
pensadores washingtonianos (o sea, de los EEUUW), cuando sus obras y su
desempeño no sobrepasan el nivel de la ramplonería. Hasta han adquirido, por no
decir abiertamente comprado, injustificables Premios Nobel, esa impudicia del
mundo actual, en áreas o disciplinas como la paz, medicina, economía,
literatura, etc.
No alcanzan ni de lejos las producciones de otros
países, especialmente de Europa, de Asia y de América Latina (soy consciente de
que gran parte de las naciones europeas son colonialistas, pero cabe reconocer
que su producción científica e intelectual ha marcado, en gran medida, la
evolución de la humanidad).
Como el antiguo imperio romano, los EEUUW optan por
la fuerza en lugar de la creatividad, por lo establecido en vez de lo innovador,
por sostener regímenes despóticos en todo el planeta antes que por la voluntad
de los pueblos. No por nada este “gran país del Norte” tiene por dechado a
aquel antiguo imperio, cuya duración milenaria, poco le dejó a la humanidad, al
menos en términos proporcionales (sinceramente, estimadas y estimados lectoras
y lectores, lo de los acueductos y el “derecho romano” tiene sabor a muy poco).
Es un converso brasileño, Fernando Henrique Cardozo, quien hace unos años
sentenció: “debemos asumir que los EEUUW son la Roma actual”.
Así como Roma le copió a los helenos desde la
filosofía, el conocimiento científico y las artes hasta las diosas y los
dioses, EEUUW le plagió a Europa y, también a países como los nuestros, todo
cuanto pudo y pueden (indáguese la biografía de Tesla, por ejemplo). Es Umberto
Eco quien en su libro La estrategia de la ilusión ilustra, en detalle,
cuanto en EEUUW hay de réplica de Europa y, encima, según Eco, el “gran país
del norte” tiene la pretensión de que tales copias superan al original.
Es Habermas quien comenta que cuando el bon
vivant y esclavista Jefferson visitó la Francia de fin del siglo XVIII se
“enteró” que ellos habían hecho una revolución: este “padre fundador” no se
había dado cuenta (como tampoco sus pares connacionales) y era interés de los
franceses generar la impresión en todo el mundo de que su patria había dado
lugar a procesos revolucionarios en todas partes. De paso digamos que el
¿“revolucionario”? Jefferson en París presionó a Napoleón para que repusiera la
esclavitud en Haití.
Son Berger y Luckman quienes destacan un curioso
fenómeno propio de la población de los EEUUW que prácticamente no se da en
ningún otro lugar del planeta: la creencia de que sus instituciones son ajenas
a la acción humana, como si hubieran estado allí desde siempre creadas por
alguna divinidad.
Tampoco se hace alusión al papel que los cultos
tienen en la vida cotidiana y en todos los ámbitos, incluso justamente en las
instituciones empezando por los poderes formales con el judicial a la cabeza:
la Biblia es libro de cabecera de gobernantes, magnates, legisladores, jueces,
habitantes en general; saben de memoria cada versículo de esas milenarias
escrituras a la par que se resisten a la teoría de la evolución de las
especies. Hasta llegan a creer, masivamente, que sus “superhéroes” tienen
existencia real o que los marcianitos verdes pueden invadirlos en cualquier
momento.
Poco se habla de que se trata de un país
abiertamente esclavista hasta no hace mucho, que rechaza o humilla al
inmigrante, que posee altos niveles de pobreza e indigencia – notoria
desigualdad mediante -, que mantiene la pena de muerte en muchos de sus
estados, políticas inhumanas de disciplinamiento cuya manifestación más
dramática son sus cárceles las cuales albergan casi únicamente a negros e
hispanoamericanos, que abogan por la “supremacía blanca” y el racismo (ojo,
muchas veces de un modo muy subliminal, tratando de hacer creer que Nueva York
es ecuménica, abierta, plural), que cobija ese antro deleznable, Guantánamo,
ocupando territorio cubano.
Es también inquietante que se considere a sus
universidades, inspiradas en la comercialización, como generadoras de
conocimiento valioso; acotándome a mi campo como científico, investigador y
docente puedo sostener que en Ciencias de lo Humano no sólo son de una
aterradora pobreza, sino que son factorías propagandísticas, así como
justificadoras de la injusticia que agobia a la humanidad.
Es mi tesis que el encierro endogámico de las
dirigencias argentinas ha llevado a esta situación, como si el mundo se
redujera a las fronteras adentro y hasta cierto punto de nuestro país, y a los
EEUUW como referencia externa; el resto del planeta sólo es objeto de interés
esporádico, por ejemplo, si ocurre un atentado, un desastre natural o un
episodio de extrema gravedad que afecta a la economía mundial.
Ciertamente se ha ido extendiendo la influencia de
ese país como una mancha de aceite, se ha naturalizado a tal punto esa
influencia que caló hondo en la masa con la consiguiente pérdida de la cultura
política, el debilitamiento de las organizaciones políticas y, también, el
empobrecimiento y el eclipse de nuestra riqueza cultural.
Gran parte de la masa idealiza a tal país, su
“estilo de vida”, sus usos y costumbres, sus valores; consecuencia de ello es
que termina otorgando poder a sus vicarios, como sucede hoy.
Es espeluznante, por ejemplo, la trascendencia que
medios de comunicación masivos, referentes, periodistas, críticos y gran parte
de la población da a sus bufonescos premios Oscar.
Las dirigencias argentinas tienen que dar el
ejemplo dirigiendo su mirada y su valoración hacia las propias capacidades y
producciones argentinas, latinoamericanas y de todas las latitudes.
Francamente, los EEUUW poco, por no decir nada, han
aportado a la humanidad en términos constructivos, en términos de humanización.
Que alguna o algún eventual “progresista” de ese país, cuya vocación
anexionista de origen se manifiesta hasta en su bandera, exprese posiciones que
puedan parecer simpáticas para los pueblos no debería ser considerado: no sólo
porque una golondrina no hace verano, sino porque esas posiciones carecen de
genuinidad. No son auténticas.
Por otro lado, no sólo nos invaden con sus
superhéroes moldeados según los cánones fascistas, sino que se incurre en el
ridículo, por parte de intelectuales y críticos, de pretender que los mismos
son expresiones sublimes o actualizaciones excelsas de la antigua mitología
helénica. Hasta se llega al absurdo de pretender que la serie “Los Simpson” es
una manifestación contestataria, una producción que cuestiona el “estilo de
vida de los EEUUW”: risible si no fuera tan patético. Basta con ver cómo los
niños, con su candor, celebran a los personajes de esa serie, se identifican
con ellos, para caer en la cuenta que son otro artículo de propaganda
burdamente neocolonialista.
Se empieza rindiendo culto a algún cineasta de ese
origen o sus tiras de dibujos animados o a sus supuestos pensadores brillantes
y terminamos con bases en la triple frontera, Ushuaia, Neuquén, con la
apropiación de nuestras tierras, minas y campos petrolíferos, con sus
multinacionales decidiendo nuestra política interna e internacional, con
nuestro Atlántico Sur ocupado.
Otorgué todo este espacio a caracterizar a los
EEUUW porque su nefasta influencia y su intervencionismo violentan a nuestros
pueblos, a la mayoría de los pueblos del mundo, desde su nacimiento mismo, allá
por 1776. No podemos admitir que nos canten el arrorró mientras nos usurpan o
masacran pueblos.
Si no corremos este velo, afrontamos un serio impedimento para la
construcción de una conducción política.
Conclusión 4: la conducción política debe impulsar nuestra cultura, ideas y
producciones advirtiendo al mismo tiempo que “el gran país del Norte” jamás nos
va a considerar dignos de respeto.
Algunas referencias históricas sobre conducción
política
En nuestro país la figura más destacada en política
es la de Juan Domingo Perón, quien decía de sí mismo que no era político sino
apenas un aficionado; seguidamente, aclaraba que sí sabía sobre conducción y
estrategia.
Uso el tiempo presente, porque después de muerto
hace 44 años, ningún dirigente alcanzó su magnitud: admito la polémica, hasta
la polvareda, que esta aseveración puede producir; la admito y la valoro porque
respeto la pluralidad.
Pero acá no estoy escribiendo para seducir
o para embaucar; escribo para debatir, esclarecer, intercambiar, aportar,
azuzar. Las cosas están demasiado mal como para apelar a argumentaciones
complacientes y palabras endulzantes o como para movernos como si estuviéramos
pisando huevos.
Perón no simplemente gobernó. Condujo.
También produjo teoría y pensamiento en torno a
muchas temáticas y, centralmente, sobre la conducción política; un testimonio
es, justamente, su libro Conducción política.
