Rubén
Rojas Breu
A 50 AÑOS DEL INICIO DEL
TERROR, ¿LA DICTADURA SE SALIÓ CON LA SUYA?
En
principio hay razones para responder de la manera más triste, más
desalentadora, más alarmante, más desgarradora.
Ante
el procesador de textos me detengo, inquieto por la pregunta que yo mismo estoy
haciendo en el título.
¿Cómo
responder a una pregunta tan angustiante?
Enseguida
me digo: tranquilo, la pregunta admite más de una respuesta, admite, básicamente,
dos y ambas se contradicen, ambas son al mismo tiempo afirmación y
negación, negación y afirmación.
Ambas,
entonces, están a la espera de la síntesis, a la espera de que la negación de
la negación nos lleve a la síntesis.
Una
vez más y como siempre lo hago, aunque no lo diga a cada rato, estoy navegando
en las aguas de la dialéctica.
Por
lo tanto, la capacidad para aplicar el conocimiento científico y lo aprendido a
lo largo de mi extensa trayectoria política empiezan a ganarles en mí al
pesimismo, a la desesperación, a la depresión.
De
acuerdo a la tan gastada figura de la botella semivacía o semillena que ilustra
sobre las perspectivas contrapuestas, negativa o positiva, desde la cual se
observa, la respuesta indeseable y la promisoria coexisten.
Ya
Einstein de un modo sumamente complejo demostró el rol relevante del punto de
vista del observador.
De
tal manera, a la pregunta “¿la dictadura se salió con la suya?” respondo: sí
y no.
Por
qué sí:
· Tenemos
un gobierno de ultraderecha que reivindica a la dictadura y que, aún más, se
muestra creciente y provocadoramente heredero de la misma en lo cultural, lo
político, lo social, lo económico y hasta en lo psicológico.
· Al
mismo tiempo, los concentradores de poder y de riqueza, así como los factores
de poder, como si el tiempo se hubiera congelado, son los mismos que apoyaron a
la dictadura, aunque hayan cambiado varios nombres.
Seguimos
teniendo al imperialismo yanqui -protagónico, aunque eventualmente acompañado
por otros intervencionismos globales-, a la sempiterna oligarquía criolla, a
los mismos grandes monopolios y oligopolios multinacionales y locales, a dirigencias
políticas, gremiales y sociales análogas a las de entonces, un Estado de similar
perfil, pese a algunas modificaciones, a los mismos directores o sus
descendientes físicos o simbólicos en las más influyentes organizaciones de la
sociedad civil, a los mismos medios de comunicación hegemónicos con pocas
variaciones, a fuerzas armadas que siguen subordinadas a la tenebrosa Escuela
de la Américas yanqui, que siguen adhiriendo, de hecho, a la doctrina de la
seguridad nacional y el enemigo interno, a fuerzas de seguridad que siguen
aplicando modalidades represivas propias de los regímenes tiránicos ahora
fortalecidas con el protocolo Bullrich y se pueden seguir agregando semejanzas
o equivalencias.
¿Por
qué no?
O, ¿en
qué la dictadura no se salió con la suya?
La última
dictadura, así como las que la antecedieron, y sus patrocinantes locales y
globales, tuvo un propósito principalísimo: acabar con el Pueblo
argentino.
En
la concreción de tan vil e infame propósito coincidieron sus gemelas de otros
países latinoamericanos y de un alto número de otras latitudes, obstinadas en
terminar con los pueblos, ejecutando sus planes de exterminio.
El 1°
de julio de 1974, casi dos años antes de la noche inaugural del Terror, había
muerto Perón.
Con él,
tal como se comprobó penosamente después, había llegado a su fin, la conducción
política de la Argentina, de su nación y de su pueblo.
Veinte
días antes, ante una Plaza de Mayo colmada, Perón había designado al Pueblo
como su único heredero, anuncio que tendría especial resonancia en ese momento
tan convulsionado por un internismo feroz protagonizado por quienes no
entendían al viejo general, un cuadro de violencia generalizada inédito y las
amenazas sordas pero sonoras de golpe de estado.