Y como Perón, mucho y muy bueno ha producido un
vasto número de políticos y científicos sociales que tomaron partido por
nuestro país, por la realización plena de nuestro pueblo, por el protagonismo
de los trabajadores, tanto dentro de lo que se da en llamar el “campo nacional
y popular” como en la izquierda genuina. Sin embargo, esas producciones parecen
olvidadas o relegadas, al punto de que en lo que se conoce hoy como peronismo,
en cualquiera de sus variantes, puedo afirmar que no se conoce a Perón y, mucho
menos, se lo valora: en la acción, estas ficticias variantes del peronismo
distan sideralmente del fundacional. Lo mismo acontece con tantas producciones
locales y latinoamericanas que tan útiles son para comprender qué nos
pasa.
Me temo que un fenómeno similar se da en la izquierda
o, al menos, en gran parte de ella. No queda claro que hayan asimilado los
modelos de conducción política que brindaron Marx, Lenin, Trotsky, Luxemburgo,
Gramsci y tantas y tantos que merecen ser emulados, genuinamente
emulados.
Citar puede ser, simplemente, un vicio o un modo de
buscar refugio para evitar la asunción del desafío de conducir.
Ciertamente, tres interrogantes circulan con
creciente vigor entre argentinas y argentinos:
¿Cómo puede ser que la Argentina con su tradición
de cultura política, de luchas, de proyectos transformadores haya venido a
parar a esta situación?
¿Se reeditará una rebelión como la del 2001?
¿No es hora de considerar caduco al actual régimen
y proceder en consecuencia, respetando desde luego la Constitución Nacional,
las leyes y la vía pacífica?
Es más que notoria la discordancia entre los
tiempos de la población argentina y de sus dirigencias: mientras crece el clamor angustiante de argentinas
y argentinos para poner fin a lo que estamos padeciendo, las dirigencias
deshojan la margarita con miras a un supuesto proceso electoral esperanzador en
el 2023.
Lenin sentenció que el auténtico dirigente oye
crecer la hierba. Creo oportuno traer a colación esta afirmación del
revolucionario ruso.
Mientras el hambre arrasa con la salud de niñas,
niños y adolescentes, la inflación carcome el salario, el incremento
persistente del desempleo abandona a su peor suerte a trabajadoras y
trabajadores, la miseria acucia a jubiladas y jubilados, el patrimonio nacional
es saqueado y entregado, nuestro Atlántico Sur está invadido, se persiste para
las fuerzas armadas en la tesis de que deben estar destinadas a la seguridad
interior o al alineamiento internacional mientras se omite a los verdaderos
enemigos externos; mientras todo esto sucede, gran parte de
dirigentes, intelectuales y periodistas, apelando a un institucionalismo
obsoleto, se dedican a análisis y declamaciones que se reiteran una y otra vez
hasta sobrepasar todo umbral de hastío.
Todo parece guionado.
Conclusión 5: una conducción política debe estar por delante de las expectativas y
posibilidades del pueblo al cual dirigir.
A contemplar
Cabe destacar que para introducirse en la cuestión
de la conducción política se requiere de la teoría, de la teoría que se encuadra
en el marco de las Ciencias de lo Humano. También se precisa crear teoría en
ese campo de lo cual nos ocuparemos acá en la medida que haga falta.
Gran parte de la teoría que se utiliza en los
análisis que se difunde o en la que se basan estrategias y acciones ya ha
quedado obsoleta; a ese déficit se suman las imprecisiones y la mezcla del
lenguaje vulgar con el supuestamente científico.
Hace falta conceptualizar. Hace falta que nociones
vagas a las que se apela al tuntún o que se tratan con ligereza sean traídas al
campo epistémico, sean trasplantadas al conocimiento científico.
Por lo tanto, no sólo conceptualizaremos acerca de
la conducción política, tema central de este artículo, sino también acerca de
otros puntos concurrentes que hacen a la misma: conflictos básicos, la
diferenciación pueblo / masa, electorado, opinión pública, despotismo y sus
distintas expresiones, objetivo de posicionamiento, estrategia y algunos otros
que el propio desarrollo de este texto hará emerger.
La conducción política de una nación, de su pueblo
y sus trabajadores requiere y/o se articula con un proyecto, con la estrategia
y la acción y se apoya en la teoría: o sea, en un complejo sistema de conceptos
epistemológicamente sustentables e intrínsecamente relacionados.
La conducción política, valga la redundancia, adopta
como premisa la primacía de la política.
Definimos a la política como la disciplina
científica y la práctica que tienen por objetos interpretar las relaciones de
poder y operar sobre las mismas.
La palabra “relaciones” es clave porque la ciencia
se ocupa de relaciones. No hay ser ni sustancia ni esencia: el universo, y todo
lo que contiene, incluyendo desde luego a lo humano, es relaciones, es
conjunto o malla de relaciones al infinito.
Es sobre las relaciones de poder que hay que
producir teoría y es sobre tales relaciones que hay que operar.
Además, esas relaciones son activas, por lo cual
debemos considerarlas interacciones.
Para ampliar y precisar, incluimos ahora nuestra
definición de poder:
Poder es la
capacidad para pasar de una situación dada A a una situación ideal o aspirada B
en el seno de la interrelación entre distintos actores y sectores que demandan,
procuran y/o ejercen dicha capacidad y el complejo contexto en el que tal
interrelación se da.
Tal capacidad se pone en juego como una relación
entre tres términos:
El que
confiere el poder
El que asume
el poder
El contexto
en el cual ambos términos interactúan
Conclusión 6: una conducción política debe estimular a la vez que apoyarse en
desarrollos de las Ciencias de lo Humano, en la gestación y enriquecimiento de
teoría con finalidad de aplicación eficaz, teniendo como premisa la “primacía
de la política”.
Conclusión 7: la conducción política debe operar sobre relaciones de poder,
procurando que las mismas se tornen favorables a la nación, el pueblo y los
trabajadores - teniendo en cuenta nuestra definición de poder -.
Contexto
Obviedad: la Argentina forma parte de América
Latina, la cual debería tender a la plena integración y, por supuesto, forma
parte del planeta; también se incluye entre los países dependientes y
postergados; es, como todos ellos, víctima de un mundo profundamente injusto.
¿Por qué escribo esta obviedad? Porque el encierro endogámico de nuestras
dirigencias requiere que comencemos por recordar lo que debería ser el dato
primero de cualquier análisis, de cualquier diagnóstico de escenarios, de
pronósticos y elaboración de proyectos o propuestas.
Por ejemplo, hay que mirar a la Argentina en el
contexto regional e internacional y al mismo tiempo asumir que carece de
política internacional autónoma y sistemática.
Es evidente que la gran mayoría de dirigentes,
formadores de opinión, “expertos” y por supuesto de la población ignora cómo se
vive en otros países. Ignora, sobre todo, el grado de desarrollo alcanzado por
la mayoría de los países europeos, asiáticos, Oceanía y Canadá. No saben, y
probablemente muchos dirigentes, periodistas, y “expertos” aunque sepan ocultan
las condiciones laborales, el nivel alcanzado por la industria, la tecnología,
la informática, la robótica, la educación y la salud pública, los transportes,
el desarrollo espacial. Se ignora el nivel alcanzado en lo referente a los
derechos humanos para sus propios ciudadanos.
Desconocen o hacen caso omiso del rol preponderante
de los estados en esos países, los cuales muy habitualmente controlan, administran
y poseen toda la gama de servicios públicos desde la salud y educación hasta el
transporte y la energía.
Por ejemplo, Europa está cubierta de punta a punta
por una red ferroviaria de última generación, con trenes veloces y hasta de
alta velocidad, en pleno incremento; igualmente sucede con subterráneos y con
las líneas aéreas (cualquier aeropuerto de una gran ciudad europea, asiática,
canadiense o de Oceanía cuenta con un número de vuelos inmensamente superior a
Ezeiza, la más importante de nuestras estaciones aéreas). También se omite o se
ignora lo referente al desarrollo de las flotas marítimas y fluviales.
No se toma en cuenta la abismal diferencia de los
PBI globales y per cápita respecto de los de nuestros países.
Se desconoce el alcance, equipamiento,
entrenamiento y potencia de las fuerzas armadas y de seguridad.
Podría seguir abundando: sólo destaco que
argentinas y argentinos estamos hundidos en el desconocimiento o en una neblina
respecto de cuál es el mundo en el que vivimos, que estamos como atados a
nuestro entorno estrecho y que, en todo caso, sólo se aprecia a los EEUUW a
través de su gigantesca y arrolladora maquinaria propagandística.
Es grave, realmente grave; es limitante, realmente
limitante.
Las dirigencias populares tienen el deber de hacer
saber a la población argentina qué lejos estamos de los países desarrollados,
no para generar parálisis o impotencia, sino por ayudar a tomar conciencia de
cuánto mejor podríamos vivir y para neutralizar el encierro endogámico tan esterilizante.
Si las dirigencias populares prestaran más atención
a lo antedicho dispondrían de un bagaje inmensurable de argumentos probados
para demoler las falacias de tantos consultores y “versados” propagandistas del
“libre mercado”, la libre competencia, el papel excluyente de la iniciativa
privada para el desarrollo a la vez que desacreditan el rol del estado como
impulsor del mismo y adjudican el retraso a los costos laborales, la seguridad
social, las inversiones en salud y educación pública, etc. También desconocen u
ocultan el desarrollo de los mercados, el impulso a la competencia y el
aprovechamiento del capital que se da en esos otros países y, desde luego, lo
que sí puede aportar efectivamente la iniciativa privada.
También, y en sentido inverso o recíproco,
esa profundización en el conocimiento de los países avanzados de Europa y
otras latitudes reforzaría la autoestima colectiva respecto de áreas en las
cuales la Argentina y su pueblo se han destacado y destacan: la calidad de sus
trabajadores –obreros, empleados, docentes, profesionales, científicos,
artistas-, la evolución alcanzada en los derechos humanos en general y muy
especialmente en los laborales, el comportamiento hospitalario desde siempre a
inmigrantes provenientes de todo el mundo y, particularmente, de nuestro
maltratado continente, los gestos de solidaridad que tantas veces se tuvo con
países y pueblos avasallados, mientras las naciones avanzadas se demoraron o
demoran en la conquista de derechos, invaden otros países, son hostiles al
inmigrante, colonizan.
También hay que destacar que la Argentina ocupa el
podio mundial en lo referente a tradición de luchas populares y participación
política, junto con la Francia de la revolución que cambió el mundo a partir
del siglo XVIII y de los levantamientos obreros de la comuna de París y junto
con la Rusia que con su revolución transformó el planeta a partir de 1917.
El mundo aparece en los análisis de “expertos” y
políticos cuando sacude con decisiones que nos afectan; circunscribamos, cuando
las grandes potencias nos alteran el curso con sus decisiones o cuando en otros
países se dan fenómenos que interrumpen abrupta e indeseablemente el camino
adoptado por los concentradores de poder o los gobernantes locales, v.g., el
llamado “efecto tequila” o la tan meneada “crisis del 2008” entre otros.
Ahora, concluyendo 2022 se dice que nos altera la
revalorización del dólar, las tasas de los EEUU de Washington, los valores
erráticos de los productos primarios, las consecuencias de la pandemia y la
guerra entre Rusia y la OTAN que se libra en territorio ucraniano
.
Así la Argentina, respecto del mundo, se parece al
perro de Pavlov: según el estímulo proveniente de otras latitudes la Argentina
se conduce, siempre para mal.
En rigor, lo antedicho revela:
Que la Argentina es un país infradesarrollado extremadamente dependiente
Que las
dirigencias argentinas (y, por supuesto, sus gobernantes) no tienen en cuenta
sistemática y cotidianamente la marcha internacional
Que la Argentina carece de un proyecto para
ubicarse con un rol destacable
obviamente autónomo en el planeta.
De tal manera, el mundo siempre la sorprende; de
tal manera, la Argentina se mueve como marioneta al compás de las prácticas
despóticas de los estados y las corporaciones dominantes del planeta.
Las dirigencias argentinas parecen encontrar placer
en enredarse en las disputas domésticas y, para peor, se obnubilan con temas de
bajo alcance y tratados aisladamente.
En este mundo, se dice que por doquier reina el
capitalismo. Muchos advierten que se trata de un capitalismo agónico, pero,
salvando el poncho, a la vez aclaran que la agonía puede prolongarse por
décadas si no por siglos. Menuda agonía.
Sin discutir que efectivamente la organización
socioeconómica reinante es el capitalismo en su fase tardía, invito a la mirada
política.
No es que el capitalista por serlo acumula poder:
al contrario, porque aspira a la concentración de poder se vale del capitalismo. Esto, desde luego, sin olvidar que el capitalismo
es un sistema intrínsecamente injusto. Pero al mismo tiempo es únicamente una
formación socioeconómica que a través de la formulación de un Proyecto y de la
conducción política se debe instrumentar en favor del desarrollo de una nación
y la realización de su pueblo.
Conclusión 8: para el diseño de un Proyecto y para una conducción política se debe enfocar,
primeramente, el mundo y nuestra región, promoviendo la proyección
internacional autónoma de la Argentina integrada con América Latina y todos los
pueblos del mundo que aspiran a su total independencia.
Hay que pensar a la Argentina desde su lugar y su
rol potencial en el planeta.
Conflictos básicos
La Argentina afronta, entrelazados, dos conflictos
básicos:
- Pueblo y nación vs. despotismo en todas sus
variantes (concentración
local de poder y de riqueza, imperialismo, colonialismo y
neocolonialismo
- Trabajadores vs. capitalismo
La palabra “entrelazados” es clave porque el punto
de vista que acá expongo está alejado de aquello de contradicción primaria y
contradicción secundaria: una, porque estamos explorando lo real y no
moviéndonos dentro de la Lógica como materia de estudio; dos, porque se da
interacción y sinergia entre ambos conflictos.
El primero de los conflictos mencionados es ya
ancestral y, en los últimos setenta años, fue el movimiento peronista
fundacional, dirigido por Perón, el que lo afrontó abiertamente. Vale destacar
que también la izquierda, aun desde distintas perspectivas, encaró este
conflicto básico.
Respecto del segundo conflicto básico, comenzamos
afirmando que el capitalismo, como modo de organización socioeconómica no puede
por sí mismo ofrecer bienestar; además, el liberalismo clásico que sustentó al
capitalismo ya cayó en la obsolescencia y es incapaz de proponer democracia y
justicia.
Eso no significa que haya que arrasar con la
totalidad de los capitalistas ni desterrar a los liberales de buena fe: los
primeros, básicamente pequeños y medianos productores rurales e industriales
son requeridos para aportar al desarrollo deseable. Los segundos, porque pueden
aun alentar debates de importante proyección y propiciar argumentos para la
conquista de derechos que se van tornando impostergables. Además, se requiere
del concurso de grandes empresas: es partir de reconocer lo real sin incurrir
en concepciones que más que utópicas son dogmáticas y llevan a más decadencia. No
quiero acá abundar sobre esto, que puede ser objeto de alguna controversia, para
no abusar de la paciencia, ya probablemente un tanto agotada, de la lectora o
del lector.
Dejo en claro que el antagonismo entre trabajadores
y capitalismo es inherente a esta formación socioeconómica, pero eso no
significa que acabar con la misma sea un imperativo impostergable toda vez que
no podemos esperar a que el mundo le ponga fin vaya a saber cuándo. Dada
la situación actual, se trata de aprovechar lo que el capitalismo, de escaso o
precario desarrollo en la Argentina, pueda ofrecer para avanzar hacia el
objetivo de la realización de nación y pueblo.
Invito, de paso, a cuestionar tanta apelación a que
estamos siendo gobernados o manipulados por el neoliberalismo: en nuestros
países, lo que se da en llamar neoliberalismo – corriente aplicable a los
países dominantes – es obscena concentración de poder y de riqueza en manos de
monopolios locales y transnacionales. Hablemos claro, evitemos eufemismos y
tapujos.
Conclusión 9: para un Proyecto y para contar con una conducción
política se deben afrontar los conflictos básicos enunciados por la vía
pacífica, apelando a la organización política y la movilización popular,
convocando, tomando la iniciativa y sintetizando.
Definiendo conceptos de Política
Nación
Desde hace unas décadas, comenzó a instaurarse la
peregrina idea de que el mundo ingresaba en la globalización y que, con ella,
desaparecían las naciones; también se terminaría la historia e ingresaríamos en
la era del “fin de las ideologías”.
Bueno, no: la historia sigue tan viva como desde
que la humanidad existe, las ideologías proliferan, a menudo de modo muy
subliminal (por ejemplo, a través de la publicidad, de gran parte del cine, de
la literatura, de las artes, de la filosofía en curso, de la seudociencia, del
periodismo, etc.).
Y también siguen muy vivas las naciones: más aun,
al mismo tiempo que el mundo se interconecta, crecientemente aumentan los
reclamos y reivindicaciones locales, los separatismos, incluso los
fundamentalismos. Además, los países centrales se afirman en primer lugar como
naciones.
Tal circunstancia nos obliga a conceptualizar en
torno a la nación.
Los humanos, desde el punto de vista sociopolítico,
tenemos una doble pertenencia: a la humanidad y a las naciones.
Dicha doble pertenencia genera una constante
tensión dramática que sólo se resuelve a través de la integración: en cierto
modo, una población es tanto un adentro -en tanto pertenece a la comunidad- y
un afuera -en tanto participa de toda la humanidad-.
A su vez, las Naciones tienen un doble papel
vital:
- el de posibilitar la organización de la
Humanidad. Es decir, la Humanidad para conducirse se organiza a través de
las Naciones.
- el de preservar, en dinámica evolución,
la identidad de las sociedades y su capacidad de contener y de
proyectarse.
De esta manera, manteniendo fidelidad a lo ya
señalado acerca de la doble mirada, a la Nación hay que considerarla como
la síntesis de dos adscripciones concurrentes: la de cada sociedad y la de toda
la humanidad.