No
se trata de incurrir en nostalgia ni de dejarse llevar el culto de personalidad
o el caudillismo sino de pensar como aquello que inauguró el ateniense de la
Antigüedad Tucídides, el realismo político en lo que también ahondaría
Maquiavelo casi un milenio después.
Para
tal realismo político lo determinante es el poder. Por mi parte, defino a la
Política como la ciencia y la práctica que tiene por objeto interpretar y
operar sobre las relaciones de poder.
De
tal manera, de acuerdo a mis desarrollos basados en mi creación, el Método
Vincular, lo real son las relaciones de poder.
Guiado
por tal modo científico de abordar la cuestión, la muerte de Perón significó el
fin de la conducción política ya que no había condiciones para su reemplazo.
Con
Perón fallecido las relaciones de poder se tornaban desfavorables para el
Pueblo, tanto hacia adentro del Movimiento Peronista como hacia afuera.
Según
mi conceptualización la conducción política no se circunscribe al desempeño de
un conductor.
Defino
a la conducción política como la articulación entre
toma de iniciativa y síntesis que tiene por objetivo guiar al Pueblo y a la
Nación para consumar el Proyecto de emancipación y realización
De
tal manera, la conducción política es una función de la organización política ejercida
colectivamente.
Perón
fallece sin lograr tal objetivo, el de generar una conducción política tal como
acabo de definirla.
En
consecuencia, consciente de que transitaba sus últimos días, proclamó como
único heredero al Pueblo.
El Pueblo
cumplió y cumple.
Así que a no ceder ante el derrotismo y a levantar el ánimo.
El Pueblo
batalló como pudo durante la dictadura y creció en despliegue a partir del
retorno a los gobiernos civiles en una democracia de corto alcance y en un
estado de derecho sometido a continuas embestidas de la oligarquía local, de
los monopolios globales, de los factores de poder y del conjunto de operadores
que les sirven.
De
tal manera, el Pueblo es no solamente el heredero ungido por Perón sino la
demostración más acabada de que la dictadura no se salió del todo con la suya.
Para
derrotar a la dictadura, su legado y sus venales continuadores hay
que asumir el Proyecto de emancipación y de realización, construir la
conducción política, elevar la cultura política, generar la organización política
y contar con la estrategia imprescindibles para ello.
Debe
tenerse en cuenta que el Pueblo no solamente tiene en contra a los concentradores
de poder y de riqueza y sus tentáculos sino también a la masa, ésa que cuando
el Pueblo no hace tronar el escarmiento, se deja llevar de las narices por la
derecha tan totalitaria, hoy devenida en extremista al punto de alinearse con
el país yanqui y con el gobierno de Israel, poniendo a las argentinas y a los
argentinos en situación de riesgo alto tal como hizo saber el gobierno
teocrático de Irán al afirmar que el gobierno autocrático libertario “cruzó una
línea roja imperdonable”.
Todo
el tiempo el Pueblo se moviliza, se expresa, se organiza en sus
bases, da infinidad de batallas en paz a pesar de la represión brutal, de la
prédica de los medios de comunicación masivos y de las empresas encuestadoras.
A
pesar también de la masa, de esa “mayoría silenciosa” que durante la dictadura,
a medida que se conocían las desapariciones forzadas o los variados crímenes de
lesa humanidad, sentenciaba “por algo será” justificando despiadadamente el
accionar letal.
El
Pueblo está y está con toda su fuerza.
Falta,
entonces, la conducción política con el Proyecto y todo lo que en tal dirección
enuncié ut supra.
Cuando
contemos con eso, podremos responder con todos los énfasis: la dictadura,
finalmente, no se salió con la suya.
Rubén
Rojas Breu
Trabajador,
activista y dirigente político desde 1958
Docente
universitario de grado y de posgrado desde 1969 en UBA y otras universidades
públicas y privadas de la Argentina
Lic.
en Psicología UBA, 1973
Científico
e investigador social desde 1974
Autor
del Método Vincular, de aplicación en los campos social, político y mercado,
desde 1980 con libros y artículos publicados
Autor
de teorías sobre Política
Buenos
Aires, marzo 17 de 2026
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