Ya no cabría pensar la Nación con el viejo criterio
atomista por el cual correspondería a una comunidad prima facie aislada
y atada a tradiciones que se ordena bajo una constitución y un gobierno. Pero
tampoco cabe pensar que las naciones son cosa del pasado, son configuraciones
obsoletas.
Nuestro planteo afirma y justifica la doble
concurrencia:
de los pueblos a sentirse pertenecientes a una
comunidad sociopolítica y sujetos de proyectos colectivos,
del planeta al plantear la interacción entre las
distintas comunidades como una interacción entre naciones.
La Nación es la resultante de la proyección colectivamente
asumida por un pueblo en un espacio-tiempo y de la organización de la humanidad en el
tránsito hacia su integración.
Conclusión 10: para un Proyecto y para la conducción política es decisivo proponer y
plasmar el desarrollo de la Nación, incluyendo en tal accionar la integración
latinoamericana y con los pueblos postergados del planeta.
Pueblo
El conocimiento científico y el rigor
epistemológico que tal conocimiento supone, no admiten
sinónimos. Digo esto, porque habitualmente se usan indistintamente palabras
como pueblo, opinión pública, gente, ciudadanía, masas, etc. Se apela a
una o a otra como si se tratara de la misma cosa.
Comienzo la conceptualización de pueblo,
diferenciándolo y contrastándolo con la masa, que, desde ya dejo en claro,
equivale a gente (ya que “gente” es la expresión eufemística y elegante de
masa).
Una entrada para tal diferenciación es la de oponer
lo orgánico a lo inorgánico, lo cual permite rápidamente establecer un primer
contraste: el pueblo tiende a lo orgánico, la masa tiende a lo inorgánico.
El pueblo tiende a extremar lo orgánico al punto de alcanzar el mayor nivel de
institucionalización en cada etapa histórica, mientras la masa se circunscribe
a la menor organicidad posible y a desestimar la institucionalización.
Precisamente ya Perón en varias de sus obras,
particularmente en Conducción Política y en algunos de sus discursos, sentó las
bases para tal diferenciación, acentuando la vinculación del peronismo con el
pueblo.
Por mi parte, acuñé la siguiente definición: pueblo
es la población políticamente culturalizada y organizada.
Esta definición es válida pero insuficiente:
requiere ser ampliada y precisada según lo que sigue.
Se da una doble articulación intrínseca,
ya que pueblo se determina por su vínculo con la nación, por un lado, y, con
los trabajadores, en tanto fuerza potencialmente revolucionaria y sólo en tanto
sea esa fuerza, por el otro.
En resumen: pueblo, nación y trabajadores
constituyen una tríada indisoluble.
El pueblo tiene como Objetivos básicos y estratégicos su emancipación y su realización plena y en todos los órdenes: cultural, social, políticos y económico.
Pero, además, en la medida que sostengo el abordaje
dialéctico, otro aval emerge para definir al pueblo en esa articulación y es el
que surge de los conflictos básicos antes mencionados: pueblo/nación vs.
despotismo y trabajadores vs. capitalismo.
En consecuencia, pueblo es la población políticamente
culturalizada y organizada, que se articula intrínsecamente al mismo tiempo con
la nación y con los trabajadores adoptando como sus objetivos trascendentes la emancipación y la realización en franca oposición con el despotismo.
Asimismo, tal oposición no está dada sólo porque el
pueblo conciba al despotismo en todas sus variantes como enemigo, sino también
porque tal despotismo considera en tal carácter al pueblo como concepto y a los
pueblos como concretos.
Creo que de esta manera trato al pueblo como un
concepto sustrayéndolo de la bruma nocional y de su lugar de comodín.
Al tratarlo así no hago más que aplicar un enfoque
sistémico-relacional o, para quienes prefieran, aplico una aproximación del
tipo “estructuralista”, en tanto y en cuanto pongo en juego en simultáneo las
operaciones de articulación, de aspiración, de diferenciación y de contradicción:
- El pueblo se articula con la nación y con
los trabajadores como fuerza potencialmente revolucionaria
- El pueblo aspira su emancipación y su realización plena
- El pueblo se diferencia de la masa (o de la
gente) al punto de la antítesis
- El pueblo se encuentra en antagonismo fundante
con el despotismo en todas sus variantes
Lo de población políticamente culturalizada y
organizada incluye a la totalidad de quienes se forman, comprometen, militan,
adquieren experiencia a través de la acción política (sea en el campo de la
política propiamente dicha, sea en la actividad gremial, en el movimiento
estudiantil y docente, en los movimientos sociales, en los organismos de DDHH,
etc.).
Así, ejemplificando, un trabajador precarizado que
integra un movimiento reivindicativo es políticamente culto y organizado y,
contrariamente, el ejecutivo, “CEO”, hacendado o intelectual que se define como
apolítico o hace antipolítica no integra al pueblo.
Por lo tanto, no se puede objetar, de ninguna
manera, como elitista, la definición de pueblo por mí acuñada.
El pueblo, de acuerdo a tal definición, supone
organización, movilización orientada a objetivos, conducción, estrategia y
acción transformadora.
La masa es la expresión de la tendencia a lo
inorgánico. La masa es un agregado tendencialmente amorfo.
Habiendo sido objeto de tratamiento por diversos
sociólogos o filósofos, de una manera o de otra, es Freud quien, hasta donde
sé, mejor la analiza y, podría asociarla a la noción sartreana de serie,
en donde cada integrante es indistinto, indiferenciado, es sólo un miembro sin
identidad que forma parte de un conjunto.
A su vez, tal concepto de serie es reformulado por
Bleger quien desarrolla el de sociabilidad sincrética, una sociabilidad “sin
identidades”, anónima, intangible que puede revelarse si se dan determinadas
condiciones.
Por otro lado, el psicoanalista británico Winfred
Bion, creador de la psicoterapia de grupos, a través de su concepto de “supuesto
básico” aporta a la caracterización de la masa, de un modo cercano al de
Bleger.
Ortega y Gasset se ocupa de la
masa y del hombre-masa, pero de un modo que, mal o bien interpretado, puede
conducir a una visión elitista e, incluso, cierta reivindicación de la
“nobleza” apetitosa para el franquismo. Sin embargo, aplicando la epojé
o extremando la abstracción (uso con renuencia ambas expresiones, que no avalo,
con la única finalidad de ser claro), podríamos decir que Ortega y Gasset
define la masa en términos bastante próximos a los autores antes mencionados
(aunque sin ver el rol que juega la identificación a la manera que lo hace
Freud). Podríamos agregar también a Le Bon o a Mac Dougall con su particular
visión, limitada, de la masa, visión objetada justamente por Freud.
También se puede establecer una correlación entre
la masa y el pueblo y los tipos ideales de autoridad o dominación de Weber:
tradicional y carismático se corresponden principalmente con la masa y el
racional-legal con el pueblo; hago la salvedad, de que estas correspondencias
no implican equivalencias, sino sólo una aproximación con la finalidad de
contribuir a hacer más claro lo que he expuesto.
Maquiavelo en El príncipe describe dos
comportamientos antitéticos a los que en mi libro Método Vincular. El valor
de la Estrategia, interpreto en términos de una ley: el que opone la
concentración del poder en el príncipe (o caudillo) versus el que
promueve la distribución de poder y la organización consiguiente. Masa el
primero, pueblo el segundo.
En mi producción, el Método Vincular, establezco
que la intersubjetividad tiende hacia uno de dos polos: el de la primarización,
que es el que contribuye a perfilar la masa, y el de la secundarización, que se
corresponde con el pueblo.
Ibsen, en Un enemigo del pueblo describe
cómo la masa (a la que él con las limitaciones de su época llama pueblo) se
opone al representante popular, el doctor Stockham (al que equivocadamente se
lo interpreta como expresión del “individuo”); Golding, en El señor de las
moscas, muestra los comportamientos antitéticos, el propio del pueblo
liderado por Ralph y el de la masa que expresa el retorno de la horda
primitiva, encabezado por Jack.
La razón de todas estas citas radica en que, por
distintas vías, distintos autores piensan a la masa como algo muy diferenciado,
diríamos antitético, respecto de lo que defino como pueblo. Aunque no hayan
podido conceptualizar sobre este tema.
Para no incurrir, con tantos citados, en erudición
estéril, me centro en que la masa supone un agregado que reconoce como lazo
vinculante a la identificación (Freud): cada integrante de la masa, por sí, se
identifica con algo o alguien por sólo un rasgo absolutizándolo y
entregándosele. Desde ya, el nazismo es la expresión más resonante y trágica de
tal proceso.
Los alemanes nazis, renunciando a su propia
identidad, ubican en el lugar del ideal de cada uno a Hitler basándose en un
rasgo de éste que se hace “totalizador y totalitario”: supongamos, la avidez
por la potencia. Sobre tal base, cada nazi se reconoce a sí mismo y se hermana
con sus camaradas por identificarse, en primer lugar, con Hitler: “somos nazis
en tanto todos asumimos, en primer lugar, a Hitler como nuestro líder”. No es
la organización ni un cuerpo de ideas el primer basamento, sino esa
identificación, identificación con un líder que, por supuesto, tenía cierta
caracterización y, que, sobre todo, prometía poder absoluto.
Hitler y sus cómplices, a su vez, sobre tal base,
generan lo que Freud llamaría una masa artificial a la manera de un ejército:
todos los nazis se comportan como integrantes de una cofradía fuertemente
consolidada cuyos objetivos y garantía de trascendencia se afirman sobre la
relación con el führer. Es decir, la masa puede darse cierta organicidad, y de
hecho se la da, pero tal organicidad se afirma en la negación de lo propio y de
la complejidad de cada integrante de la misma, se afirma en la sustitución de
tal “propio” y de tal complejidad por el tributo al líder, se afirma en la
verticalidad acrítica, en la obediencia “debida”.
La masa reconoce su origen ancestral en la horda
primitiva (Darwin y Freud) la cual se configuraba casi como una manada que
respondía a la autoridad despótica del macho jefe.
Más allá del carácter conjetural de la horda
primitiva, sirve para poner muy en negro sobre blanco, que una trama cuyas
raíces se hunden en el inconsciente social está siempre al acecho buscando
emerger. La barra brava o la patota son versiones actuales representativas de
esa supuesta horda primitiva.
Manifestaciones más funestas han sido los gobiernos
tiránicos cuyo máximum fue la última dictadura con sus grupos de tareas.
Sucede que, de acuerdo a lo expuesto, la que es
objeto de manipulación es la masa; el pueblo jamás puede ser manipulado,
justamente porque es la población políticamente culturalizada y organizada que
se caracteriza por la cuádruple operación ut supra detallada.
No toda masa es un reflejo de la horda primitiva
pero sí podemos suponer, fundadamente, que, tal figura, arroja luz sobre
comportamientos que, aunque parezcan “muy civilizados”, expresan el retorno de
un gregarismo patotero que provoca malestar, desazón, incluso pánico.
Lo que sí permite inferir esta apelación a una
noción que se remonta a lo más pretérito es que la masa es
sustancialmente atraída por el poder: aquello que o aquél que ocupe,
real o imaginariamente, el lugar de mayor nivel de concentración de poder es el
imán, es el hipnotizador, es la fuente de la identificación que propiciará la
ligazón entre los miembros de la masa. El “aquello” o el “aquél” puede ser el
imperialismo, puede ser el grupo hegemónico, puede ser la persona que maneja
los hilos, puede ser el magnate, el famoso, etc.
En nuestro país, la masa idealiza al imperialismo
y/o al colonialismo en todas sus expresiones, muy particularmente el de los
EEUU de Washington: para la masa éste se alza como omnipotente y dotado de
todas las virtudes.
Tenemos entonces que mientras para el pueblo se
trata de construir poder como herramienta para la instauración de la
sociedad más justa según la fase histórica, para la masa el poder, real o
imaginario, el poder acumulado o fácilmente acumulable es el objetivo, es
su punto de llegada. Apoyar a quien considera dueño del poder libera de la
incertidumbre, del riesgo y de la angustia.
Señalo al pasar que Elías Canetti, en su valiosa
obra Masa y poder, incurre en un equívoco, siempre y cuando lo haya
leído y comprendido correctamente: el de hacer equivaler la masa a la multitud.
Masa y multitud son fenómenos distintos. La masa
puede darse de modo difuso, sin la modalidad de multitud, como por ejemplo al
votar o al expresarse, paradójicamente, según la maliciosa noción de “mayoría
silenciosa”. Por su parte, una de las modalidades de manifestarse el pueblo es
la de la multitud como, por ejemplo, cuando reclama públicamente, en el ágora,
siempre organizadamente. Es decir, habrá que ver en cada caso cuándo la
multitud representa a la masa y cuándo al pueblo.
Una demostración categórica de la diferencia entre
masa y pueblo se puede observar respecto de la invasión nazi en los países que
fueron ocupados: una parte de la población invadida, aplaudió al invasor; otra,
emprendió la resistencia. Fácil se deduce que aquélla representó a la masa y
que las resistencias de esos países (Francia, Grecia, Holanda, Europa oriental,
incluso Alemania e Italia) expresaron a sus pueblos.
Podríamos seguir mostrando diferencias entre masa y
pueblo, pero aceptemos que lo expuesto es suficiente, en aras de no abrumar ni
extendernos al infinito.
Conclusión 11: el Proyecto y la conducción política son, ante todo, Proyecto y conducción
política del pueblo y trabajadoras/es; a la masa se llega sólo a través del
pueblo. Aclaramos que eso significa, en términos de la creación de este autor,
el Método Vincular, adoptar la secundarización o concepción secundarizada de
una dirección y más precisamente, el Posicionamiento Vincular Constructivo.
Opinión pública
Quizá, convencionalmente, es esperable por parte de
la lectora y del lector una definición de la opinión pública diferente de la
que expondremos acá. Pero adoptar una versión convencional implicaría una
actitud complaciente alejada de lo que es la opinión pública de facto.
No caben dudas a esta altura de que la opinión
pública es la que se difunde, la que se publica, la que se dirige a la masa y
la que ésta convalida, activa o pasivamente.
De tal manera definimos así a la opinión pública:
Es el conjunto constituido por la “gente”, los
medios de comunicación masiva, las redes virtuales y las conclusiones de los
“focus groups y las encuestas divulgadas.
El entrecomillado de la palabra “gente” obedece a
algo que ya hemos dicho: que tal vocablo es la expresión eufemística y de buen
tono que se usa para referirse, en rigor, a la masa. Así que, puesto en negro
sobre blanco, uno de los cuatro componentes que constituye a la opinión pública
es la masa.
Conclusión 12: sin
desestimarla, para la elaboración y puesta en marcha de un Proyecto y para la
conducción política la opinión pública no debe ser primera prioridad; la
opinión pública tiene que ser encarada como si fuera la masa por lo tanto hay
que restar relevancia a las tendencias masivas, modas, encuestas y prédicas de
los medios de comunicación dominantes, así como de las redes virtuales.
Electorado
Habitualmente se considera al electorado como el
conjunto de los votantes o electores.
Es una versión naturalizada, convencional,
extremadamente simplista ya que desconoce, por empezar, toda la compleja trama
que supone cualquier proceso electoral.
Esa compleja trama supone la intervención de
diversos factores y actores en un proceso electoral y en un determinado
contexto nacional, regional e internacional. Entre los factores podemos
mencionar a los que, de una u otra manera, inciden, tales como el Estado, las
corporaciones, los medios de comunicación de masas, las tendencias, etc., entre
los actores, las organizaciones políticas y candidatas/os y las/los votantes.
No toda la población vota, sea por decisión de los
electores, sea por razones normativas; tampoco pueden ser elegidas o elegidos
todas y todos quienes quisieran tener responsabilidad pública, sea por falta de
recursos económicos y de otros órdenes, sea por poseer convicciones políticas,
ideológicas y éticas que contravienen las reglas del juego imperantes.
De tal manera, un electorado es siempre
contingente y restringido.
Entonces, con lo expuesto, estamos poniendo sobre
el tapete que el electorado está formado no sólo por quienes eligen sino
también por los elegibles o elegidos.
De tal manera, la definición de electorado es:
El conjunto de los electores más el conjunto de los
elegibles y el vínculo entre unos y otros.
En el proceso electoral concurren, con igual
derecho, tanto la población que constituye al pueblo según hemos
conceptualizado como la población que pertenece a la masa. Esto revela una
debilidad del régimen electoral y, a todas luces, una injusticia amparada en
racionalizaciones respecto de una inadecuada y, generalmente deseada por
quienes concentran poder, comprensión de lo que debe considerarse democracia.
Una conclusión de relevancia es que un resultado
electoral, entonces, no equivale a voluntad popular: para ser más precisos, no
equivale a decisión del pueblo. De hecho, ateniéndonos a nuestra
conceptualización, en el 2015 y en el 2017, el pueblo fue, electoralmente,
derrotado y da su batalla en las calles, en los lugares de trabajo y en los
lugares de estudio. A partir del 2019, aunque se pudiera suponer inocentemente
que el pueblo recuperaba su poder, en rigor fue desoído.
Conclusión 13: para
pensar y aplicar un Proyecto y para la conducción política los procesos
electorales constituyen sólo una herramienta. Al mismo tiempo tiene que
proponerse una transformación de fondo de las normas y procedimientos que
rigen tales procesos para asegurar siempre la victoria del pueblo por sobre los
desvaríos de la masa y las maniobras de sus manipuladores. Incluso, en una
reforma constitucional, obligada a esta altura, esta conclusión debe ser tenida
en cuenta.
Democracia
De acuerdo a la acepción original, proveniente del
griego, democracia es gobierno del pueblo: demos es pueblo y krátos
es gobierno.
Por lo tanto, un gobierno antipopular por
definición no es democrático. Ningún proceso electoral hace per se que
un gobierno sea democrático. Ya hemos descrito suficientemente en torno al
electorado y lo electoral.
Ya hemos dicho que el régimen clásico inspirado en
Montesquieu, revolucionario en su momento, ha devenido conservador,
antidemocrático.
El movimiento popular de 2001 puso en jaque y hasta
cuestionó de raíz tal régimen clásico. Las asambleas populares emergieron como
expresión genuina brindando una señal muy clara de qué debería entenderse por
democracia. Lo que se da en llamar “kirchnerismo” sirvió para socavar ese movimiento
popular revolucionario y mantener, con modificaciones cosméticas, al régimen
imperante.
De hecho, desde entonces, a través de la ocupación
de la calle, así como de la creciente acción en lugares de trabajo y de
estudio, en localidades y barrios, argentinas y argentinos se encuentran en
“estado asambleario”. Muchas decisiones de los gobiernos o muchos de sus pasos
atrás, se debieron a tal movilización que reveló ser, de lejos, mucho más
eficaz que la acción de dirigencias, del congreso y legislaturas, de jueces y
distintas instituciones convencionales.
Si democracia es gobierno del pueblo, de acuerdo a
lo que hemos desarrollado, significa que se basa en la población políticamente
culturalizada y organizada, que se articula con la nación, que aspira a su emancipación y realización y que toma partido
por los primeros términos de los conflictos básicos.
Esto pone a la democracia en posición antagónica
respecto de la masa, de la manipulación, y, sobre todo, de los concentradores
de poder y sus vicarios que responden a intereses contrarios a la nación, al
pueblo y a trabajadoras/es.
El interrogante a afrontar y resolver es cómo se
traduce lo antedicho institucionalmente, lo cual implica la inexorable reforma
constitucional.
Conclusión 14: un
Proyecto y la conducción política deben plasmar la democracia entendida como
“gobierno del pueblo” acorde con lo definido en el presente documento.
Bases de un proyecto para la Argentina
Un Proyecto, en primer lugar, define Objetivos
Básicos, inexorablemente estratégicos.
Tales Objetivos Básicos, según el Método Vincular, se inscriben a su vez en un
Objetivo de Posicionamiento Vincular: para la Argentina tal objetivo debe ser
el Posicionamiento Constructivo (ver mi libro Método Vincular. El
valor de la estrategia y diversas publicaciones en mis blogs.)
Sobre tal fundamento, los Objetivos Básicos son:
La emancipación y la realización de la nación, del
pueblo y de los trabajadores.
Con sustento en lo antedicho, el Proyecto debe atender
a los conflictos básicos, el Proyecto deberá contemplar cómo afrontar y superar
exitosamente tales conflictos.
Queda claro que, respecto del primero de los
conflictos básicos, afirmando a la nación y el pueblo, oponiéndose firmemente a
toda forma de despotismo.
Con respecto del segundo, a la luz de la evolución
histórica hasta donde podemos saber, se impone instaurar un modo de
organización socialista como predominante; en rigor, una configuración
justicialista en la medida que eleva a la Justicia como valor supremo, la
justicia en todas las áreas de la vida.
De tal manera, no nos circunscribimos a la
formación socioeconómica, sino a la totalidad de la vida en sociedad de nuestro
país. Creo que debemos pensar en un modo de organización socialista acorde con
la identidad de nuestra nación y con las expectativas de nuestro pueblo y
trabajadores.
Ese modo de
organización socialista es sobre las bases de la concepción justicialista, la
más avanzada y más probada concepción, la que establece a la Justicia en
todos los ámbitos de la vida en sociedad como el valor máximo. En ese marco,
habrá de instrumentarse lo que el capitalismo como formación socioeconómica
pueda aportar, tanto más cuanto nuestro país está lejos de haber alcanzado o de
haber aprovechado a tal formación económica.
La elaboración de un proyecto para la Argentina
supone una producción resultante de una amplia convocatoria y un trabajo de
notoria extensión. Por lo tanto, aquí nos circunscribiremos a proponer bases
que resultan no sólo de la propia concepción sino también de los
comportamientos populares y la suma de opiniones recabadas entre los sectores
populares, trabajadoras, trabajadores y quienes legítima y genuinamente los
representan.
Cabe pensar en términos de trascendencia y de
grandeza: la Argentina debe alcanzar el estatus de potencia, de potencia
pacífica, constructiva e integradora. Eso significa que debe desarrollarse en
ciencia, tecnología, investigación, educación, carrera espacial, mercado
interno, comercio internacional, infraestructura, energía, ferrocarriles, flotas fluvial, marítima y área
con el fin de llegar al último rincón de nuestro territorio y del planeta,
ocupación de nuestro Atlántico Sur con las islas del mismo incluidas así como
de la Antártida, salud, vivienda, derechos laborales e ingresos, justicia en
todos los planos, igualdad de género y de transgénero, bienestar en el nivel
óptimo para niñas, niños y adolescentes y economía próspera sustentable y, en
subrayado, medio ambiente.
La Argentina debe liderar la causa ecológica o de preservación
ambiental.
Por otro lado, al mismo tiempo, se impone la meta
de triplicar o cuadruplicar el PBI asegurando que su principal componente pase
a ser la producción tecnológica e industrial junto con el impulso al comercio
interior y exterior. También cabe repensar de fondo las políticas impositivas.
A continuación, entonces, lo que damos en llamar las
bases para un proyecto para la Argentina:
Determinar el lugar de la Argentina en el mundo,
supone salir del encierro endogámico y proponerse mirada exogámica. “En el
mundo” implica su lugar respecto de todo el planeta afirmándose en la
integración latinoamericana y la solidaridad con las naciones postergadas y los
pueblos sometido del mundo.
Esto supone la concepción secundarizada según el
Método Vincular que es la consistente con nuestro concepto de conducción
política.
Determinar ese lugar, de acuerdo al MV, implica
fijar el Objetivo de Posicionamiento Vincular: Constructivo.
De acuerdo a lo antedicho, la Argentina deberá
asumir, nos repetimos, una política internacional de integración
latinoamericana y de solidaridad con las naciones y pueblos. No es aceptable
ningún tipo de alineamiento con las potencias dominantes del planeta, sean del
signo que sean.
La Argentina habrá de respetar, en todo lo que
contribuya a lo antedicho, a las Naciones Unidas y los órganos regionales tales
como el Mercosur, Unasur, etc.
Los principios que sustenten tal política
internacional deberán estar contemplados en una nueva constitución y deberán
sostenerse en el tiempo. Por lo tanto, se exige la mirada de largo plazo y se
suprimen vacilaciones o comportamientos erráticos.
También, acorde con lo antedicho, la Argentina
deberá considerar en su Proyecto qué es lo que en las diversas áreas la torna
más eficaz, integrada, trascendente y potente en el contexto internacional.
En consonancia, el proyecto contempla el adentro:
desarrollo integral.
El conjunto de políticas hacia el adentro debe
servir al mismo tiempo para el logro del lugar de la Argentina en el mundo como
para la plena realización de la nación, el pueblo y los trabajadores
Como desarrollo integral designamos al que hay que
poner en marcha activamente en todos los órdenes: cultural, social, político,
científico, educacional, sanitario, tecnológico, industrial y económico.
También implica qué rol para el Estado, que no
puede ser otro que el de un status protagónico para impulsar ese desarrollo
integral, para afrontar inversiones, para concluir con el dominio de las
grandes corporaciones, para asegurar la educación y la salud públicas, la
justicia en todos los planos.
Surge como un imperativo llevar a cabo una profunda
reforma constitucional que sustituya definitivamente la original y la actual,
sobre todo por su inspiración liberal burguesa, inspiración que ha devenido
arcaica, injusta, insostenible. Más allá de sus aspectos controversiales,
merece ser considerada como antecedente la de 1949.
Tal reforma constitucional debe asegurar la plena
soberanía nacional y la realización del pueblo argentino y trabajadoras/es,
jubiladas/os, otorgándoles el lugar protagónico (tener en cuenta nuestro
concepto de pueblo). No va más, por lo tanto, eso de que “el pueblo no delibera
ni gobierna sino…”.
Para tal realización deberá considerarse la
democracia como aquí la hemos definido y garantizar la democratización de la
totalidad de las organizaciones de todo el espectro: políticas, sociales,
gremiales, educacionales, sanitarias, etc.
Respecto de las FFAA habrá que definir su rol
encuadrado de acuerdo, sobre todo, según el primero de los conflictos básicos
enunciados en el punto correspondiente de este documento: eso implica que deben
enfocarse en la prevención y preparación teniendo en cuenta a las potencias que
desconocen o amenazan nuestra soberanía y compartir con las FFAA de América
Latina que respeten similar principio, así como de otras naciones y pueblos del
mundo su entrenamiento, su equipamiento y accionar. En particular, hay que
tener en cuenta que nuestro Atlántico Sur está bajo dominio colonial.
Todo lo atinente a la seguridad interior y todas
las formas de la delincuencia deberán ser objeto de políticas innovadoras que
garanticen los derechos a la vez que sancionen y, sobre todo,
prevengan los comportamientos ilícitos. Es fundamental, por aquello de que
el pescado comienza pudriéndose por la cabeza, aplicar las leyes jurídicas con
quienes son los grandes depredadores. Es un tema que requiere análisis en
profundidad y, sin duda, hay quienes están en mejores condiciones de hacerlo
que este autor. Simplemente dejo sentado que hay que rever desde la raíz esta
cuestión.
Desde ya, encarar una innovadora transformación de
raíz del Poder Judicial o el aparato jurídico es un imperativo.
No hay dudas de que la preservación y, aún más, la
ampliación de los derechos humanos debe contar con la mayor prioridad. Los
derechos humanos lo son en tanto son derechos de la humanidad como tal y no,
únicamente, derechos de las personas u organizaciones. Los derechos humanos son
derechos de un todo constituido por la humanidad y quienes la integran,
organizaciones, grupos, familias y personas.
Derechos humanos fundamentales de la democracia son
el de la participación política, el de la acción gremial y el de toda actividad
que tenga por objeto el bienestar del pueblo y los trabajadores; también de
sectores que contribuyan al desarrollo de la nación, la integración
latinoamericana y la prosperidad.
Tiene que poner en marcha un nuevo sistema político
institucional que dé por concluida el régimen de los tres poderes formales para
reemplazarlo por aquél que garantice el referido protagonismo del pueblo.
Lo dicho implica modificar de fondo el rol y perfil
de lo que actualmente se denomina Poder Ejecutivo, la representación (hoy
supuestamente cubierta por congreso nacional y legislaturas) y el poder
judicial (ya agotado y corporativista en su misma raíz).
Por consiguiente, también hay que modificar el
régimen electoral acorde con la diferenciación pueblo / masa. El derecho a
votar tiene que ser acabadamente un ejercicio popular, lo cual implica
fortalecer al pueblo y, al mismo tiempo, encarar políticas que impulsen a la
masa a incorporarse a aquél.
En la democracia, la indiferencia, la falta de
compromiso, la no involucración activa en la res pública, son
disfuncionales, son caldo de cultivo de las más variadas formas de despotismo,
son el estímulo para la decadencia social y política, son los rieles en los que
se desplazan los intereses antinacionales, antipopulares y opuestos a los de
los trabajadores.
También deberá encararse la definitiva y total
separación del Estado y la Iglesia: nuestro Estado tiene que ser absolutamente
laico.
Cuando hablamos de la plena soberanía nacional
estamos contemplando todos los órdenes: cultural, social, político,
educacional, científico, tecnológico, económico, etc. También dando al Estado
el suficiente poder como para impulsar activamente todo lo que está incluido en
tales órdenes hasta ubicar a la Argentina a la altura de los países más
avanzados. La iniciativa privada, sobre todo a través de pequeños y medianos
industriales y productores rurales, deberá contar con los correspondientes
incentivos a la vez que contribuir a la realización del pueblo y
trabajadoras/es. Esa iniciativa privada también corresponde a grandes empresas,
pero bajo el contralor que asegure su cometido en favor de los intereses nacionales
y de la mejora de las condiciones de vida de la población.
Aunque está implícito en lo ya descrito, vale
precisar que la soberanía es en tierra, mar, aire y el espacio sideral (la
Argentina debe intervenir activa y sostenidamente en la llamada carrera
espacial).
El empleo digno en todos los alcances de la
expresión habrá de tener carácter de rector y, por supuesto, deberá estar
garantizado para la totalidad de argentinas, argentinos y habitantes, provengan
de donde provengan, de nuestro país.
Al mismo tiempo, habrá de reconocerse la diversidad
cultural y el derecho de pueblos originarios y diversas comunidades a concretar
sus aspiraciones.
Todo lo antedicho supone el fin del predominio de
las grandes corporaciones de la banca, de la exportación, de la industria y de
la tierra, así como el término de cualquier tipo de sujeción a los organismos
mundiales que hacen de la injerencia y la usura sus comportamientos típicos.
También supone, como ya señalé más arriba, una
reforma impositiva estructural que se base en el principio de mayor
contribución acorde con la mayor rentabilidad o ganancias.
Por supuesto, hay que repensar, rediseñar y
fortalecer en cuanto corresponda al Estado. Desde luego, hablamos de un Estado
consonante con todo lo que hemos expuesto para este proyecto. Hablamos de un
Estado que se ubique del lado de la nación, del pueblo y de los
trabajadores.
El fundamento que guíe a la Argentina para su
constitución, todas y cada una de sus leyes, todas y cada una de sus políticas
es el de que la humanidad se realiza en la justicia.
Por lo tanto, con el riesgo de pecar por
redundancia, pero con el objeto de dejar bien en claro lo que estamos
aseverando, las naciones, los pueblos y los trabajadores se realizan en la
justicia.
Hay once acepciones del vocablo “justicia” para la
Real Academia Española y sólo una de ellas la refiere al convencional Poder
Judicial.
Los significados que seleccionamos para lo que
debemos entender por justicia a los fines del proyecto son:
1. f. Principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o
pertenece.
2. f. Derecho, razón, equidad.
3. f. Conjunto de todas las virtudes, por el que es bueno quien las
tiene.
4. f. Aquello que debe hacerse según derecho o razón. Pido justicia.
Aun cuando estas acepciones distan de lo que entendemos por justicia,
tienen valor orientativo.
Conclusión 15: se debe
contar con un Proyecto de realización para la nación, el pueblo y los
trabajadores, un Proyecto integral y debidamente explicitado.
Para una conducción política de la Argentina
Ya hemos afirmado, y demostrado, que la conducción
política debe disponer, ante todo, de un proyecto y diseñar la
estrategia que permita plasmarlo.
Todos los puntos anteriores son la base para pensar
y construir una conducción política de nuestro país.
Las conclusiones al cabo de cada punto tratado
ilustran los aspectos fundamentales, constitutivos, de lo que debe ser una
conducción política.
Así que ahora, iremos al grano respecto de lo
antedicho: la construcción de una conducción política.
La conducción política
La conducción política es la herramienta para que
nación, pueblo y trabajadores plasmen el proyecto conducente a su plena
realización.
La conducción política no se reduce a un conductor
o al ejercicio del liderazgo; por empezar, la conducción política es la
herramienta arriba establecida, mientras que el liderazgo tiende,
espontáneamente, a asociarse con la masa, en particular el culto de la figura
excluyente del líder. De todos modos, liderazgo, líder y líderes tienen su rol
y su función, pero subordinándose a la conducción política. Dejamos para otras
publicaciones la profundización de este punto.
La conductora o el conductor es función de la
conducción: es la variable dependiente “x” de la variable independiente “y” que
simboliza a la conducción.
La conducción supone la organización política,
subordinada al proyecto, y, en particular, a quienes tienen la responsabilidad
de ejercerla.
La conducción es la conjugación de la toma de
iniciativa con la síntesis, en este orden y en el inverso a la manera de una
serie al infinito: toma de iniciativa – síntesis – toma de iniciativa –
síntesis…
No hace falta definir la toma de iniciativa.
Por síntesis entendemos la tarea por la cual la
conducción, tanto en el largo plazo como en el mediano y corto, tanto en el
diseño e implementación de la estrategia como en cualquier movimiento táctico,
articula la totalidad de las expectativas y propuestas de la diversidad de
posiciones que integran el campo de lo nacional, lo popular y la causa de los
trabajadores.
De aquí se deduce que la conducción política debe
tener la mayor predisposición a la pluralidad y la mayor vocación por convocar.
Los que determinan el curso y eficacia de la
conducción son el Proyecto y los Objetivos Estratégicos que emanan del mismo:
nunca la doctrina ni el pensamiento monocolor ni las posiciones cerradas y,
mucho menos, dogmáticas o fundamentalistas.
Doctrina, pensamiento, ideas e ideología, etc. se
subordinan al Proyecto y dichos Objetivos.
Si consideramos todo lo desarrollado en este
documento y, particularmente, lo expuesto en el Proyecto y en este punto,
Conducción Política, no asoma en el horizonte, hoy, lo que pueda asumir este
rol.
Es decir, no sólo afrontamos la carencia de
Conducción Política, sino que tampoco se observa en las dirigencias, hasta el
momento, la aptitud y la vocación para ocupar tal vacancia.
Las dirigentes y los dirigentes, las organizaciones
políticas, están lejos de contar con un Proyecto auténticamente integral y
transformador de fondo, están lejos de la toma de iniciativa, están lejos de
sintetizar.
Mientras gran parte de la población afronta una
situación desesperante y por debajo de la supervivencia, mientras el pueblo da
signos claros de que hay que encarar ya una transformación mostrándose tan
dispuesto como impaciente, las dirigencias parecen entretenerse en los temas
coyunturales, en reivindicaciones totalmente legítimas pero de alcance parcial
alejadas de la síntesis y, lo que es más que preocupante, en el juego de lo
electoral con vistas a un imaginario 2023: todo un tiempo por delante más que
suficiente como para que los depredadores consumen su plan, dejándonos librados
a la peor de las intemperies.
Activa y comprometidamente deposito mis esperanzas
en los cuadros y militantes que genuina y honestamente pertenecen al campo
nacional y popular, a la izquierda y a lo que subsiste del peronismo
fundacional.
Se remite a la publicación La dirección
estratégica según el Método Vincular para una ampliación sobre qué entender
por conducción política (ver “Fuentes bibliográficas y… “ al final de este
documento).
Reiteramos que, ante todo, la conducción política
se propone objetivos hacia el planeta, afirmándose en América Latina y en lo
que aún tiene de vigencia, en la correcta acepción de la expresión, el Tercer
Mundo. Sobre tal base, que hace a la determinación de los Objetivos
Estratégicos, se elabora el Proyecto y las consiguientes políticas hacia
nuestro propio país.
Conclusión 16: la conducción política articula toma de iniciativa con síntesis. La
conducción política guía y se guía por el Proyecto y los Objetivos
Estratégicos, convoca, se afirma en el pueblo al tiempo que estimula a la masa
formar parte de aquél.
También supera las limitaciones que imponen la
agenda del día a día, la opinión pública genéricamente considerada, los medios
de comunicación de masas dominantes y las encuestas.
Estrategia
Estrategia es el trazado que una conducción se
propone para el logro de objetivos.
Ateniéndonos a esta definición, hacemos las
siguientes observaciones:
- La Estrategia supone un proyecto, una conducción, la fijación de
objetivos y la articulación entre todos estos términos. Dicho por la
negativa, no hablamos de estrategia si se carece de proyecto, de
conducción y de objetivos a alcanzar.
- Al adoptar la palabra, "trazado" estamos
estableciendo una diferencia de fondo con planificación, con programación
o con conjunto de reglas y procedimientos o con cualquier tipo de
estructuración rígida de conductas destinadas a la obtención de
resultados.
La estrategia implica la integración del rumbo, la
dirección, el conocimiento y la creatividad.
Sólo sobre estas bases se pueden pensar y aplicar
la programación, la planificación, las reglas y los protocolos. La estrategia
se pone en juego en cada acción, en cada decisión, en cada instante. No
corresponde asociar la estrategia con el largo plazo: la estrategia se define y
aplica en el corto, en el mediano y en el largo plazo.
El estratega expresa, simultáneamente, a la parte
que dirige y la comprensión del todo. El estratega, a la vez que conduce,
a la vez que toma partido, se ubica por encima de todos los actores
involucrados para tener la mayor claridad y la mayor posibilidad de
objetivación sobre la totalidad del campo que es de interés de la conducción y la
organización política.
Consistentemente con lo que establecimos acerca de
la toma de iniciativa como una de las premisas de la conducción, la estrategia
implica tal premisa. Por lo tanto, no hay estrategia cuando se adoptan tácticas
o acciones reactivas; esto es, no hay estrategia cuando sólo se responde a
comportamientos del competidor u oponente. En tal caso, la iniciativa es
justamente de estos últimos, de ellos también es la estrategia.
Conclusión 17: la conducción política cuenta con una estrategia. Sin estrategia no
hay conducción política: la conducción política desea la estrategia.
Los objetivos
De acuerdo a lo que hemos expuesto como conducción
política y la correspondiente organización, los objetivos se determinan en
función de su afuera.
Los denominamos Objetivos Estratégicos.
Los que complementariamente la conducción se dé
hacia nuestro propio país son los intranacionales o internos, son los que cabe
fijar para que se plasmen los objetivos estratégicos.
Tales objetivos, también incluidos en el Proyecto,
implican que el país logre el grado de desarrollo y justicia óptimo para que
nación, pueblo y trabajadores se encuentren en condiciones de alcanzar los
objetivos estratégicos.
Si usamos una metáfora para ser más claros, diremos
que un buque tiene como objetivo llegar a determinado puerto, ése es su
objetivo estratégico. Su tripulación y toda su estructura, incluso sala de máquinas
y tecnología, son los recursos y herramientas para que los pasajeros y la carga
lleguen a puerto.
Los objetivos estratégicos son los de
posicionamiento: al basarnos en el Método Vincular, los objetivos de
posicionamiento son los Objetivos de Posicionamiento Vincular.
El Objetivo de Posicionamiento Vincular
recomendable para la Argentina es el Constructivo, para cuyo conocimiento en
profundidad remitimos al libro de mi autoría Método Vincular. El valor de la
estrategia; también a otros textos complementarios (ver “Fuentes
bibliográficas y…” al final de este documento).
Tal objetivo le daría a nuestro país su identidad y
el rumbo garantizando, reiteramos, la realización nación-pueblo-trabajadores,
retomando la definición de estrategia como el trazado que la conducción
política se propone para que la Argentina ocupe determinado Objetivo de
Posicionamiento Vincular.
Conclusión 18: la conducción política debe determinar un Objetivo de Posicionamiento
Vincular para nuestro país. Recomendamos el Posicionamiento Constructivo.
Cómo
Cómo concretar el Proyecto es, desde luego, el
interrogante por excelencia.
Este documento es político, se enmarca en la
Política y, por lo tanto, la respuesta al ¿cómo? es política. Todo se subordina
a la política y, particularmente, la economía.
Por supuesto que la materialización del Proyecto
requiere de la labor conjunta, francamente interdisciplinaria, de dirigentes
políticos, dirigentes sectoriales, dirigentes de las organizaciones de la
sociedad civil, especialistas idóneos y comprometidos de las Ciencias de lo
Humano en todo su espectro, incluyendo decisivamente a la Economía y de las
Ciencias de lo Natural. También hará falta la tarea insustituible de la
militancia.
El cómo consiste en la articulación de:
Conducción Política
Estrategia
Organización
Comunicación
Convocatoria amplia, sistemática y con visión estratégica
de los actores y sectores más variados unidos en torno al Proyecto de hacer de
la Argentina una potencia
Movilización popular continua.
Respecto de este último punto vale aclarar y
precisar: la movilización popular no se agota en las manifestaciones de apoyo o
de protesta callejeras. Ésa es una visión reduccionista y simplista de
movilización popular.
Desde ya que tal tipo de movilización incluye tal
índole de manifestaciones, pero imbricadas con una acción colectiva organizada
que suponga estado asambleario en las más diversas organizaciones,
aprovechamiento de las redes virtuales, propaganda y difusión en cada barrio,
en cada lugar de encuentro tendiendo a la capilaridad óptima, impulso de los
debates en los más diversos ámbitos, neutralización de la penetración
ideológica y cultural desarrollando conceptualizaciones o teoría de máximo
nivel tendiente a incrementar la cultura política, utilización de medios en
toda su gama, particularmente los audiovisuales (televisión en todas sus
variantes, cine y otros).
Se trata de apelar tanto a la épica como a la
mística, imprescindibles para encarar una auténtica epopeya como la de llevar a
cabo la revolución pacífica que se impone para el logro de una transformación
de raíz conducente a la plena emancipación y a la plena realización.
La organización política, así como el Estado a
través de sus distintos efectores deben auscultar continuamente las opiniones,
percepciones y expectativas de toda la población y de sus distintos actores.
Cada inquietud y cada aspiración deben ser atendidas
y escuchadas, conocidas a tiempo y constituirse en fuentes de inspiración o en
estímulo para quienes gobiernan y deciden. Se debe hacer priorizando la
Política y desde una perspectiva científica que superen al encuestismo y la
aberración conocida como “focus groups”.
La concepción estratégica debe imponerse sobre el
recurrente tacticismo en el que la Argentina se encuentra actualmente
asfixiada.
Epílogo
La Argentina requiere imperiosamente y ya el diseño
de un Proyecto que se concrete aceleradamente y la construcción de una Conducción
Política, en los términos que acá hemos definido.
Tal construcción presupone la articulación Proyecto
– Conducción – Organización política – Estrategia.
Políticas, tácticas y acciones se incluyen y/o
desprenden del Proyecto.
La factibilidad para concretar tal conducción
política depende, actualmente, de cuadros y militantes honesta y genuinamente
comprometidos con la nación, con el pueblo y con los trabajadores, cuadros y
militantes, inquietos y disconformes, que se incluyan en el peronismo
fundacional, en el campo nacional y popular, en lo que se da en llamar
“progresismo”, en la izquierda.
Reflexión de cierre
Este documento es inacabado y abierto.
Inacabado porque es mucho lo que quedó deambulando
por mi materia gris o que he desarrollado en otras publicaciones y que aquí no
incluyo. Pero me propuse un texto que atienda a la cuestión central: el
Proyecto y la Conducción Política.
Abierto porque más que lectura ilustrativa o
académica lo pienso como estímulo de debate, polémicas, aportes y, también,
para la acción. Nada de lo aquí expuesto lo doy por concluido.
Fuentes bibliográficas y/o textos complementarios
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